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Juan Carlos OsorioFrancois Nel / Getty Images

El efecto Juan Carlos Osorio

Aunque pudiera parecer lo contrario, dado el título de esta columna, no voy a comentar de las decisiones de Juan Carlos Osorio o de sus conocimientos como director técnico. Jamás pretendería hacerlo como aficionado o el típico futbolista frustrado que hubiera sido profesional pero “se chingó la rodilla”, para decir que conozco más de futbol que el señor Osorio y que por ello me atrevo a hablar de sus decisiones tácticas. Mi opinión sobre su desempeño y decisiones es para una columna que espero poder escribir más adelante, pero de lo que sí puedo hablar es del efecto que Juan Carlos Osorio está provocando en el ambiente del medio futbolístico mexicano.

En los casi 30 años que tengo de ser aficionado “a morir” de la Selección mexicana, de sufrir todas las desilusiones y rupturas de corazón que me ha dado a través de todos estos años (peor que mi exnovia psicótica de la prepa). Y habiendo visto a más de 15 técnicos pasar por el Tri desde 1990, creo que ninguno había polarizado tanto las opiniones como lo ha hecho JCO, con excepciones de casos particulares como: ¿Por qué Mejía Barón no metió a Hugo en 1994? (lo cual ya explicó y me parece muy convincente) o ¿por qué Aguirre metió a García Aspe en el 2002 (lo cual no tiene explicación) o al Bofo contra Argentina en 2010 (de nuevo, inexplicable)?

El punto es que, fuera de estos casos en particular, lo de Osorio es realmente de llamar la atención, pocos personajes en el país, con excepción de mi querido Enrique Peña Nieto, han generado tal respuesta negativa a su trabajo (guardando las debidas proporciones de esta comparación) como el técnico colombiano.

En todo este tiempo, no recuerdo que ningún técnico generara tanta incomodidad, empezando con los niveles de polémica y la magnitud de las discusiones que se han presentado en todos los programas de análisis deportivo del radio y la televisión. Pero de manera mucho más importante con los aficionados, obviamente hay personas que lo defienden o, en su defecto, defienden el proceso y este es justamente el efecto al que me refería en el título. Porque la realidad es que la gran mayoría de la gente (un servidor incluido) no está contenta con la forma en que se están haciendo las cosas, especialmente con las humillantes derrotas que se han sufrido y más aún, con la forma en que se ha perdido, lo que provoca tremendas discusiones entre los propios aficionados.

Pero lo que más nos preocupa a todos los que queremos ver ganar a la Selección mexicana es la completa falta de autocrítica y, sobre todo, esa chingada soberbia de no querer cambiar y creer que seguir haciendo lo que NO FUNCIONA es sinónimo de constancia o de implementar un sistema, lo cual nos recuerda mucho a aquella frase que en el internet se le atribuye a Einstein, pero que, seguramente, no es suya: "La definición de la locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados".

Esta molestia generalizada es mucho más fácil de percibir en estos tiempos en que cualquiera puede ventilar sus opiniones, enojos, frustraciones, etcétera, a través de las redes sociales, basta con hacer un comentario en Facebook para encender una discusión, o hacer una simple encuesta en Twitter o una búsqueda en Google para ver que la opinión general es que la gente no quiere a Osorio, no quiere sus inventos y, sobre todo, no quiere a un tipo soberbio que pretende venir a tratar de enseñarnos cómo se reinventa el futbol, cuando todos sabemos que el futbol es un deporte mucho más sencillo de lo que los grandes “sabios” de la táctica y de los pizarrones (saludos a La Volpe y sus cero campeonatos) nos quieren hacer ver.

Si este vox populi no es suficiente para que se entienda el mensaje veamos si vender menos de la mitad de los boletos para el partido contra Panamá será una gran fiesta, tal como se espera, porque más allá de lo que los periodistas y analistas digan en los programas de análisis o de lo que la gente diga en el estadio, en la calle o en la redes sociales, el verdadero “Efecto Osorio” es la desilusión y el desinterés que ha generado hacia los partidos de la Selección mexicana y si eso no les parece un efecto grave a los dueños y directivos, entonces ya no hay nada qué hacer al respecto.

Solo nos queda esperar que el “Efecto Osorio” no se traslade a la cancha y, como en las últimas 3 copas (7-0 incluido), acabemos también haciendo el ridículo en el próximo mundial.

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