No para de llorar. Vestido de traje en un teatro lujoso. Peinado con detalle y los zapatos brillantes. Dispuesto a escuchar y disfrutar. En un momento, su cabeza hizo click. Y su corazón se rompió. Demasiados recuerdos. Muchas situaciones encima.
Luka Modric acaba de recibir el premio The Best a mejor jugador del 2018 otorgado por la FIFA. Venía de un Mundial de Rusia brillante en el que estuvo cerca de la gloria máxima. Acababa de ganar la Champions League con el Real Madrid. Y quiso acordarse de él. Su máximo ídolo. Zvonomir Boban.
En ese momento se unieron los dos futbolistas más grandes de la historia de Croacia. Y se unió -una vez más- un país que en algún momento fue un rompecabezas de millones de piezas, casi imposible de armar.
Tuvo que esconderse varias semanas. Lo buscaba la policía. Estaba en el ojo de la tormenta. Boban, un joven talentoso de 21 años, no aguantó la situación. En un clásico del fútbol yugoslavo entre el Dinamo (croata) y el Estrella Roja de Belgrado (serbio), la policía castigaba sin piedad a los hinchas con la idea de dispersar una serie de disturbios que no permitían ni empezar el partido. Él, desatado, metió un sprint para tomar impulso y darle una patada voladora a un policía que le pegaba a un hombre con la camiseta del Dinamo, su equipo.
Boban, el crack que leía a Dostoievski, el intelectual que años después se convertiría en profesor de historia, se volvió un símbolo. Yugoslavia, un país conformado por un grupo de pueblos que en algún momento vivió bajo la unanimidad sin cuestionar de un líder único como Josip Broz (Tito), empezaba su atomización. Empezaba la guerra.
Croacia, que era parte de Yugoslavia como Bosnia, Serbia, Eslovenia, Macedonia y Montenegro, era la región más pujante para independizarse. Pero la resistencia fue grande. La vida, inestable y con aire de cambios, ahora era violenta y peligrosa. Boban, figura del Dinamo y amo de la Selección Sub 20 que ganó el Mundial de Chile 1987, vivió refugiado después de esa patada y se fue del país ni bien pudo, vendido al Bari.
La ciudad de Jasenice, de la que forma parte la familia Modric, fue ocupada por las fuerzas serbias en septiembre de 1991. Solo un puñado de almas resistentes, en su mayoría de edad avanzada, se quedaron para ganarse la vida.
"En la mañana del 18 de diciembre de 1991, alrededor de las 9:00, un grupo de Obrovac Chetniks se dirigió a lo largo del viejo camino hacia Velebit. Mientras conducían por un sinuoso y polvoriento camino cantaban canciones populares primitivas llenas de rimas ideológicas y violentas. Exactamente en ese estado de ánimo, los alegres soldados se encontraron con un rebaño de ovejas y cabras y un hombre que cuidaba al rebaño mientras pastoreaba el pasto pobre de la montaña. Era Luka Modric de Zaton Obrovacki, un pueblo que colinda con Jasenice, ubicado arriba de Obrovac. Los Chetniks detuvieron el auto de inmediato, salieron y corrieron hacia el pastor inocente mientras aún cantaban la canción con sus gargantas gruesas. "'¿Quién eres, qué estás haciendo aquí? Esta es una tierra serbia", le dijeron. Lo empujaron, lo golpearon. Lo mataron.
Luka Modric cayó. Los asesinos siguieron el camino e hicieron lo propio con otras seis personas.
Luka Modric Sr fue el abuelo de Luka Modric, que en ese momento tenía 6 años. Este relato corresponde a Ivica Marijacic, periodista del diario Zadarski List.
La vida que la familia Modric tenía, tranquila, rural, había terminado. Ahora era un refugiado, junto con sus padres y su hermana. Se fueron y nunca volvieron. La casa, en un área atrapada por minas sin explotar, está abandonada hasta hoy.
El refugio de Modric terminó siendo la pelota. Y la proyección era la generación que encabezó Boban con un plantel de talento único que también tenía a Davor Zuker, Robert Prosinecki y Mario Stanic, entre otros.
Ese equipo fue un paso más de identidad, de construcción de una nación nueva. Un movimiento de unión.
Modric se convirtió en una súper estrella. Estuvo muy cerca de ganar un Mundial. Lo ganó todo con el Real Madrid. A los 37 años, se mantiene intacto. En Qatar 2022, es el capitán de una Selección -un país- mucho más sólida, estructurada y pacífico.
Del agradecimiento a las lágrimas. De Boban a Modric. El rompecabezas se terminó de armar. Croacia es puro corazón. Puro talento. Pura identidad.
