Agarró la camiseta que había usado para el entrenamiento y la empezó a escurrir: sacó agua como si se hubiera tirado a una pileta. Era transpiración, eran kilos de sobra que se iban, eran ilusiones de volver a ser. Era esa mirada obsesiva y desafiante. Y era, cómo no, el discurso ampuloso y ganador:
"Trabajamos como el 86 y el 90, eso lo sé yo interiormente. Todo lo que se haga es primero por amor al fútbol, porque necesito que la Argentina necesita de mí. Quiero ser protagonista, quiero tener mi último Mundial a lo grande".
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En Diego Armando Maradona rondeará para siempre la idea de que podría haber sido aún mucho más de lo que fue (y lo que fue es probablemente el mejor jugador de la historia) si se hubiera alejado algo más de escándalos, problemas con dopings o peleas. El 17 de marzo de 1991, luego de un partido entre Napoli y Bari, dio positivo por cocaína. Fue suspendido por 15 meses. Luego fichó por Sevilla, pero no terminó de funcionar. En Newell's mucho menos. Para el Mundial Estados Unidos 1994, el 10 de la Selección argentina dejó atrás casi cuatro años de malos momentos con el fútbol. O, por lo menos, no gloriosos como se había acostumbrado en la década del 80.
Pero, para ese torneo, Maradona aceleró y se puso a punto. Estaba flaco, moldeado, fuerte. Motivado para volver a ser en un equipo repleto de estrellas y lleno de potencial. Alfio Basile, que tuvo que recurrir al 10 para el famoso repechaje ante Australia, estaba dispuesto a liberar a sus jugadores. Redondo, Balbo, Maradona, Caniggia y Batistuta en el mismo equipo. ¿La única condición? Un poco de sacrificio. Un pequeño retroceso, un despliegue mínimo para no regalar grandes espacios. Después, lo obvio: defenderse con la pelota.
En la concentración lo cargaban porque en su plato nunca había nada rico. Coliflor, brócoli...y pastillas. En el desayuno, el almuerzo y la cena. Se armó su propio equipo de trabajo que convivía en paralelo con el grupo de Basile. Fernando Signorini, su histórico preparador físico, Salvatore Carmando, masajista, y Daniel Cerrini, su nutricionista. Hacía un tiempo que había dejado de pesarse para dejar de sentir presión. Estaba listo.
GettyEstaba más maduro. Siendo Maradona, pero menos rebelde. Le preguntaron por los horarios al mediodía y dio una respuesta política. Le seguía pareciendo una locura y lamentaba que no se dieran cuenta que el nivel iba a bajar, pero que ya estaba viejito como para amotinarse contra la FIFA
Balbo acomoda y toca. Redondo recibe y descarga. Maradona devuelve de primera. El volante central juega hacia adelante con Batistuta, que rebota. Otra vez para Maradona, que acomoda perfilado y saca un zurdazo al ángulo. A los 33 años, el 10 y capitán de la Selección argentina le mandaba un mensaje claro al mundo: el rey estaba de vuelta. Corrió hacia un costado. Se encontró con una cámara y le puso la cara justo en el centro, como si se quisiera meter en la casa de todos los que lo miraban. Llegaron para abrazarlo Chamot, Simeone y Batistuta.
Desde la concentración de Brasil, Bebeto y Romario se codeaban y no dudaban: "Ahí está nuestro gran rival".
La goleada por 4 a 0 ante Grecia fue el primer partido del Grupo D que Argentina también compartía con Nigeria y Bulgaria. Después de ese encuentro, desgastante por las marcas y patadas de Tsalouchidis, Marangos y Apostalakis, Maradona se calificó con un 6.5: "Estoy acá para decirles a los argentinos que no hay túneles sin salida". Cuando le preguntaron si lo había gritado mucho para demostrar que el fútbol era el mejor deporte del mundo, lanzó: "No estaba en discusión que el fútbol es el rey de los deportes. A mí me encanta Jordan (Michael), Magic Johnson...¿sabés lo que pasa? Que juegan con la mano. El problema es jugar con los pies".
Un partido después vino el duelo ante Nigeria, la enfermera rubia y el famoso "me cortaron las piernas". El gol de Maradona, ese festejo, quedó como una imagen regalada a la eternidad, casi una respuesta a lo que iba a venir.
Fue un momento de desahogo. Pero principalmente de furia. La furia. Por lo que pasó. Por lo que vivía en ese momento. Y, aunque parezca increíble, también por lo que estaba a punto de pasar.
