Atlético de Madrid – Valladolid (1-0): Joaquín Fernández y Oblak demoran el alirón
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Un gol en propia puerta del defensor blanquivioleta permite al equipo de Simeone estar más cerca de certificar matemáticamente la segunda plaza.

No es reconocido mundialmente el Atlético de Madrid por su fama de conceder regalos a rivales. Para el equipo que lidera Diego Pablo Simeone, haya o no haya nada en juego, cualquier partido es un día más en la oficina, en el que el nivel de autoexigencia es tal que no ven otra alternativa que no sea la de competir con el cuchillo entre los dientes. De ello han dado buena cuenta en otras épocas contrarios como el Villarreal, que certificó un descenso a Segunda División en su propio campo ante un Atlético que puso toda la carne en el asador para no regalar ni un solo punto. Resignado desde hace un par de fechas sobre la posibilidad de que el Barça falle y el título LaLiga se pusiese a tiro, el técnico argentino viene reforzando el mensaje de que no da lo mismo empatar, perder o ganar. "Hay que terminar lo más arriba posible", insistía el 'Cholo', que mañana sopla 49 velas.

Porque los colchoneros tienen su pelea particular, que son migajas para muchos pero no para los que van en el barco del bonaerense. Quedar en la segunda posición, solo por detrás del hegemónico Barcelona, es el premio final al que quieren optar, en un año en el que levantar la Supercopa de Europa en Tallín es el único título que ha ido directo a las vitrinas. Lo que en otras palabras se desliza como el deseo de terminar el curso liguero por encima del vecino, un Real Madrid al que LaLiga se le está haciendo notablemente larga. No ha podido certificarlo matemáticamente esta tarde pero con el triunfo conseguido ante un menesteroso Real Valladolid (1-0) ha logrado dar un paso de gigante hacia la consecución de ese objetivo.

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Llegaba el Pucela al Metropolitano perentorio, necesitado de puntos de forma urgente. El triunfo contra el Girona ha aflojado tenuemente la fuerza de la soga que rodea su cuello pero los apuros se hacen aún notar. Con las defensas bajas, sin Kiko Olivas por sanción y con Fernando Calero entre algodones, la tropa de Sergio González no estaba en la tesitura de negociar el esfuerzo en la casa del mejor local de LaLiga para reservar energía para otras lides. Su calendario no invita al optimismo, con duelos pendientes ante Athletic Club, Rayo Vallecano y Valencia, por lo que sus esfuerzos en la primera parte se centraron en la faceta defensiva, contundentes en los balones divididos y seguros ante cada llegada del Atlético de Madrid.

Se marcharon los rojiblancos al descanso con el empate a cero campeando en el marcador, en parte gracias a un Jan Oblak que realizó el milagro de cada tarde metiendo una mano a un fortísimo disparo de Sergi Guardiola y también por su ausencia de veneno cada vez que llega a los metros finales. La circulación de los locales fue precisa y al primer toque, hilvanando pases con los que llegar con claridad a la zona de tres cuartos de campo pero ahí es donde se le apagaba la luz a un Atlético que no luce cuando a Antoine Griezmann no le llega para dar su mejor versión sobre el verde.

No cambió el guion tras la reanudación. Ya con Rodrigo Hernández sobre el campo y posteriormente con el vértigo que imprime Ángel Correa con sus regates, los colchoneros amasaron – aún más -- el balón ante un Pucela en estado de reflexión. Parecía debatir internamente Sergio González sobre la elección de contemporizar, dando valor al punto que otorga el empate, o ir a por los tres puntos para tomar ventaja en la pelea por evitar la pérdida de categoría. Se la jugó dando entrada a Toni Villa y ordenó a su equipo adelantar unos pequeños metros para no vivir tanto en campo propio. Castigó entonces el conjunto local, que a través de una excursión de Saúl Ñíguez por la izquierda se llevó los tres puntos gracias al gol en propia puerta de Joaquín Fernández y a la decisión de Melero López, previa revisión en el monitor de VAR, de no castigar con penalti una mano de Santiago Arias en la recta final del partido.

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