La noche del 12 de mayo de 1999, ante 61.000 espectadores en el estadio Luzhniki de Moscú, el Parma derrotó al Marsella por 3-0 en la final de la Copa de la UEFA. El partido fue tan desigual como sugiere el marcador, y nadie se sorprendió lo más mínimo. Puede que el Parma no hubiera sido mucho más que un orgulloso club de provincia durante casi toda su existencia, pero en aquel momento ya se había consolidado como una de las «siete hermanas» de la Serie A.
Con su icónica camiseta amarilla y azul a rayas, una plantilla estelar y un estilo de juego deslumbrante, los emilianos habían alcanzado reconocimiento mundial. En ese sentido, su éxito reflejaba el de sus propietarios, Parmalat, la empresa láctea local que se había convertido en una marca global, y gracias al ferviente apoyo del fundador de la compañía, Calisto Tanzi, el Parma había pasado de sufrir en la Serie B a brillar en Europa en menos de una década.
Cuando Tanzi se hizo con el club de su ciudad natal en 1990, sus dos objetivos eran situar a su querido Parma entre la élite del fútbol y, al mismo tiempo, reforzar su reputación como brillante empresario. Moscú, por tanto, parecía la materialización de esas dos metas, pero los eufóricos aficionados del Parma también tenían motivos de sobra para creer que lo mejor estaba aún por llegar.
La zaga del Parma contaba con Gigi Buffon, Fabio Cannavaro y Lilian Thuram, Juan Sebastian Veron llevaba la batuta en el centro del campo, mientras Hernan Crespo y Enrico Chiesa atormentaban a los defensas en ataque. Entretanto, en Alberto Malesani, el Parma tenía a uno de los entrenadores más progresistas del fútbol, un exponente del «juego bonito», como quedó subrayado de forma tan brillante en el tercer y definitivo gol del Parma en el Luzhniki, donde Chiesa empalmó el balón a la escuadra después de que Crespo dejara pasar con ingenio un centro de Veron.
«Fue un gol fantástico, de los que no te cansas nunca de ver», dijo Malesani a la Gazzetta di Parma el año pasado. «Estoy orgulloso de él, porque fue la esencia del fútbol. Lo llamo así porque, en aquella final, creo que se condensaron todos los elementos necesarios para que un equipo ganara una competición internacional.
«Ese equipo podía haberlo ganado todo: necesitaba mantener el bloque y traer al menos a un par de campeones más que garantizaran un salto de calidad». En cambio, el Parma sufrió un declive dramático, con el club declarado en quiebra, en dos ocasiones, en los 16 años siguientes a aquel trascendental partido de Moscú.
Aquí, GOAL repasa el notable ascenso, caída y renacimiento del Parma...









