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LeninGetty

Papá Lenin

Ninguna parte de su cuerpo parece real. Los nudillos de las manos lucen muy marcados. La cabeza se percibe demasiado redonda, casi como si fuera una bola de bowling. El pelo, duro, como pegoteado. Encima de la cara debe tener kilos y kilos de maquillaje encima. Está vestido con un traje negro, corbata a lunares blancos. Lleva un pin de la Unión Soviética sobre el costado izquierdo del pecho. Se le ven a la distancia los poros de la piel, pequeños agujeros que no deberían notarse tanto. Los ojos cerrados, las manos a los costados del cuerpo. Zapatos negros relucientes.

Encerrado en una especie de caja de vidrio, rodeado por una manta roja con forma de flores, Lenin se expone al mundo. Turistas que hacen una cola de algo menos de una hora para verlo un minuto, en el corazón de la Plaza Roja, de Moscú. Son eso, extranjeros. Chinos. Ingleses. Algún que otro latino. Casi no se advierten rusos. Se siente como síntoma de un país que mantiene figuras más bien olvidadas.

Lenin es el papá simbólico de Rusia. Su figura aparece en las paredes, las estatuas y ocupa un lugar privilegiado en el lugar más famoso del país. Es una representación de un pasado que se asume como glorioso pero que no representa en casi nada a la realidad. En el estadio Luzhniki, donde se jugarán las semifinales entre Inglaterra y Croacia, hay un inmenso monumento que fue más bien ignorado durante todo el Mundial. Un homenaje al símbolo comunista rodeado de marcas que no paran de recaudar con hinchas y turistas.  

Hace frío. Los pasillos están oscuros. No se pueden sacar fotos. Hay hombres de seguridad cada dos o tres metros que vigilan con atención lo que hacen los visitantes. Advierten a algunos turistas que se meten las manos en los bolsillos. Bajo esas reglas, una falta de respeto no permitida. Quedan atentos a que a nadie se le ocurra sacar el celular. Hacen avanzar el paso para que no se acumule gente en el ambiente. La vibra es más bien tétrica, lejos de lo magnánimo ruso, más bien cercano a la contemplación cuidadosa.

No hay devoción, como sí ocurre con la tumba de Mao en Beijing, China. Ni flores, ni cantos, ni familias que representan un homenaje. Ni cantos, ni rezos. Ni objetos con su cara para comprar en tiendas de alrededor. Es una figura que se siente vacía. 

La tumba de Lenin fue construida tras su muerte, en 1924, y expone su cuerpo desde entonces (aunque hay muchas teorías sobre el supuesto cuerpo). Según algunas encuestas, más de la mitad de los rusos pretenden que sea enterrado. El presidente ruso, Vladimir Putin, aseguró que el cuerpo de Lenin, el gran símbolo de la revolución rusa de 1917, el primer impulsor de la Unión Soviética, yacerá a los pies del Kremlin hasta que la mayoría de los rusos manifiesten lo contrario. El lugar suele cerrar un par de meses al año para que el cuerpo sea 'retocado' por especialistas. Lenin se siente más un muñeco que un hombre que vivió hace mucho tiempo.

"Lenin...muy malo. Mató al zar...mató a mucha gente", dice Dima, un arquitecto ruso de 29 años que decidió pasar una noche en el centro de Moscú para ver con sus propios ojos eso que muchos moscovitas llamaron la 'locura del Mundial'. "La realidad es que a la gente joven no le importa mucho Lenin. Es más bien un símbolo de otra generación, de gente más vieja. Para nosotros, no fue más que un político que sentó bases importantes pero que también cometió muchos errores", comenta Ivan, un comerciante que vende antiguedades. O Ivor, ingeniero en sistemas que no entiende cómo rendirle tributo a un líder que dejó, según su punto de vista, bases endebles en todos lados. 

Un padre que no tiene reconocimiento. La sociedad rusa de hoy, sede de un Mundial organizado a la perfección, habitantes de un país tan capitalista como Estados Unidos, le da la espalda. Es un papá ausente, quizás. Un papá al que no se lo visita. Está ahí, en algún portaretrato familiar que acumuló mucho polvo, que recibió muchas miradas desatentas.

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