Argentina se acostumbró a perder. No porque juegue mal. Tampoco porque tenga malos jugadores o un mal entrenador. La Selección post Martino se acostumbró a sentirse cómodo en las malas. Se le acabó la rebelión hace rato. Incluso, se busca los problemas. Pasó de ronda y va a jugar octavos de final contra Francia pero hizo lo posible por quedarse afuera.
Primero y principal, Lionel Messi está en otra escala. A pesar de que falló en los dos primeros partidos, de que se contagió de muchos de sus compañeros, contra Nigeria hizo dos maravillas (gol después de bajar una pelota difícil y tiro libre en el palo) y puso a este equipo al que tanto le cuesta encontrar facetas positivas del juego en ventaja.
Esta vez el fútbol y la mano del DT sí aparecieron. Las presencias de Banega y Enzo Pérez en el medio mejoraron al equipo, Messi tuvo socios, Higuaín supo cuando salir para que otros entraran y Di María estuvo enchufado como hacía tiempo no se lo veía. Los centrales y Mascherano anticiparon y ganaron mucho más de lo que perdieron. Todo eso mientras iban cuesta abajo.
Hasta el penal.
Mascherano fue el primero en iniciar la autodestrucción. Antes de hacer un penal bobo, le gritó a Mercado por ir a una pelota que cabeceó el 14 y le dio en la nuca a Enzo Pérez. Lejos de aceptar el error compartido, llegó al córner del penal criticando a los suyos. El gol y el golpe empezaron a derrumbar al equipo. Y el resto terminó arrastrando a Messi para abajo.
Después vino lo de siempre. Un equipo golpeado, angustiado, con Mascherano buscando la heroica con la cara tajeada y tirando pases de 30 metros. Banega dejó de ser la figura en el medio, Messi no desbordaba más, Rojo casi hace un penal insólito y, sobre todo, Higuaín volvió a fallar. Y ahí hay otro problema. Los delanteros tienen que meter goles y el 9 no te salva nunca. O al menos no te salvó hasta ahora. Y tuvo dos claras. Un mano a mano en el primer tiempo que el arquero rival salvó con velocidad y un penal en movimiento -de zurda- que era ideal para la reivindicación. Se fue lejos.
Si el ánimo del equipo no cambió después de Ecuador, ¿qué hace pensar que cambie ahora? El día en el que se lloró por pasar la primera ronda (y bien llorado que estuvo), Argentina volvió a enfermarse. El partido lo ganó porque dos de los tres defensores que quedaban en la cancha llegaron al fondo, porque se negó a darse por vencido con los nombres menos esperados: Mercado y Rojo fueron optimistas y se llevaron todo. Pero no fue por Mascherano, ni por Messi, ni por Higuaín, ni por Agüero, ni por ninguno de los que tiene que dar la cara. De hecho, los dos máximos goleadores del plantel dijeron después del partido que lo ganó Dios.
Lo que venga hacia adelante será todo nuevo. En el fútbol puede ganar cualquiera y en este Mundial, Argentina es cualquiera. Pase lo que pase, esta Selección demostró en estos primeros tres partidos y en los últimos dos años, que este equipo ya perdió.
