A principios de esta semana, Gianni Infantino se enfadó un poco.
En una publicación de Instagram de 15 diapositivas, el presidente de la FIFA respondió a todas las críticas al Mundial de 2026. Fue, en la práctica, una lista de sus logros, acompañada, de forma deliberada, de contraargumentos a todas y cada una de las quejas previas al torneo. Sonaba a vuelta de honor de un presidente de la FIFA que sabía que prácticamente había clavado el aterrizaje con un Mundial en Norteamérica.
Pero también supuso en cierta medida una ruptura con su personaje. Infantino siempre ha sido frío, tranquilo e imperturbable. Predica, no discute. Explica, no se defiende. Se sube a los escenarios, calvo, con traje ajustado y zapatillas blancas relucientes, y se desliza hacia su jerga de charla TED y LinkedIn: "Esto es lo que el sportswashing me enseñó sobre las ventas B2B" (o algo así).
Esa publicación, sin embargo, pareció revelar algo más: un presidente indignado y arrogante, ansioso por tener su parte del protagonismo. Ahora, Infantino ha ido un paso más allá. Su plan de crear una empresa independiente para las principales competiciones de la FIFA y luego "vender" participaciones a inversores privados ha provocado indignación entre aficionados, clubes y federaciones de fútbol por igual. Para los críticos, Infantino va ahora a por el alma del fútbol.
Y, sin embargo, el plan de Infantino no debería sorprender absolutamente nada, ni por el hombre ni por la organización.
Sí, esto es un ataque. Sí, esto es inauténtico. Sí, esto es alarmante. Pero el plan de Infantino también es indicativo de una tendencia más amplia en el deporte que lleva años gestándose. El alma de todo esto prácticamente ha desaparecido. Infantino y la FIFA solo intentan asestar el golpe de gracia final.





