Análisis Mundial 2010: ¡Bienvenida la Celeste!

Uruguay finalzó en la cuarta posición de la Copa del Mundo de Sudáfrica. Fue el regreso de un Grande a la élite del fútbol Mundial. Recuperó sus raíces, su sol y su bandera. Favoritos como Holanda y Alemania sufrieron demasiado con un conjunto que nunca dejó de luchar.

No se le puede pedir más a este uruguay del Maestro Tabárez. No se le puede pedir más porque lo dio todo. Habría que pedirle algo en todo caso a la suerte. Porque este equipo que expuso la garra y la hombría, no fue sólo lucha y entrega. Fue fútbol y clase, tal vez el mejor gol del certamen con una media tijera de Forlán cogiendo el balón en el aire.

Fue orden táctico y madurez emocional y dialéctica. Porque los jugadores de la Celeste no buscaron en ningún momento creerse más que nadie y no lo expresaron. Pero siempre se supieron que no eran tampoco menos que nadie. Y así fue. Le faltó la pizca de suerte que suelen tener los campeones.

Le faltó con Holanda, en el gol de rebote de Sneijder –offside mediante- y le faltó con Alemania en algún remate de Suárez y en el último minuto en la falta directa de Forlán. Offside mediante en el primer gol germano. Técnicamente, a Uruguay le hubiera correspondido definir tanto con Holanda como con Alemania en los penaltis, o disfrutar de un alargue, si los colegiados hubieran estado al ciento porciento.


Pero no fue porque tal vez no era el momento. Uruguay volvió a la élite, de la que nunca se había ido. Pueden pasar los años pero los Grandes no dejan nunca de serlo. Y la Celeste reivindicó su historia a fuerza de recuperar sus raíces. Fue hasta emocionante ver a Uruguay jugar vestido de punta en celeste. Fue el símbolo máximo de los cantos que siendo pocos levantaron sus voces en el estadio para cantar “Soy Celeste, soy celeste, soy celeste, yo soy…”

Los alemanes sorprendidos, porque para ellos, para esta nueva generación mundial de futbolistas de play station, jugar contra Uruguay era como jugar con Israel. Los teutones no son conscientes de la historia que viviente del fútbol por las calles de Montevideo.

Y no fue que Uruguay le faltó el respeto a la historia, porque la Celeste está acostumbrada a hacerla. No le faltó el respeto a Holanda o Alemania, no es que se les atrevió… es que Uruguay volvió a ser quién fuera. Y no atreverse a jugar de tú a tú sería una falta de respeto para con Uruguay mismo.

En una charla con mi colega francés Poyetán Le Blanch, él me decía que Uruguay sería la sorpresa del Mundial. Le respondí que en mi opinión era muy fácil ponerle el cartel de sorpresa a un Grande. Porque cuando un Grande recupera sus fuentes es más grande aún, y este Uruguay ya había demostrado en varios pasajes de las eliminatorias que volvería a ser el que fue.

 

Es cierto que su historia inmediata no lo favorecía, pero en esta ocasión contaba con un grupo hambriento de gloria, que por su historia inmediata sabía que tenía todo por ganar, y con un entrenador brillante. Oscar Tabárez no renunció nunca, ni cuando entrenó a sus clubes, a imprimirles más allá del orden y del toque, un orgullo místico. Lo hizo con Peñarol  y con Boca, la Celeste no podía ser la excepción.

Este Uruguay recuperó el sol y la bandera. Dirán algunos envidiosos que Uruguay no quedó fuera del Mundial antes porque le tocó una llave fácil. Otros pensamos que a este seleccionado charrúa no importaba qué rival tuviera delante, no se la iba a llevar de arriba. Y así fue, Francia no lo batió con un jugador más, Holanda terminó pidiendo la hora y a Alemania lo salvó el larguero.

El cuarto puesto es una anécdota para el fútbol que desplegó y la solidaridad que mostró durante todo el certamen. Bienvenida la Celeste, era necesario que Uruguay estuviese de nuevo entre los mejores, un lugar de donde nunca debió haberse ido.

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