Hace tres días el Atleti hacía feliz a su gente ‘regresando’ a la inercia de 2016, ganando en territorio hostil con la receta que enardece a la tribu: un equipo feo, fuerte y formal. De ahí el elogio, elegante y merecido, de Ancelotti. Un señor. Tres días después de Bilbao, el Atleti ‘retrocedía’ en el tiempo y empataba un campo que cada vez le es más incómodo, el suyo, con la receta que los atléticos se conocen de memoria: delanteros que disparan con escopeta de corcho, paso atrás crónico, y castigo arbitral (esta vez justo) en el último aliento. Más allá de que Morata le pusiera voz al sentir de sus aficionados - al Atleti le miran con lupa y a sus rivales les miden vendedores de cupones a bastonazos-, los árboles no deberían impedir ver el bosque. Jugar cada tres días implica concentración, forma física, esfuerzo y acierto. De eso, este Atleti no va sobrado. Un reguero de migas de pan en forma de pistas anunciaba lo que terminaría pasando. Lugares comunes.
El Atleti compró todos los boletos para empatar y empató. Primero, perdonó lo que no se puede perdonar - Cunha no es un prodigio en la definición-; segundo, los cambios de Simeone empeoraron al equipo - fuera Witsel que sostenía el medio y dentro Carrasco que lleva dos meses largos en una forma preocupante-; tercero, el equipo se aculó por un resultado demasiado corto; y quinto, el Atleti volvió a pegarse un tiro en el pie en los instantes finales, porque tiene veteranos que parecen pardillos. Del resto se ocupó el Rayo, que ya empató en Barcelona y es valiente hasta las trancas, un equipo al que no se le pueden escatimar elogios, porque son los que merece un equipo pobre en recursos y rico en alegría. Basta mirar a Sergio Camello. Salió al campo, demostró que le sobra fútbol de barrio y volvió loca a la defensa local en cinco minutos. Hombres, no nombres. Más lugares comunes.
El epitafio final se escribió con Simeone apelando al mantra de la falta de contundencia - tan repetitivo como cierto-, João fue carne de banquillo - 37 minutos en seis partidos-, volvieron las sempiternas lesiones - esta vez fue Lemar-, y el personal se fue a casa con sensación de haber sufrido otro inexplicable ‘gatillazo’. Más lugares comunes. En un equipo empeñado en no aprender de sus errores, asoman algunos valores estables. Bastan los dedos de una mano. Son Reinildo - cuando se cierra no pasa ni la humedad-, Kondogbia - titularísimo por actitud, energía y esfuerzo-, Griezmann - ya no está en su ‘prime’ pero sigue siendo de los mejores-, y Correa - que entrega más de lo que recibe-, están donde tienen que estar. Para contar a los que no están donde deberían estar no sobran dedos, sino que faltan manos. Ellos sabrán, pero el equipo les necesita. La conclusión es que el Atleti, entre malos rollos y decepciones, lleva tanto tiempo tropezando en la misma piedra, que ya no juega contra otros equipos, sino que juega contra sí mismo. Contra sus dudas, recelos, complejos y miedos. Y como todo aficionado rojiblanco lleva sabiendo desde hace años, el peor enemigo del Atleti siempre es el Atleti. Otro lugar común. Son demasiados.
Rubén Uría


