Para los hinchas, todavía es la generación de las dudas

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Algunos silbidos cuando salieron Biglia y Di María e indiferencia total tras el empate ante Islandia. La paciencia sólo se le otorga a Messi.

Es difícil de explicar y quizás no tenga demasiado sentido, pero muchos hinchas -especialmente los argentinos- creen que por el hecho de haber hecho un viaje larguísimo a Rusia, haber gastado mucha plata y otra serie de 'sacrificios', merecen algo a cambio. Esa fue la idea principal de los miles de fanáticos que salieron del estadio CSKA de Moscú desapasionados por el empate del equipo de Sampaoli ante Islandia, en el primer partido del Grupo D del Mundial Rusia 2018. Sienten una deuda. Transmiten la sensación de que esta generación les debe algo.

Alrededor de 15 mil argentinos reventaron Moscú como si en Argentina no existieran problemas económicos, como si el dólar no explotara, como si lo único que importara es el Mundial. Sí, en Rusia, es lo único que importa. 

Muchos dicen que los que van a ver a la Selección argentina no son los mismos que los que asisten a la cancha a ver a sus equipos. Que es otro público. En Moscú, no se notó. Hasta un poco después del gol de Islandia, fue una verdadera fiesta. Luego del penal de Messi, los hinchas se obstinaron en alentar a su capitán, con Maradona desde un palco comandando la locura.

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Pero el tiempo fue apagando la paciencia. Y, de pronto, la sensación de la gente con este equipo quedó expuesta: el 10 tiene en la espalda a los fieles más seguidores. Pero el resto todavía representa a una generación de dudas, pese a que este plantel, con más o menos nombres, llegó a las tres finales de la misma cantidad de torneos que jugó.

La primera víctima fue Lucas Biglia. Salió a los diez minutos del segundo tiempo con muchos más silbidos que aplausos. El mediocampista del Milan tuvo que cargar con algunos rumores luego de perder alguna que otra pelota. Algo parecido le pasó a Ángel Di María. A quince del final, Fideo salió por Pavón y el reconocimiento de la gente fue más bien nulo.

Tras el final del partido, Messi se sacaba la cinta de capitán en el centro del campo de juego y se ponía las manos en las rodillas, cansadísimo y frustrado. El resto de los jugadores, con Otamendi a la cabeza, apuntó a la cabecera donde estaban los hinchas argentinos. Los integrantes del equipo de Sampaoli levantaron las manos en señal de agradecimiento. Del otro lado ya no había fuerzas. El 1 a 1 fue una espina difícil de digerir. El equipo de Sampaoli se volvió al vestuario con la amargura del empate y la indiferencia de su gente en el corazón.

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