Sobre las paredes blancas de los túneles de las autopistas hay cuadrados formados por pequeños azulejos de colores que generan un hipnótico color arcoiris. Los pisos de los baños del aeropuerto parecen espejos, reflejo de las caras cansadas pero expectantes que acaban de llegar a Doha. El Uber que traslada hacia la ciudad tiene las alfombras recién puestas del lavadero. Hay olor a perfume. Los vidrios de los grandes edificios brillan, encandilan a los conductores.
En Doha, la arena se tapa. Con alfombras. Con estructuras. Con pavimento. Pero la idea que podría transmitir el desierto, de polvo, de suciedad, de sequedad, está cubierta por la riqueza. La riqueza se expresa en infraestructura. Los estadios son nuevos y relucientes, pero no lo único por lo que este rico país petrolero puede alardear. El centro de prensa, una especie de lugar de convenciones, es puro lujo. Los buses que trasladan a los aficionados, a estrenar. El subte es una joya de precisión y limpieza.
No hay autos viejos o destartalados en las calles. Las estaciones de servicio de nafta están por todos lados, nunca con espera. No hay suciedad en ningún lado, ni en los espacios públicos ni los privados. Qatar, un país de casi tres millones de habitantes, está compuesto por un 10% de locales. El resto, inmigración trabajadora. Los recursos humanos, un bien incontrolable, hace lo que puede ante una misión difícil de cumplir. Todo lo que podría hacer una persona está tomado por seis o siete. Hay un encargado que vende una hamburguesa y atrás otras tres o cuatro mirando. Hay un control de seguridad que indica el camino y al lado dos o tres haciendo lo mismo. Los equipos de seguridad en los estadios son un ejército sin sentido. Hay una sobredemanda de empleados, muchos que no tienen idea de su trabajo o lo que deben hacer. Una chica que está subidas a unas sillas levantadas que deberían ayudar a orientar a la gente camino al estadio no sabe por dónde ingresa la prensa, tampoco el sector específico requerido por un hincha. Los choferes de los buses que dirigen a la gente al estadio no saben cómo llegar. Se pierden, dan vueltas. Hasta que los propios pasajeros le indican el camino a través de alguna app tipo Google Maps o Waze.
Toda la estructura de los edificios es nueva, no hay ningún reaprovechamiento porque antes de eso no había nada. Sillones, televisores, mesas. Olor a plástico nuevo, a madera recién pulida. Hay grúas por todos lados, aunque las obras ahora están paradas.
Qatar es un país rico con riqueza difícil de medir en la gente. Porque no hay demasiada exposición ni perfiles altos. En Moscú, durante el Mundial 2018, era muy común ver a los locales figurar con sus autos por las calles de los bares solo para acelerar sus autos y hacer rugir al motor. O ver sus mesas llenas de las botellas más caras de champagne. En Doha, salvo las lujosas zonas vip de los estadios, en los que se desarrolla un operativo de seguridad de locos para los ingresos y salidas de los jefes de esta competencia -los qataríes, no la FIFA-, el espacio público prácticamente no existe. Las calles están vacías. La gente se viste igual, con sus típicas túnicas blancas y sandalias en los pies.
Aunque todavía es temprano para hacer conclusiones, se percibe una fractura social evidente. Por un lado, los dueños. Una porción pequeña. Por otro, los trabajadores.
Hakim, un conductor de Uber de Pakistán, está enojado porque durante el Mundial tiene menos trabajo que nunca. Como los transportes públicos son gratuitos, muy pocos requieren su servicio. Tiene que trabajar más de cinco horas de lo habitual para ganar lo mismo. Se queja, pero sin desesperación. Es parte de una masa más bien silenciosa y discreta. Sin hacer mucho ruido, sin llamar la atención, sin levantar el polvo.
.jpg?auto=webp&format=pjpg&width=3840&quality=60)