Alma, corazón y vida, el Atleti se apuntó el primer asalto: anuló al todopoderoso Liverpool -campeón de Europa, mundial y futuro campeón de Premier-, le achicó los espacios y le dejó sin tirar a portería durante 94 minutos. A Simeone, que como a Aníbal Smith, le encanta que los planes salgan bien, le tiró lo emocional: "Empezamos a ganar en la rotonda que nos encaminaba al estadio. En ocho años no vi un recibimiento así". Atmósfera gigantesca, afición entregada y un equipo todo dignidad. El plan por fases del Cholo fue eficaz. Primero, presión alta. Después, gol. Más tarde, repliegue intensivo. Tras eso, descargas de contra. Y durante los noventa minutos, una premisa: igualar la intensidad del Liverpool, aguantar su ritmo infernal, mantener la concentración en todas las jugadas y ganar todos los duelos, aéreos y terrestres. Nada como para enamorarse, pero suficiente como para enorgullecerse. Había que competir y se compitió contra un grandísimo equipo, con la receta de ese cholismo del que los falsos profetas reniegan: poniendo el alma, escondiendo los defectos y potenciando las virtudes.
Descolgado de la cabeza en Liga, eliminado en Copa ante la Cultu, con el equipo en obras, con una plaga de lesionados a cuestas, echando de menos a los líderes que se han ido y teniendo claro que los nuevos aún tienen que encontrar su sitio, el Atleti hizo lo que suele hacer: cerrar la boca a los que siempre la abren de más y enterrar a sus sepultureros habituales en el agujero que le habían cavado antes de tiempo. Oblak no tuvo trabajo, Vrsaljko fue el tapón de la bañera, Lodi fue un portento, Felipe estuvo imperial, Savic fue un muro, Thomas un líder, Koke un baluarte, Saúl un pulmón, Lemar lo dio todo, Correa estuvo soberbio y Morata lo peleó todo. Llorente se mató a correr, Vitolo cumplió con creces y Costa puso garra. El entrenador fue un 9, el colectivo fue un 10 y la afición, un 11. Y gracias a esa comunión mágica, al tremendo equipo que es el Liverpool, por una noche, se le hizo el campo pequeño y las ideas, diminutas. Y lo que algunos decían que era "la tormenta roja" se sentó, durante 94 minutos, en la silla del dentista Simeone.
El Atleti se fue con la satisfacción del deber cumplido, con la honra a salvo y con la esperanza de soñar con lo que otros le seguirán diciendo que es imposible: eliminar al que, hasta esta noche, todos definían como el mejor equipo del mundo. Nada más acabar el partido, tras la enésima demostración de que el Atleti no es el mejor, pero si pelea, se pone a la altura del mejor. El primer asalto, para el Atleti. El segundo será en Anfield. Allí tendrá que ir la gente del Cholo. Con todo el respeto del mundo a un pedazo de entrenador como Klopp y un señor equipo como este Liverpool. Con todo el respeto del mundo, sí, pero sin miedo. Y a otra cosa, mariposa.
Como hay quien disfruta poniendo peros a la alegría ajena, jugando a decirle a otros cómo deben jugar, qué deben sentir y cómo deben celebrar, se escucharon voces preguntando en voz alta de qué le sirve al Atleti ganar a los pesos pesados para después perder ante el Madrid. Pues miren, a los atléticos esta victoria le sirve de lo mismo que a un servidor el hecho de respirar durante 44 años seguidos y morir mañana mismo, sirve para ser feliz, para disfrutar el hoy, para sentirse orgulloso ganar partidos que, antes de la llegada de Simeone, los atléticos veían por televisión. Para muchos eso no es nada. Para otros, para los de la rotonda que hace emocionarse a Simeone, lo es todo.
Rubén Uría




