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UEFA Champions League

Makkelie y la máquina de estiércol

10:54 CEST 28/4/21
Danny Makkelie

Difama bien, pero mira siempre a quién. Siempre solícito, el suministro de estramonio, que en un concurso de peloteo al poderoso batiría el récord del mundo de servilismo, diseñó una paranoia de todo a cien. La trama la veía un ciego: Que el Madrid, que no abre la boca porque cuenta con una legión de trompeteros y marionetas que siempre hablan por él, sospechaba que sería víctima de un arbitraje sibilino, inducido por la supuesta fobia de la UEFA. El relato se fabricó con el rigor de Mortadelo y Filemón, agencia de información. Desde el púlpito de la vergüenza, al personal se le vendió que la UEFA iba a por el Madrid, que habría represalias por el desencuentro de la Superliga, que había que tener cuidado con un policía de 38 años y que toda Europa estaba pendiente del presunto crimen que iba a perpetrar el malvado colegiado, incluidos un estanquero de Turquía, un pastor de Chipre y un tornero fresador de Bulgaria.

En el colmo de la desvergüenza, se aireó que el presidente de la UEFA llevaría puesta una camiseta del Chelsea, ignorando a propósito que el club de Londres, exactamente igual que el Madrid, también se adhirió a la Superliga. El paripé se completó con una ración de socorridas encuestas a pie de calle, con la coartada de que el pueblo reforzase la teoría del llanto preventivo, alineándose con la teoría de la conspiración. Había que inducir miedo y sospecha al personal, vender las posibles represalias, contar lo malvado que es Ceferin y solidarizase con la futura víctima (sic), el Madrid. Es más cómodo esparcir porquería gratis que cuestionarse la realidad. Embutidos en titulares XXL, música de terror y textos de suspense, el mensaje era diáfano: había motivos para que cundiera el pánico, porque al Madrid le iban a hacer una encerrona Ceferin y su compadre Makkelie, que se moría de ganas por hacer feliz a su “jefe”.

La máquina de estiércol puso velocidad de crucero. Se puso en duda la profesionalidad del árbitro y la honestidad de la UEFA, se vendió sospecha a espuertas y presentó en sociedad al Madrid como un club indefenso ante una supuesta injusticia que no había sucedido, pero que los telepredicadores anunciaban que iba a suceder. El protocolo, el habitual para los basureros mediáticos. Los mayordomos del poder hicieron lo que les pedía el cuerpo y se embarcaron en su cruzada particular. Si el árbitro perjudicaba al Madrid, su profecía-exclusiva se cumplía y todo formaba parte de un complot internacional contra el presidente que quiere ‘salvar al fútbol’. Y si el árbitro pitaba de manera decente o no perjudicaba al Madrid, se apelaba a lo que pueda pasar en Londres. Un “win-win” de manual.

Completada la campaña de acoso y derribo, relatadas todas las sospechas de garrafón, se jugó el partido. Y después de los 93 minutos de juego del partido de ida, resultó que el colegiado no solo no perjudicó al Real Madrid, sino que permitió el contacto, se mostró pulcro, no fue protestado por ambos bandos y dejó en mal lugar todas las sospechas de los intoxicadores. Ni hubo robo, ni atraco, ni perjuicio, ni fraude, ni encerrona, ni complot, ni cualquier atisbo de sospecha fabricada por la máquina mediática de estiércol. Nadie pedirá perdón. Nadie se disculpará. Nadie reculará. Pedir perdón no vende, esparcir porquería gratis sí. Si la decencia les persiguiera, no les alcanzaría jamás. 

Rubén Uría