En una de las tribunas del José Amalfitani hay una bandera colgada con la cara de doce personalidades reconocidas en la institución. Los nombres van desde Carlos Bianchi hasta las glorias noventosas. El más actual es el de Fabián Cubero, el pibe de 40 que todavía disfruta Vélez. Mauro Zárate, un firme candidato a tener un lugar en ese trapo, lo cambió por los insultos de los cuatro costados del estadio, pero no de las más de 25 mil personas que se acercaron a Liniers para volver a verlo en la que alguna vez fue su casa, esta vez, con la camiseta de Boca.
Puertas para afuera, detrás de los cantitos que lo insultan y lo tratan de traidor, los hinchas se debaten entre la sensatez y el hartazgo. “Si me vas a preguntar de Zárate, no hermano. Hablen un poco de fútbol”, es el pedido de los que recorren los metros finales previo al ingreso a la cancha ante el pedido de los periodistas. “Están todo el día hablando de lo mismo, ya cansa que se metan todo el tiempo con nosotros”, se quejan. Otros, tal vez los menos, frenan y despotrican. “Hay tanto para decir...”, se escucha.
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También están los más chicos, que repiten lo que escuchan de los más grandes. Juan Carlos es papá y está con su hijo (de no más de 13 años) y varios de amiguitos del club. “Ellos no tienen maldad, pero están decepcionados. Que Mauro se haya ido los dejó sin el ídolo, pero todavía lo admiran. Por suerte, hoy tenemos varios jugadores surgidos de inferiores que andan bien y en los que ellos pueden sentirse identificados”, cuenta.
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El Zárategate es tabú en la Avenida Juan B. Justo. En realidad, nadie quiere hablar mucho del tema. Y aunque la grieta existe, el dolor perisiste y la razón no le escapa al corazón: “Borombombom, borombombom, el que no salta…”
