A veces el ser humano no necesita que alguien lo empuje desde lo más alto de la cima para caer; basta con que se convenza de que se ha vuelto más grande que el lugar en el que se encuentra, y de que su último éxito lo ha situado por encima de la crítica y la revisión.
Y esta es, precisamente, la historia de Hossam Hassan ahora: un hombre que alcanzó la cima de la gloria con la selección de Egipto al clasificarse para el Mundial, y que luego empezó él mismo a derribar la imagen que había construido.
Nadie niega que Hossam Hassan trabajó con esmero y que llegar al Mundial es un gran logro que seguirá siéndole reconocido, pero el éxito no significa que te hayas convertido en el dueño de la varita mágica, ni que cada decisión que tomas sea acertada, ni que quien discrepa de ti no entienda nada.
Lo lógico sería que el éxito te hiciera más sereno, más capaz de ver tus errores y de aprovechar lo que has logrado en lugar de estancarte en ello como si fuera el final del camino.
El problema comenzó cuando la sensación de éxito se transformó en un sentimiento de superioridad, y con ella el diálogo se volvió más difícil, con la irritación presente en situaciones que no requerían tanta confrontación.
Y a partir de ahí las crisis empezaron a sucederse, comenzando por las declaraciones impactantes sobre Mohamed El Shenawy, y luego la polémica que rodeó a Mohamed Salah y su salida de la concentración de la selección, hasta convertir la historia en algo más que meras decisiones técnicas.







