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La verdad tras la conflictiva relación entre Zidane y Gareth Bale

13:26 CEST 23/5/19
2017-03-20 Bale Zidane
Juntos durante cinco temporadas, fueron numerosos los desencuentros entre los dos iconos del Real Madrid. La situación es hoy insalvable

Fue la comidilla en el Santiago Bernabéu una vez Undiano Mallenco pitó el final del partido entre Real Madrid y Betis. El resultado era lo de menos. Pero de lo que se hablaba era de la calurosa despedida a Keylor Navas, y de la negativa de Zidane para con Gareth Bale en el que seguramente fuera su último día en el Real Madrid. Sorprendió a la mayoría, la verdad. Sin embargo, en frío, atendiendo a cómo fue evolucionando la relación entre el galés y el francés, quizás esta reacción no fue ni tan desproporcionada ni tan inesperada. Simplemente, el corolario acorde a una ruptura por todos sabida y cocinada durante años.

Lo irónico de todo es que la relación entre Bale y Zidane comenzó con el pie derecho. No obstante, en una de sus primeras intervenciones cuando tomó el cargo en enero de 2016, el técnico galo calificó a la ‘BBC’ de intocable. En medio del debate entre la posición y el estatus de Bale comparado con el de Ronaldo, el entrenador francés apostó por ambos, pero sin restarle tampoco galones al de Cardiff. En su primera temporada juntos, Bale estuvo lesionado casi dos meses nada más aterrizar Zidane, y sin embargo el galés fue luego titular en todos los partidos de Champions League que estuvo disponible, incluida la final de Milán, donde jugó los 120 minutos y lanzó uno de los penalties de la tanda desde los once metros que significó la Undécima. Señal de confianza. Ni los rumores en abril de que se había lesionado jugando 36 hoyos al golf en Sotogrande a escasos días de que se disputase la semifinal ante el Manchester City parecieron minar la fe del técnico en su jugador. Y eso era algo noticioso, por otra parte.

No obstante, la relación de Carlo Ancelotti con Gareth Bale ya había terminado mal en 2015, apenas un año antes. El técnico italiano no entendía el egoísmo del galés ni el proteccionismo del club blanco con él, y en la antepenúltima jornada de La Liga, después de una jugada en la que no pasó el balón a Benzema en Mestalla (2-2), le sustituyó. El desencuentro se hizo público. El técnico italiano acabó destituido, y una de las primeras medidas de Benítez nada más heredar ese banquillo fue mimar al galés. Tiempo después, en entrevista con Goal, Fernando Hierro definió así el papel de Bale: “Gareth llegará en el fútbol hasta donde quiera llegar, y con la ambición que quiera tener”. Hierro había sido asistente de Ancelotti esa temporada. Sin necesidad de decirlo, su opinión quedaba clara. Blanca y en botella. Sin embargo Zidane, que también había sido asistente de Carletto en 2013-14, pareció hacer borrón y cuenta nueva para con el galés por lo visto en esa primera media temporada como primer entrenador.

El curso siguiente, y con la Décima Champions League ya en las vitrinas del Santiago Bernabéu, Gareth Bale comenzó la temporada después de haber hecho una Eurocopa más que notable en Francia. Su concurso prometía. Sin embargo, su ya confirmada fragilidad alcanzó un punto de inflexión importante: en noviembre tenía que pasar por el quirófano por una lesión en los tendones peroneos del tobillo derecho. Una intervención que le mantuvo fuera dos meses y medio. Y lo que es más importante: acrecentó su aversión a las lesiones. Si hasta entonces se temía su fragilidad, ésta se multiplicó exponencialmente. Y con un capítulo que dejaría huella en la relación entre el galés y el francés: con dudas sobre su estado físico, Gareth Bale confirmó a Zidane estar en forma para jugar de inicio el Clásico de la segunda vuelta de La Liga, con el título en juego… pero apenas aguantó media hora sobre el césped. Se retiró lesionado, el Barcelona tomó el Santiago Bernabéu (2-3), y algo se quebró entonces ya en la confianza del técnico para con el ‘11’. Esa lesión a final de temporada le apartó además de ‘su’ final de Champions en Cardiff, su ciudad: llegó por los pelos y apenas jugó trece minutos. Una decepción.

En total, desde que se recuperó de su operación de tobillo en febrero hasta junio de 2017, se lesionó otras dos veces más, lo que unido a una expulsión en La Liga dejó un balance de apenas 11 partidos jugados de los últimos 24 por disputar. Tan sólo veintisiete en toda la temporada. Después de la Undécima y de la Eurocopa de 2016, en 2017 entró en una espiral muy corrosiva. Con la perspectiva del tiempo, hoy en día se puede decir que aquella temporada fue seguramente el principio del fin de Gareth Bale en el Real Madrid.

Y es que en la campaña 2017-18, el galés iría perdiendo progresiva y definitivamente el peso que otrora tendría. Tanto con el técnico, como con la afición. Varias lesiones consecutivas le tendrían de nuevo dos meses y medio fuera de los terrenos de juego desde octubre, incluido el misterioso caso de una lesión confirmada por la Federación de Gales nada más unirse a su concentración, pero no comunicada por el Real Madrid al abandonar la capital española. Para cuando quiso regresar, Isco se había hecho ya con un sitio –Zidane hasta había cambiado su tradicional 4-3-3 para acomodarle en el once-. Y tras la esquina asomaba un Marco Asensio primoroso. En el segundo tramo de la temporada, estando sano y disponible, Bale sólo fue titular en uno de los siete partidos de eliminatorias de la Champions League ante PSG, Juventus, Bayern y la final ante el Liverpool. Sólo fue titular ante la Juve en el partido de vuelta (con 0-3 de la ida), y además fue sustituido al descanso con la Vecchia Signora bordeando ya la remontada (0-2). Un balance matador para un jugador al que siempre etiquetaron como el ‘crack’ del equipo y el heredero de la corona de Cristiano Ronaldo.

