EDITORIAL
Leo Messi regresa hoy a Maracaná, el mismo escenario en el que jugó -y perdió- la única final de la Copa del Mundo que ha tenido ocasión de disputar, allá en 2014. En esta ocasión será la tercera vez que pise el templo del fútbol brasileño donde ya sabe qué es marcar un gol y ganar a pesar de que ambos méritos se le resistieran en la finalísima frente Alemania, pues su Argentina había derrotado a Bosnia-Hercegovina por 2 a 1 con una diana suya en el choque de la fase de grupos aquel mismo año.
Esta vez el premio es menor en envergadura, pues se trata de los cuartos de final de la Copa América y no de un Mundial, pero eso es irrelevante para el rosarino, obsesionado con levantar un título con la selección absoluta, a la que ha liderado hasta varias finales sin lograr salir campeón ni una sola vez. Maracaná, pues, debe ser talismán para un jugador que está acostumbrado a pulverizar récords de toda clase y que se presentará en casa de Pelé con la posibilidad real de robarle la plusmarca de mayor goleador de todos los tiempos en un único club.
Autor de 643 goles con el Santos, apenas cuarenta más que los que el rosarino ha marcado con el Barcelona y que le acercan cada vez más a la leyenda brasileña en pos de otro récord histórico, Pelé tiene serios motivos para estar preocupado porque no falta mucho para ver cómo la pulga destrona a o rei. Naturalmente eso no sucederá hoy, porque Messi se presentará en Maracaná vistiendo el albiceleste de Argentina y no el azulgrana del Barcelona pero con la misma convicción de batir a Venezuela para plantarse en semifinales y seguir soñando en su primer título con el equipo de su corazón.
