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San Mames

El socio del Athletic y Godot

No hace tanto de aquello, de ese día en el que frente a un micrófono, Marcelo Bielsa relataba cómo un bilbaíno se acerca y, orgulloso, extrae de su cartera y blande ante su interlocutor una tarjeta que lo acredita como socio del Athletic. Un carnet de pertenencia a una idea; a un universo tan etéreo como real en el que caben relatos del fútbol del terruño y ensoñaciones que han ido pasando de padres a hijos. Un pueblo alrededor de un balón cada vez más ininteligible en una parcela en la que las autolimitaciones penalizan y son a su vez aceptadas por convicción.

Es cuando vives fuera de los dominios socioculturales de la sombra del santo Mamés cuando caes en la cuenta de lo admirado/envidiado/querido/odiado que es el Athletic. Un club que no deja indiferente, porque todavía es una realidad con voz en el ecosistema fútbol de 2022. Más de 120 años después, lo que se hace en el Botxo sigue asomando en las conversaciones de un par de currelas en un bar del barrio madrileño de Canillejas o en el improvisado receso que se les ofrece a los hermanos de la Cofradía del Cautivo de Málaga a su paso por la Alameda.

Aun así, desde el mismo epicentro del sismo rojiblanco, da la sensación de que no se valora con el mismo celo el regalo que supone ser copropietario de una nave que hoy en día continúa funcionando milagrosamente en la élite y que se cuela, frecuentemente, en sus fiestas de fin de curso a bailar con las más guapas.

La cuasi permanente inacción de los socios ante la sucesión de vicisitudes negativas que también se han ido produciendo a lo largo de los últimos años da que pensar. En ocasiones parece que se creyera que si no se toca lo existente, y solo por ser el Athletic una entidad especial, todo va a seguir fluyendo por intervención divina. Y eso no funciona así.

No es momento para desgranar los errores de bulto que por incapacidad se han cometido en la gestión societaria y deportiva en los ejercicios anteriores, o de cómo los protagonistas del balón no han sabido honrar lo que representan en los días D. Por supuesto que ha habido acierto, cómo no, pero los errores de bulto –que han sido legión– solo han sido respondidos desde las gradas por el soniquete de las pipas y el metálico crujir del papel albal de los bocatas.

Quienes llevamos décadas viendo cómo se viven las cosas los días de partido en San Mamés, sabemos que hace tiempo que las tribunas no expresan su desencanto, su enfado, su disgusto, cada vez que desde dentro de la entidad se desvía el tiro; un hecho impensable no hace tanto. Uno dicen que fue con el traslado al nuevo campo. Otros fijan el inicio del silencio más atrás, pero en todo caso, en el teatro ya no se patea el suelo ni por deficientes actuaciones del equipo, ni por renovaciones absurdas, ni por una gestión de la entidad más propia del siglo XX que del actual, por citar tres situaciones reales.

Y ahí están las elecciones, a la vuelta de la esquina, esperando a que las convoquen. Por si acaso, y por aquello de que quien golpea primero lo hace dos veces, Ricardo Barkala ya ha confirmado que se presenta a presidente. Más de tres décadas consecutivas ganándose la vida en distintas ventanillas públicas, siempre colocado por el partido al que está afiliado, le contemplan. Mientras se desperezan, o no, otros posibles nombres, la urgencia en la que en silencio espera el tan necesario y urgente aterrizaje integral en el siglo XXI del Athletic, sigue esperando a Godot.

Pero ese camino se andará si se cumplen dos premisas: si se aplican soluciones distintas a los problemas que –sin resolver– van dejando anclado en el pasado al club, y si a diferencia de lo que sucedía en la obra de Beckett, a Godot le da por aparecer esta vez. Y digo “aparecer” porque por llamativo que resulte, el socio no va a ir a buscar a nadie a ningún sitio. Por esa misma abulia de la que el dramaturgo irlandés dotó a Vladimir y a Estragón.

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