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Ruben Uria BlogGoal

In Memoriam: 'Barrilete cósmico'

El fútbol, tal y como lo conocemos, ha muerto un 25 de noviembre de 2020.  Mañana seguirá existiendo y la pelota seguirá levantando pasiones, pero será diferente, será otra cosa y se habrá vuelto más pequeño, como nuestro mundo. Su máxima expresión, el niño que de cebollita soñaba jugar un Mundial y consagrarse en Primera, aquel niño que jugando pudo a su familia ayudar, el cuerpo maltratado de un genio infinito, ha dicho basta. Nadie mejor que el 'potro' hizo carne su leyenda: Diego Armando Maradona sembró alegría en el pueblo y llenó de gloria este suelo. Millones de niños nacimos, crecimos, soñamos y aprendimos a jugar el partido milagroso que es la vida imitando y gritando al viento los goles de Diego. De libre directo, de zurdazo atómico, de gambeta infinita, de chanfle, de caño, de espuela, de pecho y de taco, porque Maradona fue una fábrica de sueños. No era Dios, pero lo parecía, No tenía superpoderes pero lo parecía. No era Aquiles con el diez a la espalda, pero lo parecía. Siempre era Maradona contra el mundo y ganaba Maradona. Fue el sueño inalcanzable, el mito hecho carne, el orgullo del barrio hecho fotografía, el icono rock hecho pelota. Maradona fue todas las vidas que uno habría querido tener y Diego, todas aquellas que jamás querríamos vivir.

Ángel revolucionario y fábrica de felicidad andante, Diego jugó y maravilló, se equivocó y pagó. Su vida fue un cuento. Su legado, una historia interminable. La del que tiene todo y a la vez, nada. La del que no tiene nada y a la vez, tuvo todo. La del que tiene más miedo a vivir que a morir. La del que muerto siempre seguirá vivo. La del que necesita que le necesiten. La del que necesita seguir necesitándole. La del hombre que vivió para llevar de alegría el corazón del prójimo mientras él acumulaba dolor en el suyo. La del tipo que jugó el partido de la vida y hasta el día que perdió, siguió ganando. Diego fue una extensión de los sentimientos más puros de toda una generación y también el motivo de sus instintos más bajos. A Maradona le amamos por llenar de felicidad nuestras vidas y le odiamos por el infinito daño que se hizo a sí mismo.

Hizo balón con el planeta, conquistó corazones, fabricó ilusiones, sembró de alegrías al pueblo y como reza la canción del maestro Rodrigo, llenó de gloria este suelo. Hizo jueguito con su vida y con la de quienes le admiramos. Palabra del maestro Galeano: Diego jugó y ganó. Meó y perdió. Él conquistó y triunfó, sufrió y padeció. Creció en un barrio privado. Privado de luz y de agua. Y desde la pobreza más extrema, nos hizo crecer que los sueños, si los persigues de verdad, un día se cumplen. Todos queríamos debutar en Primera y tal vez, jugando, a nuestra familia ayudar. Fuiste inspiración, sueño e inspiración. Hizo inmortal Villa Fiorito, después hizo popular los Cebollitas, regaló un lugar en la historia al'Bicho', logró que Boca tuviera una parcelita en el cielo, hizo carne el barrio de Pedralbes, fue Gran Capitán de Nápoles, nos obligó aser sevillistas, también a ser aplastados por el hormigón del estadio Azteca y de propina, dio revancha a su pueblo tras perder una guerra a la que fue con cañones de chocolate y que acabaría ganando gracias a su zurda.

Barrilete cósmico, nunca muere lo que no se olvida. Vivirás en nuestros recuerdos, corazones y sueños. Que la tierra te sea leve, maestro. Nos hiciste felices. Serrat cantaba que no podía ni quería cantar al Jesús del madero, sino al que anduvo en la mar. Yo no quiero no puedo recordar al Diego del tormento, sino al barrilete cósmico de Víctor Hugo, ese que vino de algún planeta desconocido, para dejar en el camino a tanto inglés, para que todo un país fuera un puño apretado al viento, gritando, por Argentina. Diego, perdón por tan poco y gracias por tanto.

Rubén Uría

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