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Lopetegui, puerta grande o enfermería

12:43 CEST 21/10/18
Florentino Perez Julen Lopetegui Real Madrid
El Madrid, sin término medio: resurgir en el Camp Nou o asomarse al precipicio

Nada nuevo bajo el sol. Es cíclico. Si el Madrid colecciona victorias y títulos, todo son masajes. Y si colecciona críticas y derrotas, todo se convierte en el fin del mundo. Nunca hubo término medio en un club con una exigencia salvaje en la que, a veces, por más que algunos lo crean, ni el Real Madrid puede ser el Real Madrid todos los días.  Que el fútbol no tiene memoria y que presume de ello, es un hecho. En cualquier otro equipo, haber ganado cuatro de las últimas Champions sería motivo suficiente para tener calma, tranquilidad y sosiego. En este, no. La máquina de picar carne siempre está a la vuelta de la esquina. No hay espacio para la mesura, ni para el agradecimiento, ni siquiera para ponderar que estos jugadores son los mismos que han hecho historia consiguiendo varias Champions consecutivas como si fuera un día más en la oficina. En La Castellana, cinco resultados malos tienen el mismo efecto que un terremoto 7.5 en la escala de Richter y los que antes bañaban en almíbar la reputación de los jugadores son los mismos que hoy les azotan en plaza pública. Unas veces el Madrid se come el mundo y otras, el mundo se come al Madrid.

No es que el club blanco esté al borde del apocalipsis, pero los motivos de su sempiterna crisis – el madridismo más exigente considera que ser segundo es un fracaso- van más allá del debate futbolístico o del circo mediático. Es un hecho que el Madrid, que vive de dominar las dos áreas con contundencia, ahora regala en la suya y no tiene pegada en la contraria. Eso se paga. El Madrid se ha abonado a dos costumbres que ya son tradición: ganar en primavera la Champions y dimitir en invierno por la Liga. Extraño, pero real. El protocolo de actuación, el de siempre: señalar culpables y no buscar soluciones. Hay quien debate si Lopetegui es culpable o víctima, quien duda sobre si Florentino es culpable o inocente y quien pone el acento en culpar de haberse acomodado a una plantilla que lo ha ganado absolutamente todo. En cualquier caso, el orden de los factores no altera el producto. Queda un mundo por delante y nada se ha roto, pero los números son inopinables y no engañan: el Madrid ha encajado más goles que partidos ha disputado, ha encajado el mismo número de derrotas que de victorias, ha perdido un título y se desangra en ambas áreas por una falta de contundencia que le condena.

En mitad de una crisis indisimulable, hay quien aboga por cambiar de caballo en mitad del río y echar a Lopetegui, aunque no sea el único culpable, porque es lo más fácil. No falta quien cree que el quid de la cuestión es la pésima planificación del verano y señala a Florentino Pérez. Ni quien suelta la letanía aquella de “con Zidane se vivía mucho mejor”. Y por supuesto, también se dejan oír los críticos que añoran a Cristiano Ronaldo, como si no hubiese sido el portugués el que se quiso ir del Madrid por voluntad propia, como él mismo reconoció. Por haber, hay quien reclama mano dura y quien cree que el Madrid, de cuando en cuando, necesita un sargento de hierro en el vestuario, tipo Conte, como aquel Capello tan necesario como el aceite de ricino, que se presentaba en el vestuario con una báscula, llegaba, ganaba una Liga y se iba. ¿Y los jugadores? Pues aunque no lo parezca, es su hora. El Madrid no necesita palabras, sino hechos. Ganar en el Camp Nou a un Barça sin Messi sería poner la primera piedra para la resurrección. Perder no sería el fin del mundo, pero caer ante un Barça sin Messi, sería el fin de este proyecto. El próximo clásico será definitivo para Lopetegui: puerta grande o enfermería.  

Rubén Uría / Goal España