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Ruben Uria BlogGoal

Más Granadas y menos clásicos de ciencia-ficción

Hay muchas maneras de entender la vida y el periodismo. Quizá por eso asumimos que vende más hablar de quién hubiera ganado el clásico si se hubiera jugado este fin de semana – porque hay quien no sabe vivir sin su dosis diaria de droga dura Madrid-Barça-, que contar que el Granada, un modesto de nuestro campeonato, le está poniendo las pilas a los grandes, igualando con un corazón gigante un presupuesto enano. Un pequeño gran paso para el Granada, uno gigante para los que aún creemos que soñar una Liga más igualada, competitiva y de todos no es una utopía. Después de 752 jornadas disputadas en Primera y tras 46 años de espera, el Granada CF manda en Primera. Consumido un tercio de la competición, el botín del Granada es oro: veinte puntos en diez jornadas, con 17 tantos a favor y diez en contra. Su estadio, un fortín: cuatro triunfos consecutivos y cero goles en contra.

A bote pronto, lo que se puede ver en Granada es de sobresaliente: números incontestables. Y sin embargo, lo que no se ve a primera vista, lo que subyace, es de matrícula de honor: el trabajo de un entrenador magnífico, Diego Martínez, ejecutado de manera brillante por un grupo de jugadores que han sacrificado su ego en favor del colectivo, asumiendo un estilo en el que no hay nada ni nadie por encima del interés del equipo. Su receta, tan sencilla como exitosa: un reflejo puro y duro de aquel lema con el que Alejandro Dumas presentó en sociedad a los mosqueteros del rey: todos para uno y uno para todos. Basta ver un par de partidos del Granada para comprender que, en ese equipo, como en el Atleti, no se negocia el esfuerzo: todos defienden, todos auxilian al compañero y el primer delantero es el primer defensa. Basta ver cinco partidos del Granada para comprender que, en ese equipo, como en el anterior Valencia de Marcelino, el plan consiste en encastillarse tras un muro carnal para, desde el orden y el robo, crecer desplegándose en ataque. Y basta ver el primer tercio de competición del Granada para asumir y procesar que es posible que el liderato no sea más que una anécdota, pero el funcionamiento del equipo es una categoría.

Pieza por pieza, el Granada es un puzle perfecto, ensamblado para plantear cada partido como una emboscada. No tiene tanta calidad como otros, pero pone más empuje. No tiene tanto dinero como otros, pero pone más imaginación. Y no tiene tanto glamour mediático como otros, pero sí más ilusión que casi todos. Nombres propios hay muchos: Rui Silva transmite calma y bloca todas, Duarte, Sánchez y Martínez son los vigilantes del muro, Gonalons carga con el equipo en su mochila, Azeez es un pulpo incansable, Yangel Herrera es el tapón de la bañera, Antonio Puertas rezuma olor a calidad suprema, Soldado choca contra el mundo en cada balón dividido, Carlos Fernández es una perla en estado puro y Machís es al espacio el fantástico hombre-bala. Y sin embargo, todos responden al retrato-robot ideal para un equipo que quiere crecer: no hay un solo futbolista que no se sacrifique por el grupo y que, cuanto más brille el equipo, mejor para su carrera. Eso igual no vende abonos, pero sí certifica permanencias.

Si usted, querido lector, aún no ha tenido tiempo de ver un partido del Granada, aún está tiempo. No verá al Milan de Sacchi, ni al Ajax de Cruyff, ni al Barça de Guardiola. No. Pero sí va a poder ver otra cosa. Un grupo de jugadores magistralmente dirigidos por un entrenador que ha inoculado en sus futbolistas el mejor antibiótico posible para competir:  ninguno se pregunta qué puede hacer el Granada por ellos, sino qué pueden hacer ellos por el Granada. En la era del ego, puro oro molido. "¿Quien habría ganado el clásico si se hubiera jugado?" Pues como le dijo Clark Gable a Vivien Leigh: "Francamente, querida, importa me un bledo" . El clásico fue lo que el viento se llevó. El Granada es lo que el viento no se pudo llevar. Más Granadas y menos clásicos de ciencia-ficción.

Rubén Uría

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