EDITORIAL
Es como el que circula en contra del sentido de la marcha mientras increpa a los conductores que le pitan pues Josep Maria Bartomeu sigue a lo suyo. "Muchas decisiones ya estaban tomadas antes de jugar la Champions League" dijo el presidente tras el partido, como si las que ha tomado hasta la fecha hubieran servido para algo más que para desaprovechar la madurez de Messi y reducirle a la sombra de lo que ha sido frente al Bayern en el mayor de los ridículos del Barcelona.
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"Lo lamento muchísimo porque hoy no hemos estado ni a nuestro nivel ni a nuestra altura" comentó el mismo presidente que torpedeó al equipo despojándole del entrenador después de un buen partido, a media temporada, sin tener siquiera un sustituto y le dio un equipo de dinosaurios a un señor que pasaba por allí. Como si su lamento sirviera de algo tras seis directores deportivos en cinco años que han culminado con Eric Abidal regalando jugadores en el pasado mercado de invierno.
Al presidente azulgrana hace años que se le acumula el trabajo. El club está desbordado en lo económico y en lo deportivo y la muy necesaria renovación se prevé imposible en el verano de la pandemia con los balances cayendo en picado. Es evidente que "hoy no es un día para tomar decisiones en caliente" pero cualquier cosa que no sea asumir responsabilidades, y de autocrítica hay bien poca en sus palabras, es negar la evidencia una vez más.
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No sólo ha acabado el Barcelona de Messi. También el de un Bartomeu que ya no cuela. ¿Qué proyecto puede reconstruir con sólo un año más por delante? ¿Qué entrenador y qué director deportivo puede encontrar en esta única temporada que le queda? Porque Bartomeu no se va, Bartomeu sigue. Y lo peor es que seguirá tomando decisiones. O no tomándolas, que es peor.





