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Algo que no debería usted leer, porque esto "no vende"

11:20 CET 10/2/20
Sergio Ramos Lionel Messi Undiano Mallenco Real Madrid Barcelona LaLiga 02032019

La eliminación de los de siempre en la Copa reabrió el viejo volcán de bilis, arrogancia e intolerancia de la industria del fútbol. Nada nuevo bajo el sol. Aparecieron medios de comunicación que, como son incapaces de analizar nada que no sea su Madrid y su Barça – son terminales mediáticas afines a ambos equipos y su trinchera-, se dedicaron a desprestigiar la Copa, surgieron opiniones disparatadas para atacar un formato tan emocionante como magnífico, brotaron falsos profetas que se preguntaron en voz alta a quién le podría interesar un torneo sin los mega-millonarios de siempre y de propina, los que llevan años condenándonos a la incesante turra de la trinchera Madrid-Barça, la que sustenta su negocio, se parapetaron en la coartada de las audiencias, como si el periodismo tuviera la obligación de defender los dineros por encima del balón.  Los que se llenan la boca de glosar las gestas y hazañas del Mirandés, la Cultural o el Becerril por un día, los que se vanagloriaban de pedir un Leicester City en nuestras vidas, son los mismos que tienen la cara dura quejarse de una Copa sin los dos mastodontes habituales, son los que justifican las millonarias diferencias con los índices de audiencia, son los que desprecian a cualquier equipo que no sea el suyo y son los que están decididos a destrozar todas las competiciones nacionales para implantar una Superliga elitista que sea el cortijo de los ricos y a la postre, la muerte del fútbol modesto.

Son los que entienden que Atlético de Madrid, Valencia, Sevilla o Athletic tienen que recoger de la mesa las migajas que se les caen de la mesa a los dos de siempre. Son los que usan a las aficiones de Eibar, Osasuna, Getafe o Leganés como flores de un día, o mejor dicho como floreros, siempre que jueguen contra los dos de siempre, para olvidarles, orillarles o despreciarles el resto del curso. Son los habituales del revisionismo arbitral cansino, los reyes de la conspiración, los defensores del villarato, los que montan la jarana a la carta, denunciando presuntos escándalos, robos y atracos de ida y vuelta, pero siempre mirando en la misma cansina dirección: Madrid-Barça. Hay aficionados a los que no les gusta el fútbol y les gusta su equipo. Lo que no es normal es que haya periodistas a los que ni les gusta el fútbol, ni tampoco su equipo, porque sólo les gusta su negocio. Uno que sólo se alimenta de dos para ignorar al resto y darle trato de simples comparsas, uno que sólo ve justicias e injusticias en esa dirección, uno que se presenta en sociedad como representante de todas las aficiones cuando sólo le interesan realmente dos.Siempre se ha dicho que la esencia del periodismo consiste en combatir al poderoso. El periodismo actual, sobre todo el deportivo, ahora es cuestión de militancia. Ya no combate al poder. Ahora se siente orgulloso de recostarse cerca del poder.  No interesa la verdad, no interesa la denuncia, no interesa la Copa, no interesa ningún equipo, no interesa la polémica de otros clubes, no interesa nada que no venda, ni interesa nada que no de la audiencia requerida, porque los dos de siempre ocupan todo y siempre salen reforzados. No interesa nada que no sean las conspiraciones, cuitas, lloros, pataletas, fichajes, declaraciones, ruedas de prensa, memes o paridas de los de siempre.

Anoche sonó en Heliópolis un cántico popular en varios estadios del fútbol español: “Estamos hasta (ya saben dónde) del Barça y del Madrid”. El sentimiento, créanme, es compartido por muchos miles de aficionados – sean del Betis, del Granada, del Atleti o del Sabadell-, que están hartos de estar hartos. No sólo de tener que jugar contra dos gigantes privilegiados por presupuesto, calendario, poderes fácticos y trato arbitral, sino de tener que tragar con su espiral de lloros y su permanente cultura del “y tú más”. En realidad, el panorama futbolístico lleva años dividido en dos: a un lado, los dos que sostienen el negocio, que se comportan como lo que son, los dueños del tinglado; al otro, el resto de equipos condenados a sobrevivir dentro de un negocio donde son comparsas, donde tragan con las prebendas de los que tienen derecho de pernada y donde, además, tienen que reverenciar un sistema viciado donde, para poner el cazo, antes ofrecen esa parte de la anatomía donde la espalda pierde su casto nombre. Que con su pan se lo coman.Los periodistas nos hemos convertido en cooperadores necesarios de un sistema que beneficia sólo a dos y se pasa por la entrepierna al resto. Casi siempre las mismas caras, las mismas opiniones, los mismos intereses y los mismos miedos, rebozados en la superficialidad del bucle Madrid-Barça. Es muy cómodo. Es más fácil hablar de ellos que informarse del resto de equipos, es más fácil seguir a dos equipos que conocer a veinte, es más fácil llorar por un penalti que denunciar la brecha salarial entre dos y el resto, es más fácil patalear por una presunta roja que preguntarse por los derechos de televisión, es más fácil quejarse de un contubernio arbitral que convivir con el error, y es más fácil seguir lamiendo las botas del Madrid y del Barça que defender una Copa digna.

Todo sea en aras del negocio. Larga vida a la Superliga a costa del resto de equipos y competiciones, que todo sean bendiciones para cambiar el formato de Copa y que la final siempre sea Madrid-Barça, luz verde a esa Liga donde no haya más que dos participantes y se jueguen 38 clásicos consecutivos, ojalá la Champions sea cosa suya por decreto y Dios quiera que desaparezcan todos los programas, diarios, radios y tertulias donde no se hable durante horas de los dos únicos que venden. Los aficionados que no son del Madrid y del Barça – por lo visto, dicen, también son de Dios y existen-, saben lo que les espera. Les obligan a tirar el dado. Si sacan del uno al cinco, ración mediática doble de Madrid-Barça. Y si sacan seis, vuelven a tirar, porque lo demás “no vende”. 

Rubén Uría