La noche que el Atleti dejó de ser el Atleti

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Ruben Uría Blog

Que la Juve, un equipo formidable, te elimine de la Champions, no es ningún deshonor. Que un jugador descomunal, Cristiano, te vacune por enésima vez, tampoco es algo como para pegarse un tiro en la sien. Perder en octavos de final de la Champions, cuando este equipo llegó a estar en Segunda, no es ningún drama. Ahora bien, lo doloroso para el Atlético de Madrid no es perder, es la manera en la que lo hizo. Con más agujeros que el Prestige, supurando miedo y cubierto de chapapote, el Atleti se fue el garete. Hace ocho años que el Atleti es un equipo programado para cualquier guerra, un conjunto feroz, con un ardor guerrero encomiable y con un grupo de jugadores que pueden perder o ganar, pero que siempre se parten el pecho. De ese Atleti no hubo ni rastro en Turín. En su lugar compareció una masa informe de lentitud y parálisis. El Atleti puso la boca y la Juve, sus manos. Sacó las manos, pegó en serie y nos descansó hasta que lo que quedaba del Atleti, que había entrado en un ataque de pánico, se quebró. Cristiano, tan insoportable como ganador, jugó un partido extraordinario, lideró a la Juve y habló en el campo, que es donde se debe hablar en las noches que separan a los buenos de los grandes. A uno, que es colchonero, le habría encantado escribir lo contrario, pero a uno le pagan por contar la verdad, no por apasionarse. Para vergüenza de los aficionados colchoneros, el luso vaciló al Atleti en la ida presumiendo de sus Champions y en la vuelta, le vaciló otra vez presumiendo de bolsa escrotal. No perderé una sola línea con el gesto. Sólo una para señalar lo que hay detrás de él: el día que el Atleti lo tenía en la mano para taparle la boca, Cristiano cantó "La Traviata" y se volvió a mirar al espejo. Así de triste.

La historia y la estadística decían que el Atleti, un superviviente nato, había salido de pie de miles de escenarios durísimos. Acabó de una pieza, tras los asedios de Múnich (35 remates en contra), Londres (28) y Camp Nou (21). En cambio, salió de Turín a gatas, irreconocible y con la cabeza gacha. Sin fútbol, sin alma, sin espíritu y sin garra, el equipo de Simeone pareció cualquier cosa, menos un equipo de Simeone. Fue un espanto. Algo impropio de un equipo de esta categoría. Una noche que no debe ser para olvidar, sino para recordar. Entre otras cosas, para no volver a repetirla. Siempre hay licencia para perder contra la Juve, pero jamás de esta manera. Devorado, superado, roto y miedoso, el Atlético de Madrid fue un muñeco de trapo. En la noche que el Atleti necesitaba hombres, sólo tuvo nombres. Increíble, pero cierto: el equipo que no conocía la rendición, se rindió, bajó los brazos, se entregó y no tuvo rebeldía. Así que los que disfrutan viendo roto al Atleti tuvieron su desquite: sus dardos alcanzaron destino. Fracaso, desastre y ridículo. Adjetivos gruesos que, por desgracia, entrañan tanta mala uva como verdad. Claro que fue un fracaso. No la derrota, para nada, sino la manera tan pusilánime de encajarla. Y nadie es menos atlético por reconocerlo, porque la verdad sólo tiene un camino. Y por este camino, al Atleti sólo le espera el bochorno. Así, no. 

A merced de la Juve, el equipo de Simeone se arrugó. No dio la talla, no remató a portería, no dio tres pases seguidos y por no dar, no dio ni patadas. Saúl, que tuvo la honestidad de salir a dar la cara para que se la partieran, lo confesó a tumba abierta: “Estuvimos mal colocados, llegamos tarde a la presión y hasta cuando quisimos interrumpir y dar patadas, no llegamos”. Como la cara es el espejo del alma, Simeone, el creador de este gran equipo, fue lapidario: “Han sido mejores y les felicitamos. Han sido mejores en lo táctico, en la pelota parada, en la pelota dividida, en la agresividad y en el juego”. No hace falta decir nada más. Y si hacía falta, el Cholo, que puso al Atleti a competir con los mejores, escribió el epitafio final de Turín así: “Hay que agachar la cabeza y sacar conclusiones”. Pues ahí van tres conclusiones: La primera, Simeone y estos jugadores merecen respeto máximo por todo lo que le han dado al club, pero el de esta noche jamás puede ser el camino. La segunda, este equipo nunca puede agachar la cabeza de esa manera, salvo para besar el escudo. Y la tercera, que hay algo peor que perder y es perder traicionando tu manera de ser. Ser del Atleti es caer y volver al combate. Esta noche el Atleti salió de rodillas y no combatió. Fue un equipo sin alma. Y si el Atleti pierde su alma, lo pierde todo. 

Rubén Uría

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