La leyenda de los proscritos

Comentarios()
Historia de los que rompieron con la fidelidad que un aficionado nunca se perdonaría.
A nadie le interesa el juego. El fútbol tiene esa capacidad de involucrarse en la vida de las personas y de las sociedades porque cuenta mejor que ninguna otra cosa todas las historias del mundo. Por su alto poder metafórico y porque envuelve todas las leyendas y todos los mitos de la humanidad en un juego pictórico y gráfico.

El fútbol nos ablanda, nos emociona y nos coloca en un territorio imaginario. Pero, sobre todo, el fútbol saca la parte más tribal de nosotros. Nos enardece. Hace tocar los tambores de nuestra condición más guerrera. Nos genera un sentimiento de pertenencia como nada puedo hacerlo.

A ningún aficionado se nos ocurre contradecir el tópico de que se puede cambiar de todo (pareja, ideología o profesión), pero no de equipo de fútbol. Parecería que incluso el fanatismo futbolístico es más inalterable que la propia condición sexual. Así funciona la retórica interna de este deporte, que no es un deporte, sino una Biblia moderna muy bien escrita. Nadie puede cambiar los sentimientos hacia su equipo de fútbol, nadie, menos los propios futbolistas.

Y es que el fútbol está lleno de jugadores que se cambiaron al bando rival. Ya fuera por dinero o buscando mayor gloria o prestigio. Ya fuera por rencor después de unos años de ostracismo o buscando una segunda oportunidad para reivindicarse. Son, precisamente, los jugadores que fichan por el eterno rival los que más capacidad tienen de acrecentar el amor del propio hincha hacia su club. El amor incondicional de un hincha se siente validado y fortalecido cuando su estrella ficha por el equipo del otro lado de la calle. Y ellos permanecen fieles, como una vela a la que el fuego no puede consumir.

El artículo sigue a continuación

Imagino que para los futbolistas que están a punto de estampar su firma con el club con el que tanto han rivalizado, la curiosidad debe ser la sensación que predomine. ¿Cómo sonará mi nombre en las gargantas de los hinchas que tanto me han odiado y que ahora me van a jalear? ¿Cómo luciré con la camiseta del rival, con el que tanto me obsesioné? ¿Qué sentiré cuando marque un gol al equipo que me vio crecer? ¿Qué sentiré? ¿Rabia, dolor, placer? ¿Todo a la vez?

El poder de captación del fútbol con la gente se acabaría mañana mismo si nos enterarámos que no va haber más jugadores que crucen de acera ni que cambien la chaqueta. Benditos tránsfugas que nos colocan ante el conflicto de odiar a quien tanto hemos amado. Figo rompiendo corazones en el Camp Nou, Luis Enrique enardecido en el Bernabéu mostrando los colores azulgrana, la placa de Hugo Sánchez pisoteada en el Wanda... qué historia la de los traidores que reclamaban una segunda oportunidad. Qué historia representativa la de los jugadores a los que les rompieron el corazón en un banquillo o en una sala de negociación y que se tuvieron que vestir de mercenarios para dar cumplida y fría venganza a los clubes que los criaron.

¿Qué pensaba Morata en su presentación en el Wanda? ¿Se puede querer a dos mujeres a la vez y no acabar loco, como cantaba Bambino? ¿Lloraba de rabia o lloraba de emoción? En el derbi de la próxima semana le toca enfrentarse al placentero y horrible ritual de vestirse con los colores del rival para expiar los pecados del pasado. Su nuevo santuario le espera y le pedirá sangre. Es una vieja historia. Una vieja historia que mueve el fútbol. Y el mundo.

Cerrar