De victoria en victoria hasta la derrota final, el Barça ha vuelto a estrellarse contra su realidad. El campo no engaña y la conclusión es dolorosa. Ya no es un grande de Europa. Tiene un conjunto de jugadores de bastante talento, pero está a años luz de ser lo que era y salvo que se demuestre lo contrario, aún sigue siendo un equipo en proceso de reconstrucción. La realidad no se puede ocultar. Este Barça vive del orgullo de haber sido y le queda el dolor de ya no ser. Se suponía que las famosas palancas obrarían el milagro de los panes y los peces, pero el orden de los factores no altera el producto. Sigue siendo un Barça de andar por casa. Uno que está lejos de la elite. Uno que no aprende de sus errores.
La realidad es que 160 millones de euros después, tras vender más activos de los deseables y después de que algunos directivos hayan tenido que avalar para lograr hacer posible lo que los economistas decían que era imposible, el Barça ha vuelto a la casilla de salida. Con esto, no le da para ir por Europa. Un bofetón de realidad. Primero, porque sufrirá el impacto de un 'agujero negro' económico que no se puede permitir. Y segundo, porque el golpe moral es aún más fuerte que el económico. Todo lo que era susceptible de salir mal, salió peor. El Barça se creyó mejor de lo que era, subestimó al Inter, jugó acelerado, confundió los tiempos, no gobernó el partido y se empeñó en jugar como si fuera el minuto 80 desde el minuto 46. Caricaturizado por sí mismo, el Barça jugó a arreones, a impulsos, sin orden ni concierto, tirando de épica y de centros laterales. Xavi jugó a lo Koeman. Y como el holandés, cayó sin pena ni gloria. Encajó tres goles que pudieron ser más, porque Lautaro y compañía se dieron un festín a costa de un Barça que no dio la talla y fue víctima de un ataque de nervios.
Del KO europeo salen tocados todos. Primero, Laporta. Planificó, negoció, se jugó todo a impar y pasa, y después de remar sin desmayo en verano a base de palancas, está fuera de la Champions a comienzos de octubre. Segundo, Xavi,. Siendo mejor entrendor y teniendo más crédito que Koeman, acabó jugando a lo mismo que el holandés, con muchas mejores piezas y volviendo a demostrar que sus ruedas de prensa son bastante peores que sus planteamientos. O su mensaje no llega o el equipo no le responde. Después, el vestuario. Hay quien insiste en echar a las 'vacas sagradas', pero la reflexión debe ser más profunda. Si al equipo no le daba antes y tampoco le da ahora, igual alguien debería empezar a pensar en replantearse la política deportiva del club. Hay talento, pero no equipo. Ni alma.
Y por último, queda tocadísimo el socio. El palo económico es duro. El golpe moral es aún peor. El barcelonismo creyó que el club se había reflotado, que había equipo para competir con los mejores y la verdad es que sigue anclado en un bucle de mediocridad. Al Barça no le daba y ahora sigue sin darle. El mensaje del club, de Laporrta y de Xavi, va por un lado y la realidad, por otro. Falta la 'pedrea' del clásico, pero que nadie se engañe: volver a jugar la Europa League es dar otro paso atrás. Y salvo milagro del Plzen, queda lo peor, porque por más que al Barça se le haya puesto cara de jueves, jugar esa competición no es un fracaso. El auténtico fracaso será jugar esa competición y después de 160 millones invertidos, no ser capaz de ganarla.
Rubén Uría
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