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Reyes Séville Ligue EuropaGetty

Rey de Reyes

José Antonio Reyes Calderón se ha ido demasiado pronto. Como la primera vez que dejó el Sevilla, Reyes se fue casi por sorpresa, prácticamente sin despedirse y dejando demasiadas páginas de su vida sin escribir. Algo debió hacer bien dentro y fuera del terreno de juego para que todo el mundo lo recordara en la aciaga tarde del 1 de junio más por su sonrisa que por su zurda. 

La primera vez que recuerdo ver a Reyes en directo fue durante un Sevilla - Real Valladolid de la temporada 2001-02, lo vi marcar uno de los mejores goles de su carrera y el Sánchez-Pizjuán sacó los pañuelos blancos para reconocer su obra de arte. Me pareció una manera hermosa y sincera de premiar una carrera en la que sientas a cinco rivales, portero incluído, y decantas un partido para tu equipo. Reyes empezó en un Sevilla de pañuelos blancos y penuría económica y se despidió como campeón haciéndose un selfie con la Europa League. 

La desaparición de Reyes deja en el sevillismo la misma sensación que en aquel enero de 2004 cuando se fue al Arsenal. El cisma entre los niños de los colegios fue evidente, los padres contaban que el dinero era bueno para el Sevilla, permitiría salir de la crisis. “Vender para crecer”, repetían Del Nido y Monchi. Sin embargo, esa explicación no calaba en los patios donde se soñaba en ser como Reyes, donde la serigrafía comprada para la camiseta perdía sentido. Reyes enseñó a una generación de niños sevillistas que su club no era de esos donde tener ídolos, que era un club donde todo menos el escudo, la bandera y la afición podría cambiar al año siguiente. Aquello no era una desventaja, no hacía falta que el escudo lo besaran los jugadores, ya lo besaba la grada por ellos. Y tras su venta vinieron kilos y kilos de plata con los que paliar su marcha. 

Sin embargo, los besos de Reyes al escudo del Sevilla eran tan sinceros que volvió. Ni el Cholo Simeone le pudo convencer para que siguiera en el Atlético cuando el club de sus amores llamó otra vez a su puerta. En ese tiempo, encandiló al Calderón y ganó una Liga para el Real Madrid pero juro que lo pude ver sonreír cuando lanzó una falta por encima del larguero jugando en el Sánchez-Pizjuán con los blancos. 

Muchos decían que Reyes venía a retirarse pero al final se coronó una vez más como el Rey de Nervión.  Ganó tres Europa League, cumplió su sueño de jugar la Champions League con su equipo y de levantar un título como capitán. Pero si en algo reinó fue en el derbi, sólo dos perdió en su carrera y se convirtió en la peor pesadilla de una afición del Betis que ahora también le llora. Era un enemigo íntimo, como lo es Joaquín para el sevillista, nunca vi murmurar a la afición veridblanca con un rival como cuando la Perla recibía el balón en el Villamarín. 

Ahora, Reyes vivirá siempre en la memoria sirviendo el pase a Bacca en la final de Varsovia, besándose el escudo en el Euroderbi, levantando la Europa League en Basilea, sonriendo mientras fingía hablar por teléfono al pasar por zona mixta. Ya es eterno y tiene un hueco para siempre en la fachada del Ramón Sánchez-Pizjuán y a la zurda de Puerta en el tercer anillo, donde moran por siempre los Guardianes de Nervión. 

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