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LaLiga 2022-23 Cádiz. vs Athletic Bilbao Getty Images

El Loco de la colina y el striptease del Athletic

Firma Lartaun de AzumendiGoal

A Jesús Quintero le gustaba el fútbol. No creo que hubiera un solo aspecto relativo a lo humano que no le interesara. El Loco era del Betis, que es la manera más cercana al precipicio de vivir el deporte en la poliédrica Sevilla. Los que seguimos con atención su carrera, admirábamos de Quintero su indudable talento, pero quizá más aún su maestría para zapatear por los límites del barranco por el que necesitaba transitar cuando se encendían los focos.

El Loco de la colina era como aquel hombre pertrechado con una gabardina que a finales de 1953 no tuvo una mejor ocurrencia que sentarse sobre el arco de San Mamés durante un derbi vasco. La policía no fue capaz de hacer que se bajara de tan peligrosa ubicación y hubo que esperar al final del choque para conocer por qué se había encaramado en el emblemático ingenio arquitectónico: “quería ver mejor el partido”.

Quintero siempre buscaba el mejor ángulo para ver lo que llevaban dentro sus entrevistados. Él sabía que para que nos quedáramos atrapados por sus programas tenía que prescindir del freno al conducirlos. De hecho, no servía cualquiera para sentarse frente a él. Quien aceptaba su invitación, se veía obligado a desnudarse. Aquellos espacios radiofónicos o televisivos despojaban de cualquier atavío a los entrevistados, ya fuera con sus afiladas preguntas o mediante sus muchos e incómodos silencios.

En ese sentido, otro Loco, argentino este, ha sido el más Quintero de los entrenadores del Athletic de las últimas décadas. Las propuestas de Bielsa buscaban constantemente la catarsis desde el cientifismo del balón. Capaz de inflamar las almas de los miles de aficionados que lo fueron venerando en San Mamés, el rosarino exigía el striptease a sus leones para solo así ir a por todas. No había planteamiento del rival que los de Bielsa dejaran sin respuesta. A lo loco.

Una década después, un Athletic distinto y en permanente estado de transición, cayó hace tres meses en las manos de un técnico que tripitía en el banquillo y al que todos conocían de sobra. Un entrenador cuyo pasado parecía ofrecer opciones de aspirar a terminar con el ayuno europeo.

Siendo Valverde un míster de prestigio, nadie sospechaba que el Athletic fuera a arrancar la campaña tan bien situado en la clasificación. Un hecho ciertamente llamativo, desde luego, pero no tan relevante como el vértigo que adorna el actual juego de los rojiblancos.

¿Vértigo y Valverde en la misma frase? Sí, señor. Tan cierto es que ninguno habría destacado el pasado junio la audacia como una de las virtudes que adornaran la hoja de servicios del Txingurri, como que el equipo del de Viandar de la Vera sale ahora a ganar desde el inicio y no tiene suficiente con ponerse por delante en el marcador. El entendimiento de los Williams, la seguridad de Vesga y Dani García, la llegada de Berenguer a su costado preferido, el brillo de Sancet como interior y un Unai Simón refrendando su categoría, han permitido que Valverde valide una propuesta a tumba abierta que más pronto que tarde veremos si ha llegado para quedarse.

Sea como fuere, lo cierto es que ni siquiera ha hecho falta que la nueva grada popular se haya tenido que afanar en animar sin verse recompensada con lo que está sucediendo en el verde. La comunión equipo-banquillo-afición comienza a ofrecer signos de gran fortaleza. Falta por ver si las respuestas de Valverde a las preguntas de los equipos que aparecen en el horizonte de octubre seguirán mostrándonos esta propuesta que tiene encandilada al mundo del fútbol. Si se refrendan las maneras de estas primeras jornadas, el Athletic caminará por el filo de un precipicio del que no se quieren apartar los hinchas. Europa es el objetivo, pero la irrupción del inesperado vértigo ha modificado las pulsiones de la afición. Detener el striptease supondría hacer saltar por los aires un éxtasis insustituible.

Lartaun de Azumendi

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