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Ovarios, capítulo II: Vanina Correa, ponerle el cuerpo a la vida

14:41 GMT-5 14/06/19
Vanina Correa
La arquera de la Selección argentina, que juega su tercer Mundial, relegó el fútbol durante mucho tiempo para ser mamá. Jugadora de toda la cancha.

Mamá tuvo que irse, otra vez. Y aunque Romeo y Luna ya están acostumbrados a sus viajes, este será más largo, mucho más largo que los anteriores. Y más importante: mamá representará a la Selección argentina en el Mundial de Francia.

No es la primera vez que Vanina Correa juega una Copa del Mundo, pero cuando se puso el buzo de Albiceleste en 2003 y en 2007 todavía no había decidido ser madre. Tampoco se había desencantado del fútbol como le pasó en 2010, cuando decidió colgar los guantes. Su nueva vida trajo, además de tranquilidad y un poco de tiempo libre, la decisión de convertirse en mamá. Lo pensó mucho: la maternidad la alejaría definitivamente de la pelota. Es que las mujeres que quieren formar una familia y ponerle el cuerpo al embarazo deben elegir entre una cosa o la otra. Entonces la arquera de Rosario Central y la Selección tomó la decisión y junto con su pareja de ese entonces encararon el proceso de fertilización asistida: nueve meses después llegaron Luna y Romeo. Nueve meses y 30 kilos que cambiaron por completo el cuerpo de la futbolista que por aquel entonces no quería volver a pararse nunca más debajo de los tres palos, ni siquiera para jugar con amigas. El fútbol le había dado mucho y le había demandado muchísimo más, ya no estaba para semejante esfuerzo. Menos en ese momento en el que los mellis le absorbían todo el tiempo disponible -y el que no tenía también-.

Pero las amigas de Vanina no se dieron por vencidas. No hubo manera. No podían entender cómo la arquera que había jugado dos Mundiales, esa que tantos viajes había hecho con la Selección, que tantas tapadas las había hecho festejar y que había salvado a Rosario Central de tantas derrotas podía colgar los guantes Entonces le insistieron para que se sume a un picadito y Vani accedió con muchas dudas y con una certeza: si se volvía a poner el buzo no se lo iba a poder sacar. Y así fue.

Luna y Romeo tienen cinco años, viven con su madre y sus abuelos, que la ayudan a cuidarlos cada vez que tiene que viajar para entrenarse con la Selección o para representar a la Albiceleste, y no saben nada de fútbol. Lo único que saben es que tienen que alentar a mamá, que “ataja goles” y que después de cada viaje habrá regalos, regalos que mamá paga con el sueldo que cobra por ser empleada administrativa de la Municipalidad de Villa Gobernador Gálvez. Porque en Argentina el fútbol femenino se profesionalizó sólo para los equipos de Primera A, que son 16 y están ubicados en Buenos Aires, y los sueldos a los que accederán las jugadoras serán de un promedio de 13 a 15 mil pesos argentinos como mínimo (NdeR: la profesionalización anunciada por la AFA aún no se implementó en todos los clubes). Pero Vanina no se entrena todos los días por la plata, ni los premios, ni los spónsors -que por fin empiezan a aparecer en el fútbol femenino local-. Vanina juega porque, aunque alguna vez se hartó y desilusionó de ponerle tanto el cuerpo, ama el fútbol. Y es ganadora en todas las canchas.