De alcanzapelotas en la despedida de Maradona a indiscutido de la Selección

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Lucas Biglia tuvo una carrera con varios altibajos. Tras la muerte de su padre, en 2008, pensó en el retiro. Hoy disfruta de su mejor momento.

El 11 de julio de 2008, Lucas Biglia empezó a vivir una pesadilla. Ese día, falleció su padre tras un infarto que nadie tenía en los planes inmediatos y no tan inmediatos. El volante, quien se encontraba en Bélgica, defendiendo la camiseta de Anderlecht, viajó rápido hacia Buenos Aires para despedirlo. Llegó tres días después. “El duelo lo hice cuando regresé a Bélgica. Como que no me había caído la ficha y me cayó de golpe. Un día, llamé a mi representante y le dije que me volvía a la Argentina, que largaba el fútbol, que no quería saber nada más. Estaba muy mal, angustiado, con bronca e impotencia. Me peleaba con el utilero por la camiseta que me daba o con el que me estacionaba el auto. Engordé ocho kilos. Un desastre. Hablé con la gente del club y les dije que no sería un año fácil para mí. Que si no me sentía con ánimo y ganas para jugar, se los diría porque no quería dar lástima. Tenía la moral por el piso”, explicó el propio futbolista, en una entrevista publicada por El Gráfico. Ese, justamente, fue su piso. Y desde ese piso, más en silencio que con flashes, comenzó a subir escalones hasta llegar a ser hoy un indiscutido de la Selección argentina que se presentará en Rusia 2018.

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Los altibajos del futbolista nacido Mercedes (provincia de Buenos Aires), en 1986, describen su trayectoria. De la mano de Miguel Tojo, estuvo en el Sub 15 argentino. Luego, Hugo Tocalli lo convocó para el Sub 17, nombrándolo capitán de un grupo que acabaría ganando el Sudamericano en Bolivia y llegando hasta las semifinales del Mundial de la categoría disputado en Finlandia, en 2003. Su crecimiento seguiría en el Sub 20. Allí compartió equipo con un tal Lionel Messi, y fue campeón del Mundial jugado en Holanda, en 2005. Allí, también, se frenaría su participación con la camiseta albiceleste: llegar a la Selección mayor no le sería tan sencillo.

Pese a sus buenas actuaciones en Anderlecht (estuvo siete años en la institución), la liga belga estancaría la proyección de este joven que, en 2001, fue alcanzapelotas en el partido de despedida de Diego Armando Maradona, ni más ni menos. En ese entonces, actuaba en la octava división de Argentinos Juniors (club en el que se formó y debutó profesionalmente), y pudo estar así en La Bombonera, en esa jornada tan especial, quedándose además con un balón firmado por Juan Román Riquelme, Walter Samuel y Mauricio Serna, entre otros nombres.

Diez años después de aquel día, fue convocado por Sergio Batista (había sido su técnico en Argentinos) para jugar la Copa América. Así se empezó a ganar un lugar entre los mayores, a codearse con las estrellas más importantes de su país. Luego, Alejandro Sabella lo siguió convocando, y él siguió respondiendo, al punto de convertirse en una pieza clave en el Mundial de Brasil: terminó actuando en los siete partidos, empezando el certamen como suplente para ser luego titular indiscutido.

Hoy, Jorge Sampaoli le asegura también un lugar entre los once, como lo hizo antes Gerardo Martino. Hoy, también, la realidad de Biglia es distinta: tras sus años en Bélgica, brilló en Lazio y se destaca ahora en Milan. Sólo le queda sacarse esa espina amarga y dolorosa que le dejó la final perdida ante Alemania, en Río de Janeiro.

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