De Serie A a Serie J

Cómo Juventus construyó una tiranía en Italia

Emilio Sansolini

Emilio Sansolini

Hubo un tiempo en que la Serie A fue la liga más poderosa del planeta. Entre principios de la década de 1980 y mediados de los ’90, los mejores futbolistas del mundo corrían por el césped de Italia. Un domingo cualquiera de 1986, el Napoli de Diego Armando Maradona podía enfrentarse con la Juventus de Michel Platini y Michael Laudrup. En alguna tarde de 1990, el Derby della Madonnina cruzaba a la dinastía alemana del Inter (Andreas Brehme, Lothar Matthäus y Jürgen Klinsmann), con los holandeses del Milan (Frank Rijkaard, Ruud Gullit y Marco Van Basten). Clubes como Fiorentina podían darse el lujo de alinear al capitán de la Selección argentina campeona del mundo, Daniel Passarella. El temible Rudi Völler goleaba en Roma. Toninho Cerezo hacía magia en Sampdoria. Y a ellos se sumaban también los mejores futbolistas italianos de la época: Paolo Rossi, Franco Baresi, Roberto Baggio, Carlo Ancelotti, Roberto Mancini o Paolo Maldini.

Para comprender la dimensión que tenía el certamen italiano en la época, basta con repasar el palmarés del Balón de Oro: de los 16 premios entregados entre 1980 y 1995, 11 quedaron en manos de futbolistas que actuaban en el Calcio. Entre 1982 y 1990, sólo en 1986 el galardón fue para un jugador por fuera de la Serie A: el ganador fue el soviético Igor Belanov, de Dynamo de Kiev. Eran tiempos en que la distinción estaba restringida a futbolistas nacidos en Europa. De haber sido libre la elección, nadie duda que hubiera arrasado Maradona: en ese entonces, el Diez llevaba ya dos años afincado en una casa en el barrio residencial Posillipo de Nápoles, al sur de Italia.

A nivel local, la competencia era feroz: entre 1979/80 y 1990/91, siete clubes diferentes consiguieron el Scudetto, tres de los cuales -Napoli, Verona y Sampdoria- se consagraron por primera vez en su historia. Y en Europa, durante una década la supremacía fue absoluta: desde que Milan se coronó campeón invicto de la Copa de Europa en 1988/89 hasta que Juventus perdió la definición de la Champions League por segundo año consecutivo en 1998/99, sólo en una de las diez ediciones del principal torneo de clubes europeo no hubo un club italiano entre los finalistas. En 2002/03, el Calcio tuvo tres de los cuatro semifinalistas. Al mismo tiempo, la Serie A también arrasaba en la Copa UEFA: entre 1988/89 y 1994/95, cuatro clubes italianos se repartieron seis de los siete títulos (dos Juventus e Inter y uno Parma y Napoli), mientras que en el año restante (1991/92) Torino cayó en la final contra Ajax. Además, tres de aquellas definiciones fueron entre clubes italianos, situación que volvería a repetirse en 1997/98.

Pero la estrella se agotó. Atrás quedó el lujo. Ya son diez los años que pasaron desde la última vez que un conjunto italiano se consagró en la Champions y la Serie A se convirtió en una tiranía de la Juventus, que lleva nueve títulos consecutivos y sigue sin encontrar algún rival que pueda siquiera hacerle sombra. Es cierto, la Vecchia Signora siempre fue el equipo más poderoso de su país (incluso antes de esta racha de campeonatos tenía 25 Scudetti, nueve más que Inter), pero el dominio abrumador que ejerció en la última década no tiene parangón en toda la historia futbolística del país.

¿Qué pasó para que aquella liga ultra competitiva, en la que año a año se definía el trono del fútbol mundial, se transformara en un torneo en el que el campeón puede adivinarse aún antes de que comience cada temporada? La respuesta, por supuesto, no es única. Las razones detrás de esta monarquía absolutista que se inició en 2011/12, cuando la Juve ganó su primer título luego del escándalo Calciopoli y dio inicio a la seguidilla de títulos que continúa vigente, responde a una serie de motivos que no sólo surgen de lo deportivo y económico, sino que también pueden entenderse a nivel sociocultural.

Si el club de Turín gana siempre es, simple y sencillamente, porque tiene mejor equipo que todo el resto de los conjuntos de la liga. Un dato alcanza para ponerlo en cifras: según números del sitio especializado Transfermarkt, la actual plantilla de Juventus está valuada en 620,7 millones de euros, 34 millones por sobre la segunda de más valor (Inter, con 586,05 millones), pero casi 300 millones por encima de la cuarta (Roma, 364,75 millones). La cuestión, claro, es comprender cómo llegó a generarse una brecha tan grande, cuando hasta hace 10 años la Vecchia Signora competía de igual a igual con Inter y Milan y clubes como Roma, Lazio o Napoli podían aspirar a entrar en la discusión en alguna temporada. Y aquí se abre una historia de méritos propios y errores ajenos.

