Pasaron 663 días entre la presentación y la despedida de Lionel Messi en PSG, lo que comenzó como un suceso histórico que paralizó al mundo del deporte finalizó con una tímida cobertura cotidiana. En el medio, su carrera cambió rotundamente. No precisamente por lo realizado en Paris, sino porque rompió todo tipo de maldición con Argentina al salir campeón de América, de la Finalissima y del Mundo. Su estadía parisina, en tanto, acabó como lo que fue: una relación forzada que nació por el desencuentro de un verdadero amor.
"Este año estaba convencido, mi familia y yo, de que íbamos a seguir acá. Que íbamos a seguir en nuestra casa", expresó Leo, acompañado de un hondo llanto, en su despedida culé. No dejó lugar para conjeturas: no deseaba irse, al menos no en aquel momento.
Un año antes, tras acumular malas temporadas que demostraban como el club ya no era élite, además de las guerras internas con los dirigentes, buscó cambiar de aires (Burofax fue la palabra tendencia el ambiente futbolístico). Finalmente se quedó, reacomodó su vida y cambió su perspectiva. Pero tuvo que irse más rápido de lo que imaginaba. Tras 21 años, una familia con su mujer de toda la vida y tres hijos "catalanes-argentinos", como él los describió, dijo adiós.
Cuando se trata de estrellas, el mercado mundial es más pequeño de lo que parece. No había demasiadas instituciones que pudieran hacer el esfuerzo repentino de incorporarlo. Una de ellas era Manchester City, pero simultáneamente rompió el mercado incorporando a Jack Grealish por 117'5M. El único que se movió rápido y pudo ofrecerle commodities a la altura era Paris Saint-Germain. Con la promesa de un superequipo completó un mercado que parecía de ensueño: Messi, Donnarumma, Sergio Ramos, Hakimi y Wijnaldum se sumaron a Mbappé, Neymar, Di María, Marquinhos, Verratti, entre otros tantos.
La mercadotecnia lo empaquetó, presentó y vendió como un 'Dream Team'. Se vería el mejor fútbol alcanzable por humanos semana tras semana en cada cancha francesa. Las redes explotaban, las marcas se pegaban como imanes, los streamers, periodistas, influencers, todos al servicio de un deseo que fue demasiado ambicioso para que lo finalmente brindó.
El golpe de la aclimatación a un nuevo país, una nueva liga, un nuevo equipo y, en definitiva, una nueva vida, hizo estragos en la primera temporada. Sus registros, aún buenos, bajaron considerablemente a lo que marca su carrera. Se perdió once duelos de la Ligue 1, que finalmente ganó y en donde marcó solo seis goles, pero repartió quince asistencias.
La hegemonía local no era la ambición de Nasser Al-Khelaifi, puesto que esa base la había construído hace varios años. Lo que deseaba era dar el siguiente paso, levantar la Champions League. Ese trofeo que está reservado, se dice, para los equipos con tradición.
Una correcta fase de grupos lo llevó a enfrentar al Real Madrid de los milagros en octavos de final. Ganó 1-0 en Francia, comenzó arriba 1-0 en España, pero un grosero error de Donnarumma tiró rápidamente el castillo de naipes y propició la épica del club merengue. En ese instante se terminó la temporada para PSG. Quedaba demasiado tiempo, y eso era una mala noticia.
La queja principal al equipo de Pochettino tenia que ver con la nula capacidad defensiva del tridente de ataque. Se les recriminaba que, en defensa, eran un 10-3. El que se mostró tajante al respecto fue Mbappé, que salió a la caza de Poch: "No creo que no hayamos querido ayudar, pero estábamos en una formación en la que estábamos aislados. Estábamos por nuestro lado y hacíamos las jugadas nosotros tres porque no teníamos el control. Cuando jugás con tres hombres, tienes 70 metros para jugar al contraataque. Está claro que habrá momentos en los que no estaremos para defender. Creo que tenemos que crear algo que no nos deje a un lado del equipo, tanto en ataque como en defensa. Si Messi tiene que bajar o Neymar tiene que volver a subir 60 metros para tocar el balón, es normal que estemos descolgados".
Un puñado de días después de la eliminación llegó la primera gran reprobación del público y, como siempre, los fracasos recaen en la espalda de los mejores. Y Messi, que en el duelo de ida erró un penal, fue señalado. Los silbidos bajaron de las gradas del Parque de los Príncipes para él, Neymar y probablemente algunos otros actores de reparto. Para encontrar un reproche tan grande al astro hay que viajar más de una década atrás, en Santa Fe, cuando Argentina quedó eliminada de Copa América 2011.
Las alarmas se encendieron, había que hacer cambios y para la segunda temporada se tomaron algunas decisiones fuertes. La principal fue renovar el contrato de Mbappé a como dé lugar, y las exigencias del delantero se hicieron escuchar.
Mauricio Pochettino fue cesado y en su lugar llegó Christophe Galtier, un desconocido para las afueras de Francia, de perfil bajo y mucho conocimiento de la liga. También hubo un intenso cambio en la plantilla, abandonando la idea de superequipo y abrazando futbolistas con menos renombre que, a priori, serían las hormigas obreras de los talentosos.
Durante los primeros meses se vio una mejoría, la sociedad entre Messi y Neymar floreció y el resto acompañaban el tempo que dictaban los sudamericanos. Claro, la verdadera zanahoria que los hacía correr estaba en otro lado: la Copa del Mundo 2022. Ambos buscaban llegar de la mejor forma física y futbolística para lograr el tan ansiado título. Leo lo hizo, Ney quedó en el camino al igual que Mbappé.
Un suceso de esta índole cambia dinámicas y en París no se encontró la excepción. En la segunda mitad de la temporada el rendimiento del equipo tocó fondo. El brasileño comenzó mal, sufrió una lesión y salió del plantel. Leo siguió tirando del carro, pero ya era un clima distinto. Su juego tuvo que conversar más con Mbappé y, especialmente, fue rodeado de compañeros que no estaban a la altura de las exigencias que representa la institución a nivel europeo.
La segunda eliminación consecutiva en octavos de final en Champions League fue un golpe mucho menos sorpresivo que un año atrás. Perdió ante Bayern Múnich con un global de 3-0: 1-0 de local, 2-0 de visitante. Los fanáticos volvieron a cargar contra el '30', pero esta vez sin ningún tipo de fundamento. Ya era una cuestión personal.
El acto que rompió el último lazo sano que podía llegar a quedar entre las partes fue un viaje de Messi hasta Arabia Saudita para finiquitar un compromiso comercial. El club lo tomó como una falta, puesto que viajó sin permiso oficial, y lo castigó con una dura sanción: dos semanas sin jugar ni entrenar. Poco después, Leo pediría perdón y daría sus argumentos.
La relación ya estaba rota. Primero un grupo de ultras fue hasta su hogar, luego, ante Ajaccio por Ligue 1, decidió silbarlo cada vez que tocaba la pelota. Ni siquiera anotar el gol del título liguero pudo subsanarlo. Los rumores sobre la no renovación eran gigantes hasta que Christophe Galtier lo anunció en rueda de prensa, un día antes de jugar el último partido del campeonato.
Así se fue Lionel Messi de PSG. Una noche más, perdiendo ante un rival de mitad de tabla y entre tibios abucheos y algunos aplausos. Cuando el árbitro pitó el final, decidió irse rápido al vestuario y se adivinaron algunas muecas de felicidad en el rostro. Terminó una etapa que será recordaba, pero por sus grandes gestas albicelestes.


