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El atacante argentino del Barcelona se convierte en el primer hombre en amasar cuatro balones de oro y deja flotando en el ambiente la sensación de que lo mejor está por venir

Con todos los honores, Leo Messi se coronó en Zurich como el primer futbolista en conseguir cuatro balones de Oro. Atrás quedan hombres como Platiní, Van Basten o Cruyff, jugadores que han marcado indeleblemente la historia de este deporte. En un año que no pudo emplazar al Barcelona con sus récords, Messi continúa siendo el Rey. Lo será todavía por varios años. Más allá de lo conseguido, con el argentino flota la incandescente sensación de que lo mejor está por venir.

Resulta ensimismante la capacidad de Messi para ser mejor cada año. De todas las virtudes del atacante del Barcelona, quizás la menos publicitada es la vertiente competitiva. Seguro que es la clave de su prolongado éxito. Messi es un competidor voraz, un espíritu insaciable que no se ha permitido siquiera el pensamiento de abdicar. Es generosa la historia del fútbol con ejemplos de reyes efímeros, hombres que reinaron por un día. Ronaldinho es el ejemplo antonomástico de este morir de éxito.

El cuarto Balón de Oro de Messi supone el mayor reconocimiento al Messi solista. Sin títulos grandes que respaldar su candidatura, y en barbecho en verano sin competir con Argentina, los números han hablado por sí solos. Cincuenta goles en Liga y 91 en total son cifras que ya de por sí justifican un premio que ciertamente, nunca se sabe bien qué es lo que premia. En el caso de Messi, acierta seguro. Jamás en la historia del fútbol se vio un despliegue tan basto y continuado.

Todo lo que hace Messi es grandilocuente. Incluidos sus competidores y compañeros. Seguramente, sin el antagonismo de Cristiano Ronaldo y el soporte del Barcelona, Messi no hubiera alcanzado esta dimensión. Es sobrecogedor el pulso que mantiene con el portugués, otro fenómeno, otro fuera de clase. La confrontación entre ambos jugadores ha ejercido un efecto de retroalimentación en los dos, resueltos a reinventarse cada año.

Es precisamente lo que insinúa que a Messi le queda recorrido en el trono. Con un Barcelona lanzado, empezando a emitir sinfonías de grandes conquistas, y una media goleadora en Liga que le llevaría a batir su propio registro de media centena, la fotografía será similar a la proyectada esta tarde en Zurich.

Agotados los adjetivos y desbrozados los récords a cada paso que da, no se advierten los límites de Messi. En él confluyen las características inherentes a los grandes campeones de la historia. No sólo presenta un talento natural inabarcable, también tiene el deseo de aquellos que se han prometido a sí mismos seguir siendo el mejor durante el mayor lapso de tiempo posible. No hay límites para la expansión. Messi es un mundo sin fin.

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