La actual realidad de la Serie A, paradójicamente, comenzó a gestarse con el descenso administrativo de la Juve que determinó la Federación Italiana a partir del Calciopoli: el escándalo de movimientos de influencias arbitrales que explotó en 2006 dejó muy manchada la imagen del fútbol italiano, que perdió patrocinadores y quedó señalado en todo el continente. Poco tiempo después, en 2009, estalló una crisis económica internacional que golpeó particularmente a la economía italiana: el país nunca logró terminar de recuperarse de aquella caída, algo que quedó muy evidenciado apenas se desató la pandemia de coronavirus y salió a la luz el deterioro general del sistema de salud y los servicios estatales. Y el fútbol, por supuesto, no quedó ajeno a sus consecuencias.

Lentamente, el Calcio comenzó a ver cómo sus estrellas partían a brillar en otras grandes ligas del continente, que les ofrecían contratos que la Serie A no podía igualar. Para poner en dimensión: en 2018/19, el equipo que menos dinero ingresó por derechos televisivos en la Premier League cobró 11,1 millones de euros más que el mejor pago en el rubro en Italia. La Vecchia Signora, sin embargo, logró rearmarse tras la caída gracias a no haber sentido el sacudón económico como el resto.

La realidad indica que, hoy por hoy, Juventus es el único club italiano que puede competir con el resto de los grandes del continente a la hora de incorporar a los mejores jugadores del planeta: mientras Antonio Conte reconoce que “es más fácil mover el Duomo de Milán que traer a Messi a Inter”, Cristiano Ronaldo lleva dos años vestido de Bianconero. Y, por sólo poner un ejemplo, en la 2019/20 Fabio Paratici logró concretar la llegada del prometedor Matthijs De Ligt, que acababa de ganar el Golden Boy y al que también querían contratar Barcelona y PSG, mientras Milan repatriaba a Zlatan Ibrahimovic de la MLS a sus 38 años e Inter sumaba a Romelu Lukaku y Christian Eriksen, luego de que ambos perdieran relevancia en sus equipos de la Premier League.

¿Por qué el club de Turín pudo mantenerse ajeno a los devenires económicos externos, aún después de la mancha que significó el Calciopoli? Por un lado, el club siempre gozó de una cómoda situación monetaria gracias al mecenazgo de la familia Agnelli, propietaria de la Fiat -una de las empresas italianas más poderosas en el mundo- y cabeza del club desde 1923. Además, es cómodamente la institución que más dinero recibe por derechos televisivos (el reparto se emparejó a partir de 2018) y cuenta con los dos mejores contratos de sponsors en su camiseta del país. Sin embargo, estos tres aspectos siempre estuvieron sobre la mesa. El factor diferencial en la última década en cuanto a los ingresos provino de la construcción de su propio estadio, no casualmente inaugurado en la temporada 2011/12.

Italia es un país de estadios míticos en el mundo de la pelota, como San Siro, el Olímpico de Roma o el San Paolo. Sin embargo, esas moles de cemento presentan dos grandes inconvenientes en el fútbol ultraconsumista de la actualidad: por un lado son edificios antiguos, sin demasiadas comodidades, y por el otro, no son propiedad de los clubes que los utilizan, sino de las comunas donde están erigidos. En los últimos años, asistir a un partido se transformó en una experiencia integral, que excede largamente a lo puramente deportivo: el espectador va a la cancha no sólo a ver fútbol sino también a consumir. Y la mayoría de los clubes del Calcio no pueden explotar ese aspecto. La Juve, sí.

El Allianz Stadium es un escenario ultramoderno, que cuenta con 3.600 plateas VIP, 64 boxes, un museo y un shopping lindero con 60 negocios, dos bares, tres restaurantes y una tienda oficial del club de 550 metros cuadrados. Todo el dinero que el público gasta en los días de partido va a las arcas del conjunto de Turín. De esta manera, si bien la cancha tiene capacidad para 41 mil personas, la mitad que San Siro, en 2018/19 la Vecchia Signora generó ingresos asociados a los días de partido por 65,6 millones de euros, contra 50,9 millones de Inter, según datos de la consultora especializada Deloitte.

Tan importante ha sido el estadio en su economía que desde su inauguración y hasta 2018, los ingresos totales del club aumentaron un 167% (257 millones de euros). El segundo club de la Serie A que más creció en el mismo período fue Napoli, con un 75% (86 millones). Milan, en tanto, perdió un 9% (21 millones), mientras que Inter creció sólo un 32% (69 millones). Los resultados futbolísticos, queda claro, pueden explicarse desde lo económico.

