El fútbol que conocemos no existe en Rusia

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Multitudinarios, ordenados, con mucha seguridad y fríos: el detrás de escena del primer partido del Mundial.

Acaba de hacer el primer gol Rusia. El primer grito del Mundial. El momento que uno supone que los rusos esperaron por mucho tiempo. La secuencia adorada por millones de pueblos futboleros. Pero las colas en un puesto de comidas a pocas cuadras del estadio Luzhniki es larga. Las filas para usar los baños públicos, también. Parece una locura, pero hay tanta gente en la calle que no da la sensación de que se esté jugando un partido. No hay ambiente de atención. Se escuchan algunos gritos alrededor, pero nadie se desespera por saber qué pasó. Hay locura por la fiesta cultural, quizás, pero no por el fútbol.

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La organización es impecable. Los rusos llegan de manera ordenada, los mecanismos de seguridad funcionan a la perfección y la sensación es que nada puede salir mal. Los controles, más que rigurosos, como cuando hay que pasar los chequeos de un aeropuerto.

Son fríos. Salvo algunas canciones aisladas, el ambiente no tiene nada que ver con lo que podría verse en cualquier otra ciudad futbolera. No hay desesperación ni parece haber verdadera identificación. El fútbol que conocemos, el de la enfermedad del Mundial, el de quedarse sin voz por gritar los goles, el de llorar y reír no existe en Rusia.

Camino al Fan Fest, miles de personas vagan por las calles como si nada. El partido, para esa multitud que se mueve como una marea sin sentido, es lo de menos. Son los hinchas rusos y también de otros países que llegaron a Moscú por lo que representa el Mundial: una fiesta de culturas. Los rusos colmaron el Fan Fest, a unas diez cuadras del estadio. Debe haber unas diez mil personas. Pero no transmiten demasiado. No cantan el himno con especial emoción ni festejan los goles de manera desenfrenada. Hablan mientras se juega el partido de manera distendida. Algunos, hasta le dan la espalda y toman cerveza como si nada importante estuviera pasando. Es otra manera de vivir el fútbol. 

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El partido está por terminar y los rusos salen del estadio con ganas de volver a sus casas lo antes posible, con la idea de escapar de las filas en el metro o las paradas de bus. Rusia marca el quinto gol pero los que están afuera no se desesperan por saber quién lo hizo. Nadie se arrepiente por haber abandonado sus asientos antes de tiempo y haberse pedido esa última emoción. Nada.

Rusia ganó 5 a 0 y abrazó la idea de que podía ser un local digno en el Mundial. Pero la gente, miles y miles que colmaron la cancha, no grita y, salvo algún canto aislado, la salida es una más. Podría ser la salida del cine. 

El Mundial de los rusos es así. Extraño. No del todo futbolero. De masas que se mueven por todos lados. De policías enojados que cortan caminos y están por todos lados. De miles de voluntarios que no tienen idea de nada. De un país gigante, histórico y apasionante que no lleva al fútbol en la sangre. De una idea de fútbol que desconocemos.

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