El Diablo Rojo sigue ardiendo en su propio infierno. Una victoria en los últimos once partidos y tres derrotas al hilo, contando Liga y Copa. Un equipo que se pierde en sus propias incapacidades dentro de la cancha y en las decisiones erradas de quien los dirige.
Un América cada vez más lejos de todo: de su hincha, del buen juego, de los triunfos -y por ende de los títulos-, del aquel bicampeonato, de volver a las copas internacionales, de su carácter, de su esencia, de lo que le hizo un grande. Del grupo de los ocho quedó parcialmente a un punto, pero por lo poco que está mostrando en la cancha y con los resultados, pareciera una distancia casi imposible de revertir. Un absurdo para un equipo tan grande. Ni hablar de aspirar a meterse en la conversación allá arriba, con Nacional y Millonarios, cómodos en lo más alto de la tabla.
Un Osorio cada vez más lejos de sus raíces que lo llevaron al reconocimiento con el Verde antioqueño. La idea de juego -con algunas variantes circunstanciales- y la rotación se mantienen, pero ya son materia ampliamente estudiada y conocida por todos. No perdió vigencia, pero sí sorpresa, efectividad y trascendencia. El técnico ya no es un revolucionario con causa al que le salían todas, o casi todas y casi siempre. También perdió algo de la bendita suerte.
Y a su vez, la relación América – Osorio se ve cada vez más lejana, más distante. Una cosa es lo que explique Osorio cada rueda de prensa y lo que diga Tulio Gómez o Mauricio Restrepo en los micrófonos protegiendo el proyecto y otra la realidad que se ve fecha a fecha, potenciada por el malestar de una tribuna exigente. ¿Cuánto más podrá el club sostener al técnico o viceversa? Porque viene Huila y después la prueba definitiva para todos: América, Cali y Nacional con un palo que no está ni para cucharas, ni para un partido más sin ganar.