El rostro de Gareth Bale en Kiev, minutos antes de la disputa de la final de la Champions League, era un poema. El documental ‘En el corazón de la Decimotercera’ refleja a la perfección la soledad y la frustración del galés en el vestuario. Durante toda su etapa en el Real Madrid fue palpable su inadaptación al entorno: sin hablar español, sin una amistad realmente fuerte en el vestuario más allá de Modric, sin unirse a las escasísimas reuniones grupales siquiera… Introvertido como nadie, su aval era su fútbol. Y hasta eso lo había perdido ya a ojos de Zidane para entonces. Quizás por eso, después de marcar un doblete en la final de Kiev para darle al Real Madrid su tercera Champions consecutiva, Bale reaccionó con furia. Plantó un órdago encima de la mesa: si no tenía más minutos, dejaría el club. Una acusación directa a su entrenador. Ponía al club entre la espada y la pared. Aunque luego la salida de Zidane hiciese todo mucho más sencillo. El francés salió por su propio pie, también Ronaldo, y por fin Gareth Bale sería el abanderado del Real Madrid.

Sin embargo, lo que parecía un caramelo, se fue envenenando conforme la presente temporada avanzaba. El Real Madrid no levantaba la cabeza y, causa o consecuencia, se fue llevando a todos por delante. Especialmente a aquellos destinados a tirar del carro. A entrenadores, pero también a futbolistas. Como Gareth Bale. Fue otra lesión más en enero la que sirvió de bisagra para que Solari fuera contando menos y menos con el galés. Y cuanto menos jugaba, menos implicado se mostraba en el proyecto. Fue ‘cazado’ dejando el Bernabéu antes de tiempo ante la Real Sociedad, y en el Ciutat de Valencia evitó celebrar un gol con sus compañeros, en un gesto más que reprobable. De nuevo estaba inmerso en una espiral tóxica. Y esta vez, no hubo ya ningún doblete en la final de Champions que hiciera de flotador. 

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Al contrario. Solari dejó su puesto a Zidane, que regresaba al club apenas diez meses después. El galo regresaba al club para volver a entrenar a Bale, después de que éste, no contento con señalarle en Kiev, se desmarcase también con otras declaraciones contra el francés en febrero: “Me sentí realmente frustrado por no ser titular en la final. Marqué cinco goles en los últimos cuatro partidos de Liga y sentía que merecía estar desde el principio […] Zidane no me dijo nada de su salida, no habló conmigo tras la final de Champions y no he vuelto a hablar con él. No diría que éramos los mejores amigos”, dijo Bale en Four Four Two. Unas declaraciones que, conociendo mínimamente a Zidane, seguro que no le gustaron en absoluto. Y es que el francés, introvertido por naturaleza, tiene un concepto muy firme de la lealtad. Y por segunda vez en muy poco tiempo, el galés no es que le dejase en buen lugar precisamente. Tampoco lo hizo Ceballos en circunstancias similares, y también salió de los planes de Zidane en este mismo final de temporada. La ecuación tiene fácil solución. Y tardó poco en hacerse visible para todos.

Fue en la presente primavera, con nada en juego y la confirmación de una decepcionante temporada, que siempre dio la sensación de que Zidane nunca incluyó realmente a Bale en su casting de cara a la próxima campaña. Desde que regresó al Real Madrid, en el ambiente siempre flotó la sensación de que el galés estaba sentenciado. Ya fuera por no haber dado la talla en el campo este curso, por su indolencia y su falta de liderazgo en momentos difíciles, o porque el técnico le tenía tomada la matrícula desde Kiev. Le concedió minutos, sí. Pero de puertas hacia afuera, nunca mantuvo una defensa a ultranza para con el galés. Ni siquiera cuando el público del Santiago Bernabéu se arrancaba a pitarle. Y eso tensó más si cabe la situación. 

El agente de Gareth Bale, Jonathan Barnett, faltó al principio de autoridad del técnico en diversas entrevistas. Otra falta más de lealtad. Y el cúlmen fue la ‘espantada’ en Vallecas, sin subirse siquiera al autobús del equipo, para marcharse de vacaciones a Cardiff directamente. Pocos minutos antes, Zidane estaba en rueda de prensa pidiendo perdón a la afición por el enésimo sonrojo del curso, esta vez, ante el colista. No fue el último sonrojo del equipo blanco este año, pero sí fue la última vez que veríamos a Gareth Bale de servicio. Los dos siguientes partidos se quedó fuera de la convocatoria, y en el último, ante el Betis, aunque sí estuvo convocado, ni siquiera saltó a calentar. Con total seguridad era su último partido con el Real Madrid, y Zidane no le brindó una despedida. No hizo falta una bronca superlativa, ni una guerra velada de por medio. Pero simplemente viendo cómo se desgastó progresivamente esa relación entre ambos, gesto a gesto, decisión tras decisión, quizás esta reacción de negarle la despedida no debería haber sido tan inesperada, como decíamos.