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Rodrigo De Paul Atletico Madrid Betis LaLigaGetty Images

Cuando se olvida que el Atleti es pelea

La frase de Al Pacino en ‘Esencia de mujer” retumba en el imaginario colectivo de los atléticos: “Cuando la porquería se desparrama, unos corren y otros se quedan”. Negar que Simeone es lo mejor que le ha pasado al Atleti en sus más de cien años de historia es digno de un tonto a las tres y también un rato después. Tapar que es mejor cualquier fracaso con Simeone en Champions que cualquier éxito en la Intertoto y el Colombino de sus predecesores, es propio de los que practican la indigencia mental. Y negar que el Atleti atraviesa un momento de extrema dificultad, que está por debajo de las expectativas generadas y que está a años luz de lo que debe ser, es ser un inconsciente. El entrenador que siempre encuentra soluciones para todo ahora no las haya, y el grupo en el que hay que seguir confiando porque lo merece, no está siendo capaz de salir del bache. Y los aficionados que pagan religiosamente el abono y no se tragaron la soberana trola de que el Atleti no tiene la mejor plantilla de su historia, tienen claro que el equipo quiere, puede y debe dar mucho más de lo que ofrece. El mal juego y los peores resultados del Atleti están ahí. Están en juego dos cuestiones imperativas: quedar fuera de la Champions antes de tiempo - un drama económico para el club- y quedar descolgado de una Liga que debe defender hasta el final - un drama deportivo para el aficionado-, poca broma. 

El drama no da para cortarse las venas, pero es obvio que el Atleti tiene un serio problema y que tendrá que resolverlo con la receta habitual. Hablar menos, correr más. Posturear menos y trabajar más. Temblar menos y unirse más. Nada que el Atleti, en sus cíclicos momentos de dificultad, no haya hecho antes. Ahora está en el suelo y tendrá que volver a levantarse. Lleva toda su vida así y esa es su naturaleza. Caer y levantarse. Eso sí, sólo lo conseguirá sabiendo por qué está enfermo. Y el fallo es multiorgánico. Ataca peor y defiende mal. No tiene energía en los laterales y despobla la sala de máquinas. Confunde tenencia con profundidad. Genera menos de lo que debería y concede lo que nunca regaló. El entrenador está confuso, la defensa tiembla como una hoja en pleno otoño, el centro del campo no sabe interpretar cuándo debe avanzar y cuándo retroceder y la delantera, esa que brilla más en los cromos que sobre el campo, necesita dar un paso al frente. 

Que los que llevan años salivando con el fracaso del Atleti están felices es normal. Que los que disfrutan como un marrano en la charca atizando a Simeone están de enhorabuena, es lógico. Y que nostálgicos de aquel Atleti que era el chiste fácil en la oficina hayan visto la luz después de años de sufrir un equipo molesto, es normal. Están festejando el mal momento del Atleti y tienen sobrados motivos. Buen provecho. Ahora falta saber hasta dónde les va a permitir el Atleti que mantengan ese estado de felicidad. Simeone y su grupo tienen que sentarse, mirarse a los ojos, hacer autocrítica y unirse. Más de lo que siempre se han unido. Los problemas son de primer orden. Y mientras el personal busca culpables, ellos tendrán que encontrar soluciones. De la crisis nace la oportunidad. El Atleti se ha merecido todo lo malo que le ha pasado, se ha empeñado en suicidarse durante el último mes y cuando sale al campo, da la sensación de que tiene la confianza por los suelos. Simeone, en su condición de líder, tiene que volver al camino del que el equipo jamás debió apartarse. Trabajo, sacrificio y un grupo de jugadores dispuestos a preguntarse qué pueden hacer por el Atleti y no qué puede hacer el Atleti por ellos. Si el Atleti vuelve a ser el equipo que fue, si el vestuario se une de verdad y no de boquilla, y si el club, que está haciendo un gran trabajo en todas sus áreas, respalda al grupo ahora, se saldrá del bache. La porquería se ha desparramado y mientras algunos corren, otros se quedan. Los hay que se han tirado de cabeza del barco y ahora son el Cholo y sus pretorianos los que están obligados a que, poco a poco, ese barco vuelva a estar hasta los topes. Si una modelo brasileña que se casó consigo misma ahora quiere divorciarse, no hay motivo para pensar que el Atleti no levante el vuelo. Pero para que eso sea así, el Atleti tiene que volver a ponerse a la altura de su afición. Partido a partido, pero con el fuego interior que ahora parece haber dejado de arder. Cuando el mal momento no es puntual, sino tendencia, hay un problema.

La crisis es real. Y ahora solo hay dos maneras de afrontarla: salir corriendo o quedarse. Al Atleti le sirven los que se quedan. Tienen que dar un paso al frente, lavar la imagen ofrecida, honrar esa camiseta y ponerse, de una vez por todas y sin excusas para no dormir, a la altura de la exigencia. Queda un mundo por delante, pero que nadie se engañe. El personal se ha cansado del paso atrás y ahora exige dos hacia adelante. Y el movimiento se demuestra andando. La afición olvida las derrotas, pero no soporta que se traicione la esencia. Pide un equipo que pelee como el mejor. Y esa es la exigencia. El Atleti es pelea. Esa es su historia. Y si no pelea, no es el Atleti. Si uno cae, combate y se levanta. El resto son historias para no dormir. A pelear.

Rubén Uría

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