Por Jorge C. Picón - Escribo estas líneas desde una conocida cafetería de París, donde todo es caro, por lo que el precio no es muy diferente entre los sitios. Camino aquí pensaba en todas las veces que me van a preguntar sobre lo que he vivido en este viaje. La de ocasiones que voy a tener que repetir la misma historia en los próximos días. Sé que estaré feliz de hacerlo, que la mayoría de las mismas me apetecerá, pero se me ha ocurrido que sería más práctico contarlo por aquí. De esta forma, si alguien quiere saber algún detalle, solo tiene que acudir a este texto. Por tanto, chicos, así viví mi primera final de Champions.
Empecemos por el principio: soy madridista. Si bien la profesión me ha quitado pasión, que marquen los de blanco me sigue produciendo alegría. Es importante reconocerlo para explicar que cuando estás cubriendo un partido fuera, más aún una final como esta, ni te da tiempo a ponerte nervioso. Todo va tan rápido y hay tanto que hacer que a veces pierdes la noción de por qué estás allí. Esto me pasó nada más pisar el aeropuerto de Orly. En mi cabeza estaba más presente el Orlybus que Vinicius.
Llegué pensando que el primer día sería tranquilo. Qué iluso... Comí algo y me puse rumbo al centro de acreditaciones donde me encontré con Iván, compañero de batallas de Ok Diario. Tuvimos que colarnos ante cientos de voluntarios para recoger nuestro pase de prensa. Cuando salí avisé a los de la Cope que tenían mucha gente por delante y que intentasen repetir nuestra maniobra. "Es lo que hay que hacer" aseguró Manolo Lama. Mientras esperábamos, Iván y yo debatíamos: ir al hotel del Madrid en Chantilly, a una hora de la ciudad en un Uber carísimo, o quedarnos en el centro buscando historias. Entonces aparecieron los amigos de Mediaset con su coche alquilado: "Os llevamos, claro". Debate resuelto. Solo nos costó una vigilancia mientras ellos recogían su acreditación. Tengo en mi lista de deberes una cerveza para Álvaro Montero, conductor, y su cámara (ando preguntando por su nombre), de copiloto.
Mereció la pena el viaje: la zona era muy verde, casi de cuento, y Chantilly es como un Aranjuez mejorado. El Madrid quiso alojarse en un sitio con el que comparar grandeza. Allí fueron cientos de aficionados del Madrid, aunque quizás había más coches de época, no lo sé. La mayoría de los conductores de los mismos preguntaban por qué había tanta gente. Se notaba que para ellos la realidad era muy diferente para los que cantaban '¡Karim, Karim!' en la puerta de un hotel a las 19:00 de la tarde después de esperar varias horas. Llegó el equipo y vuelta para casa. Ese día acabó con 15 personas en un piso de 30 metros cuadrados, pero de esto mejor no cuento mucho más.
El viernes llegó Juan, el gran cámara que tiene Goal y un maestro de la imagen. Nos pusimos manos a la obra con su mochila, repleta de artilugios los cuales no sabía muy bien cómo funcionaban. Pienso que un fotógrafo es como un pianista por la cantidad de botones que tiene una cámara, pero además se tiene que montar él mismo el instrumento. Un paseo por el centro y al estadio, que entrenaban los dos equipos. Lo más difícil del día fue salir del metro de Saint-Dennis. 20 minutos estuvimos encerrados en la estación por comprar el ticket equivocado hasta que un amable caballero nos socorrió.
Una vez dentro del campo, nada raro, más allá de los 700 sandwiches que los periodistas nos acabamos en cuestión de minutos. Me sorprendió mucho Klopp, al que solo escuchándolo hablar coloqué en mi top de personas más carismáticas. Aunque lo que más me sorprendió no fueron sus palabras, sino sus silencios, precedidos normalmente de una respiración fuerte, como si acabase de subir muchos escalones. Ancelotti también tiene carisma, pero de otro tipo. Es como el señor que te hace un chascarrillo en el transporte público o que te manda mensajes a Whatsapp con emóticonos de caras con la lengua fuera. Sonrisa incandescente excepto cuando empieza el partido. Entonces es más difícil verle contento.
Durante el entrenamiento del Madrid, mientras Cortegana usurpaba mi palo de selfie, caí por primera vez en la magnitud de lo que me estaba pasando. Estaba viendo a Benzema, Modric o Courtois en París, e iba a ver una final de la Champions. Era mi sueño de niño y el de muchos otros, y lo estaba cumpliendo. Adelantándome a los acontecimientos, mi hemano me puso un mensaje antes del partido: "Pensé que sería el primero en ir a una final". Él suele ganarme en casi todo, pero esta vez la victoria fue mía. Estaba bastante feliz.
