Hace tiempo que los aficionados han interiorizado una cotumbre sorprendente: enfadarse más por unas declaraciones que por el juego del equipo. Es cada vez más frecuente, cada vez más comprensible y este deporte olímpico tiene cada vez más aceptación entre la masa. Si se gana, se escudriña una frase desacertada del protagonista. Y si se pierde, se desata una suerte de apocalipsis engordada con un manual de tópicos y excusas. Anoche el Barça, sufriendo lo indecible y con mucha dificultad, alcanzó la orilla de la siguiente ronda de Copa. Y Xavi Hernández, quizá aquejado de un ataque de prudencia extrema, le dio por meterse en un jardín con sus declaraciones. Xavi, después de encajar tres goles que bien pudieron ser cuatro - Araujo lo evitó- ante un rival inferior en dos categorías, después de rozar el KO durante demasiados minutos y de haber tenido que sufrir hasta la prórroga, se plantó ante la prensa y artículó un discurso sorprendente. Dijo que estaba satisfecho con el juego del equipo, que en líneas generales estaba contento y que al grupo le había faltado contundencia. Y claro, los aficionados, que no son de piedra, se enfadaron más por esas declaraciones surrealistas que por el juego realmente pobre y famélico del equipo.
Es posible que Xavi tuviera un ataque de prudencia. Es posible que no quisiera cargar contra sus jugadores. Incluso es posible que se mordierala lengua y prefiriera decir una cosa en sala de prensa y otra, bien distinta, en el vestuario. No es la primera vez que la realidad va por un lado y el discurso de Xavi, por otro. Tampoco será la última. En todo caso, Xavi debe ser consciente no sólo de que su equipo tiene que jugar mucho mejor, sino que cada vez que no lo hace, sus palabras tienen un trasfondo y un calado suficientemente importante como para alterar el estado de ánimo de los aficionados. Después de rozar el KO ante un Primera RFEF que le hizo tres goles, le pudo hacer cuatro y le llevó a la prórroga, en un campo grande, con el césped en perfecto estado y sin una afición propia que apretase, eran miles los aficionados del Barça los que esperaban algo de autocrítica. No la hubo. Y no es la primera vez que esto sucede.
Uno sigue teniendo curiosidad por saber si Xavi Hernández finalmente será profeta en su tierra y dará el gran salto para demostrar que es el entrenador que muchos creen que puede llegar a ser. Más allá de los lugares comunes que manosea el periodismo (modelo, estilo, toque), y de las odiodas pero inevitables comparaciones - Xavi es Xavi, no tiene nada que ver con Pep-, la hoja de ruta del entrenador del Barça divisa las primeras dificultades serias. Uno sigue pensando que Xavi Hernández es, con bastantes cuerpos de diferencia, mejor entrenador que Ronald Koeman. Y sigue pensando que el Barça ahora juega a fútbol de una manera más decente, coherente y organizada de como lo hacía hace dos años. Eso sí, incluso teniendo claro que lo más importante es lo que pasa en el campo y no lo que se dice en sala de prensa, uno tiene la sensación, cada vez más creciente, de que Xavi se está equivocando de mensaje. El Barça no es, ni puede ser, una ONG. Y hay noches en las que, por más que el entrenador quiera apagar fuegos descontrolados, el socio necesita escuchar un mensaje acorde con exigencia y grandeza del club. El Barça es demasiado grande como para que Xavi ayer le hiciera enano diciendo que estaba satisfecho con el juego. Un club con una ambición gigante no puede enviar un mensaje tan pequeño.
Rubén Uría
