Julen Lopetegui y la tragedia

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La contundente victoria del Barcelona en el Clásico acabó costándole al técnico el puesto en el banquillo del Real Madrid

Eugenio

Hubo un momento fugaz en el área técnica del Camp Nou donde Julen pensó que el descenso a los infiernos había acabado y que un nuevo mundo se abría paso ante él. El Madrid acababa de marcar y apretaba de lo lindo para empatar el partido. Lopetegui se paseaba por el rectángulo punteado abriendo los brazos como un poseso. Julen quería que los extremos abrieran el campo todo lo posible y que su equipo fuera con todo a la presión para ahogar la salida de balón de Lenglet. Como si fuera un director de orquesta llegando al síncope, Julen se veía a sí mismo conquistado por una ópera de Wagner, ordenando la movilización de una ordalía de tropas de tierra, preparándose para dar, por fin, la vuelta a todo. Al partido, a su suerte, a su destino.

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Sin embargo, el 3-1 de Suárez apagó todas las luces. En ese momento Julen miró el marcador y, como el que está a punto de morir, vio pasar toda su carrera delante de sus ojos. Se vio en Krasnodar dirigiendo un entreno de España.  Los brazos cruzados, el viento ruso despeinando su flequillo y sus gafas de sol de runner otorgándole una figura discursiva y trascendente. Se vio negociando con el Madrid. Se vio diciendo en rueda de prensa que todo hijo de vecino tenía que estar centrado en la Selección. Se vio más tarde discutiendo con Hierro, con Rubiales, con Florentino. Y después destituido de la Selección, viajando solo y abandonado a Moscú, y desde Moscú a Madrid. Se vio llorando en la presentación en el Bernabéu. Apelando a los valores del deporte. Y, más tarde, dirigiendo la pretemporada de un equipo, que más que un equipo es un portaviones. Recordó las muchas ruedas de prensa hablando de nada, orgulloso de hablar de nada, amo de una diplomacia espesa que era más el discurso de un tecnócrata que el discurso de un entrenador del fútbol. Lopetegui se iba convirtiendo en un burócrata en un laberinto de pasiones. Y su mente no paraba. También se vio perdiendo contra el Atlético en Tallin. Y luego haciendo un partidazo contra la Roma y recibiendo, por fin, algún que otro halago. Pero no duró mucho el chachachá. Porque después de ese partido le tocó perder contra cualquiera que tocara jugar… Y todo estaba llegando a su fin. Toda la película pasó rápida, eléctrica, amontonada. Y cuando terminó el balance de su propia vida, es decir, de sus últimos meses dirigiendo al Real Madrid, el Barcelona ya iba ganando 5-1.

Julen Lopetegui

Fue entonces cuando a Julen se le quitaron las fuerzas para permanecer en el área técnica. Tenía ya esa duda que invade a los entrenadores que van a ser cesados: no sabía si sus jugadores eran cómplices o verdugos. En la sala de prensa, después del encuentro, llegó un hombre socavado, que parecía haber envejecido 30 años en 90 minutos. Un Benjamin Button obsesionado con una táctica dibujada en una pizarra. El jefe de prensa del club, Carlos Carbajosa, habló al micrófono sin apretar el botón y la voz para presentar a Julen era inaudible, como un susurro. Su presentación brumosa, como si todo estuviera perdido, fue el preludio más evidente de la defunción deportiva del entrenador. Lopetegui intentó rehacerse a través de sus respuestas y, tal vez, por un momento reclamó una segunda oportunidad, “estoy con fuerzas”, dijo, aunque su voz apenas le salía del cuerpo. Era un hilo roto que manaba de un entrenador ya virtual.

Su paseo en la sala de prensa del Camp Nou, desde la puerta que enlaza el túnel de vestuarios hasta el micrófono, fue un paseo fantasmagórico. Julen parecía un Cristo pintado por Botticelli, trágico y definitivo, la viva estampa del misterio de la derrota.

Luego llegó el comunicado del Madrid. Un comunicado un tanto rencoroso que quería culpar del fracaso global al entrenador al que habían sacado de la Selección casi a empellones antes del Mundial. Si todo el mundo apuntaba al pianista, el resto de los agentes quedaban redimidos. Maquiavelo en estado puro: la última lección que ha aprendido Julen: la última gloria es efímera en palacio y la derrota es larga en la memoria.  

Julen (no tuvo otra) se fue a comer al Asador Imanol con su equipo. Después de comer el grupo salió, callado y desorientado, como un grupo de parados que acaban de ser despedidos y no saben dónde ir porque tiene todo el tiempo del mundo. Lopetegui iba con las manos en los bolsillos, los lunes al sol, con la tristeza ya mascada. Así es esto del balón, pensaría. El viento de Madrid le golpeaba el rostro y acaso le evocaba el viento templado de Krasnodar en el lejano verano.

Seguramente en ese paseo de despedida, tuvo tiempo para una última ensoñación. Y por un momento se vio aclamado en la Plaza de Colón, con micrófono en mano ante una juventud enardecida que tintaba el centro de Madrid de rojo. Se vio quitándole el micrófono a Pepe Reina para decir que el mérito es de estos chavales que nos han vuelto a hacer campeones del mundo. Y todo el mundo gritaba y jaleaba a su seleccionador, Julen, Julen. Y Julen se quería poner serio en mitad de la celebración para decir algo trascendente en ese ambiente festivo. Pero no había manera. La felicidad era demasiado intensa y la gloria, en esa hipótesis virtuosa, entonces sí que era eterna.

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