Emilio Sansolini
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Pero también está la política deportiva. Y en este aspecto fue decisiva la figura de Giuseppe Marotta: a mediados de 2010, luego de que el equipo finalizara séptimo en la 2009/10, Juventus contrató al director deportivo que había llevado a Sampdoria del décimo puesto en la Serie B a la Champions League en apenas nueve años para refundar su proyecto. En su primer año, renovó por completo el plantel: contrató 14 jugadores y dejó ir a once, entre los cuales había símbolos del club como David Trezeguet. En el segundo, reemplazó a Luigi Delneri por Antonio Conte e incorporó, entre otros, a Andrea Pirlo y Arturo Vidal. La dinastía comenzaba.

Cuando Marotta dejó el club en octubre de 2018, la Vecchia Signora era una fuerza imparable y se encaminaba a su octavo título en la Serie A. Durante su estadía, además, el equipo alcanzó dos finales de Champions League y ganó cuatro Copas Italia y cuatro Supercopas de Italia. En su reemplazo asumió Andrea Paratici, quien había sido el jefe de scouts de Beppe desde los tiempos de Sampdoria y garantizó la continuidad del proyecto.

Al mismo tiempo que la Juve crecía, Inter y Milan se desangraban. El Neroazzurro, que tras el descenso administrativo del Bianconero se convirtió en el dueño absoluto de la Serie A y ganó cuatro Scudetti consecutivos, se equivocó tras el histórico triplete de 2009/10, cuando además de la liga obtuvo la Champions League y la Copa Italia: la elección de Rafa Benítez para reemplazar a José Mourinho, que se había ido a Real Madrid, demoró un par de meses en mostrarse equivocada. Así comenzaría un largo desfile de entrenadores que fracasaron de manera sistemática: en la última década pasaron once técnicos distintos por el banco del Biscione, incluido el actual, Antonio Conte.

La deriva futbolística interista fue de la mano con la incertidumbre institucional: en 2013, tras 18 años al frente del club, Massimo Moratti vendió la mayoría de su participación accionaria a Erick Thohir, quien fue designado como nuevo presidente del club. Apenas tres años después, el indonesio vendió parte de su paquete al grupo chino Suning, pero siguió al frente de la junta directiva, aunque en 2018 se alejó definitivamente para dar paso a Steven Zhang. Desde su arribo, el chino intentó frenar con los cambios constantes y contrató a Marotta para que se haga cargo del proyecto deportivo: en su primera temporada completa como director deportivo, la 2019/20, Inter finalizó segundo, a un punto de Juventus, aunque no pudo pelear por el campeonato.

Algo similar ocurrió con el otro equipo de la ciudad, el último campeón de la Serie A antes del inicio de la dinastía Juventina. Milan, que se consagró campeón en 2010/11 con un equipo plagado de veteranos, no supo hacer el recambio a tiempo y, casi de un día para el otro, se quedó sin sus símbolos, Gennaro Gattuso, Alessandro Nesta y Filippo Inzaghi, a quienes nunca logró reemplazar.

Casi al mismo tiempo, encima, comenzaba la caída de su histórico presidente Silvio Berlusconi, quien en 2013 fue condenado por fraude fiscal y cuatro años después vendería el 99,93% de sus acciones al chino Li Yonghong. Un año después de la venta, el asiático debió entregar la propiedad del club al fondo Elliott Management Corporation a partir de una deuda. El Rossonero, que en 2005/06 era el quinto club más rico del mundo, hoy ocupa el 21° lugar en el ranking que elabora Deloitte.La mala administración económica llevó, esperablemente, a malas decisiones deportivas.

Futbolistas que hace dos décadas jamás podrían haber vestido de Rossonero recibieron la misma camiseta que supieron vestir Gianni Rivera o Zvonimir Boban y nombres que llegaban como promesas vieron la puerta de salida sin siquiera completar una temporada en el club.Tal como ocurrió históricamente, el resto de los clubes apenas si pudo hacer sombra.

Napoli estuvo cerca de dar pelea durante los tres años de Maurizio Sarri, pero no tuvo el plantel suficiente para sostenerle el ritmo a Juventus. Roma amagó algunos años, pero no tuvo constancia o apostó a Europa. El actual Atalanta despierta pasiones, pero no tiene la estructura para pelearle a esta Vecchia Signora que gana en piloto automático. Y Lazio, que en la temporada que acaba de finalizar parecía poder dar pelea, se quedó sin combustible apenas Ciro Immobile dejó de convertir.

¿Qué pasará en el futuro? En esta última campaña la Juve les dio más de una posibilidad a sus perseguidores para que le arrebataran el título, pero ninguno se hizo cargo. En definitiva, todo sigue dependiendo del conjunto de Turín, que seguirá triunfando mientras tenga ganas. A menos que todo cambie demasiado.

Emilio Sansolini

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