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sevilla-lopetegui(C)Getty Images

Lopetegui

Si el fútbol es el mejor relato de la vida, hay una ley no escrita que se repite con el paso del tiempo: el equilibrio entre el fondo y las formas. En el fondo, ningún sevillista de bien podría negar que ahora mismo, números en la mano, el Sevilla está perfectamente legitimado para prescindir de Lopetegui, porque al no ser parte de la solución, acaba siéndolo del problema. Son códigos más viejos que el hilo negro. Cuando la derrota entra por la puerta, el entrenador sale por la ventana. El fútbol profesional es el único deporte que presume de no tener memoria. Los banquillos son una silla eléctrica y el entrenador de turno, se llame como se llame, siempre es hijo de los resultados. Si se gana, es un ídolo. Y si se pierde, ya no sirve. Así es la rosa, así es el cardo. Así es el fútbol. Así es la prensa y así es el aficionado. Cinco partidos buenos y eres Dios, cinco malos y la memoria se llena de olvido, porque nadie come del ayer y este circo se alimenta del verbo más cruel de la industria: ganar. Sí, en el fondo, la situación del Sevilla de despedir a su entrenador respira coherencia por todos los poros sevillistas. El presidente y el director deportivo, por mucho que esta decisión erosione su imagen, deben actuar. Hay que agitar la coctelera, hay que reactivar a un equipo que parece muerto y la inacción ya no sirve. Es la crónica de una muerte anunciada desde el pasado verano. Palco, despacho, banquillo, vestuario y afición lo intuían. Esta película ya no va de malos y buenos, sino de necesidades y tiempos. El campo dirá si su sustituto endereza la nave o si solo se valora aquello que se pierde.

Al otro lado de la ventanilla, asoman las formas. Para algunos, una anécdota. Para otros, algo más importante que ganar o perder. Tenga el porcentaje de responsabilidad compartida que tenga en la marcha del equipo, Lopetegui es uno de los mejores entrenadores que han pasado por el club. No merece que el Sevilla le mantenga en su puesto si el club prefiere separar sus caminos, ni tampoco es un mártir, pero sí merece tener una despedida elegante y respetuosa, acorde con su legado. Fue el arquitecto de una Europa League, logró tres clasificaciones seguidas para la Champions y se convirtió en el entrenador con mejor porcentaje de victorias de la historia. Julen merece tener las puertas del club siempre abiertas, para que esto no sea un 'hasta nunca' y sea un 'hasta pronto'. Incluso cuando un club tenga complicado gestionar los tiempos, porque este tipo de cosas no son agradables para nadie - ni para el que despide ni para el despedido-, Julen merece salir con la dignidad intacta, con respeto y con todo el tacto que para sí desearían los que algún día tendrán que irse, porque nada es eterno. Si su marcha es inevitable, el club debe estar a la altura moral que su historia obliga, para escribir un final decente. Si Julen se tiene que ir, que sea con todo el cariño y respeto que, con su trabajo y sus resultados, se ha ganado. Si llegó cuando muy pocos le querían, sería maravilloso que se fuera con el cariño de muchos. Que sea un adiós con el respeto del club, desde el primer hasta el último empleado. Y con la gratitud del aficionado, desde la tribuna hasta el gol sur.

Rubén Uría

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