El día del partido empezó con una cerveza (juro que era por trabajo) y con la quinta hamburguesa en tres días. Nunca había comido tan mal. Juan y yo pusimos rumbo al estadio de nuevo, desde la misma estación, pero parece ser que los trenes no se nos dan bien. En este caso, cambiamos de andén cuatro veces y nos subimos en dos trenes antes de elegir el correcto. Estuvimos en la Fan Zone del Madrid, donde me encontré con viejos amigos como Carlos, que venía desde Toledo con escala en Bruselas, o Víctor, de la carrera, al que el vuelo no le había salido barato, pero no le importaba demasiado. Mucho madridismo y Taburete, que amenizó la fiesta. Willy Bárcenas tenía ya bastante claro que el Madrid ganaría la final.
Yendo al estadio me pasó una de las cosas más surrealistas de mi vida: persecución y detención en directo. Un coche de policía secreta consiguió frenar una moto, conducida por un chaval que cuando se dio cuenta que no tenía escapatoria puso una cara de pánico que nunca había visto. Esa de 'me han pillado líandola bastante gorda'. Por un momento pensé que los secretas eran civiles que solo querían lincharlo. Reconozco que tuve miedo uno o dos segundos, cuando vi a uno de ellos salir con un rifle, pero no tardaron más en reducirlo y ponerle las esposas.
Ya en el campo, tratando de ir a ver a otros dos amigos, Charli y Edu, me encontré con una puerta por la que cada persona que pasaba era más importante que la anterior. Karembeu, Míchel Salgado, Mijatovic, Wenger o hasta Nadal. Con Rafa nos pudimos dar cuenta de que la seguridad no estaba funcionando del todo bien (ver vídeo adjunto). Mientras esperaba, tuve la suerte de intercambiar unas palabras con el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, tan cercano como transmite a través de la televisión.
Subí y no estuve más de dos minutos sentado en mi sitio cuando Ana me avisó: "Ha habido un problema de seguridad fuera, se está líando". Salí disparado a ver qué pasaba. En la valla previa al acceso al estadio se vivía una locura: miles de aficionados del Liverpool con entrada seguían fuera, apelotonados. Muchos sin entrada habían conseguido colarse, obligando a la seguridad a cerrar las puertas y retrasando el inicio del partido. El problema es que esto no detuvo el goteo de gente que saltaba la valla para correr dentro de las instalaciones. La falta de efectivos era clave y las soluciones, inútiles. Una de ellas, de la policía, fue lanzar gas pimienta sobre aficionados de forma indiscriminada, sin pensar en las consecuencias o en que había niños entre la gente. Tuve que respirar parte de ese gas y es una de las sensaciones más desagradable que recuerdo. "Este partido ya no importa", me escribió Neil, corresponsal del Liverpool en Goal. En ese momento, tenía mucha razón. Volví a la tribuna de prensa y ahí estaba Camila Cabello, cantando como si no pasase nada.
Antes del encuentro, viví dos momentos que se me quedarán grabados. El primero fue ver las lágrimas de Cortegana recordando al padre de su amigo Albero, fallecido durante el Covid y más blanco que Bernabéu. No conocía a ese hombre, pero le he escuchado hablar de él tantas veces que hasta yo lo echo de menos. Seguro que un madridista como él vio la final desde donde estuviese y celebró la victoria, levantando una silla o una cerveza. El segundo, más personal, fue con el himno de la Champions. Cuando era pequeño soñaba con ir al estadio. Con disfrutar del olor a césped y los gritos de la gente. Mi padre es madridista de primera generación y trató de hacernos socios, pero nunca fue posible. Cuando los jugadores pisaron el terreno de juego y la tela llena de estrellas empezó a moverse, se me pasaron muchas cosas por la cabeza, tantas que al final no pensaba en nada. Solo en que estaba disfrutando como aquel niño que quería ir al estadio.
Poco más que contar. Una zona mixta en la que Marco Asensio me toreó una entrevista y Kroos me dio una exclusiva. Eso y brasileños bailando como si fuera carnaval. Y Camavinga, que seguramente sea el chaval más majo de todo Madrid.
Dentro de unas horas cogeré el vuelo de vuelta a Madrid y pienso que quizás nunca más cubra una final de Champions. Pero no me pongo triste, sino todo lo contrario. La intensidad de esta vale más que cualquier otra. Las que vengan detrás, si vienen, no serán tan especiales. París será siempre mi primer amor.




