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Copa del Mundo

España y los gestos de un equipo que no se encuentra

17:56 CEST 1/7/18
Mario Fernandes Sergio Busquets España Rusia Spain Russia 01072018
Más allá del resultado, el conjunto de Hierro sufrió el partido ante Rusia. Los problemas de conexión y qué se dicen los jugadores.

Tomó el balón un poco más adelante de la mitad de la cancha, levantó la cabeza y se encontró sin opciones. Por afuera, no veía a nadie. Hacia adelante, solo compañeros tapados o sin movilidad. Al final, David Silva tuvo que hacer lo que la mayoría de los mediocampistas de España en los octavos de final del Mundial Rusia 2018 ante el local. Girar hacia atrás y tocar a un jugador con mucho campo, sin marca y lejísimos de la portería. Cuando terminó la secuencia, tras descargar, el crack del Manchester City giró hacia sus compañeros y levantó los brazos hacia el resto de sus compañeros. 

La escena, un pequeño detalle normal en cualquier partido de fútbol, es una radiografía perfecta de la situación de España como equipo. Un grupo de tremendos jugadores que no se termina de encontrar. 

Iniesta, que entró en el segundo tiempo, se decía cosas al oído con Isco. Algo andaba mal. El equipo de Hierro juega partido. Nunca ataca con más de tres o cuatro jugadores. Por las bandas, los laterales no se terminan de incorporar a ningún ataque, mientras que a los internos les cuesta mucho romper líneas. No hay ningún jugador de La Roja que pueda hacer, por ejemplo, lo de Paulinho en la victoria de Brasil ante Serbia: acelerar al vacío, aparecer sin marca y quedar mano a mano con el portero rival.

Demasiadas veces los jugadores de España tomaron el balón sin marca y llevaron las palmas de la mano apuntadas al suelo en señal de "tranquilidad". Al final, terminó siendo un mal augurio. Que Ramos, Busquets o Piqué se hicieran del balón en una zona sin ningún tipo de riesgo tanto tiempo terminó siendo un alivio para Rusia, un equipo limitadísimo pero que nunca perdió el orden.

Asensio se golpeaba las piernas en señal de protesta porque el balón no le llegaba al costado izquierdo. Tenía razón. España, un equipo lleno de jugadores sabios, confundió demasiadas veces la dirección del juego. Cuando era rápido hacia la derecha, se distraía al balón. Cuando era tocar un poco para distraer, se buscaban pases largos. Siempre carente de sorpresa y explosión.

Hierro se cansó de pedirle a sus jugadores que se agruparan. Pero, aún cuando estaban cerca, no tenían imaginación ni sorpresa. Sobre el final de los 90 minutos, Jordi Alba terminó metiendo un pelotazo sin sentido, como si las formas ya no importaran porque las respuestas no aparecían por ningún lado.