«Se despeja el balón, Pirlo está ahí, Pirlo, Pirlo otra vez, con el talón, dispara... ¡Gol! ¡Gol, Grosso! ¡Grosso! ¡Gol de Grosso, gol de Grosso, gol de Grosso! Queda un minuto, queda un minuto, gol de Grosso, gol de Grosso, gol de Grosso. Increíble, increíble, vamos ganando y queda un minuto. Vamos ganando y queda un minuto. Gol de Grosso, gol de Grosso».
Han pasado casi 20 años desde aquella noche en Dortmund, pero los aficionados italianos aún recuerdan claramente la banda sonora del Mundial de 2006, el último ganado por la Azzurri.
El 4 de julio, Italia entró en la guarida del león, el Westfalenstadion, para enfrentarse a la anfitriona y favorita del torneo, Alemania. Los italianos, que partían como outsiders, aspiraban a derrotar a todo un país, que les había preparado el más clásico de los funerales en los periódicos, con titulares como «Pizza Arrivederci».
Fue un partido tenso y muy igualado que se fue a la prórroga. Alberto Gilardino estrelló un balón en el poste, Gianluca Zambrotta en el travesaño y Gigi Buffon realizó una parada milagrosa a Lukas Podolski. Entonces, en el minuto 119, cuando la defensa alemana despejó un córner de Alessandro Del Piero, Andrea Pirlo vio un hueco que parecía no existir y encontró a Fabio Grosso sin marca en el área. Grosso batió a Jens Lehmann con un imparable disparo con la izquierda cruzado.
Un minuto más tarde, Del Piero hizo el 2-0, asistido por Gilardino, sentenciando el partido y enviando a Italia a Berlín, donde ganaría su cuarta Copa del Mundo, en los penaltis, contra Francia. Pero fue el gol de la victoria de Grosso contra Alemania el que hizo historia. Su celebración, corriendo hacia un punto indefinido del campo mientras sacudía la cabeza y gritaba «No me lo puedo creer, no me lo puedo creer, no me lo puedo creer», se convirtió en icónica.
Grosso acabó abrazando a Zambrotta, Fabio Cannavaro y Buffon, que recorrieron todo el campo para celebrar con él. No fue así en el caso de Marco Materazzi, que tras 120 minutos de batalla no tenía fuerzas para alcanzar a sus compañeros. En su lugar, se arrodilló y abrazó a la persona más cercana a él: el árbitro mexicano Benito Archundia, que intentó en vano zafarse del defensa central italiano.
El gol cambió la carrera de Grosso, y su grito se hizo eco del de Marco Tardelli en la final del Mundial de 1982, cuando una nueva generación de italianos saboreó la gloria mundial.





