Maradona y la fractura social que le costó a Italia ganar el Mundial en casa

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Diego Maradona - Italia 1990
El 'pelusa' agitó la segregación social en Italia 90 frente a los anfitriones, que mordieron el anzuelo... pero Argentina tampoco logró ser campeona.


EL MUNDIAL Y LA POLÍTICA

Ninguna cepa de racismo suele traer nada bueno. Así que cuando se agita la segregación hay que tener muy en cuenta que puede volverse en contra en el momento más inesperado. Algo así le sucedió a la selección argentina en el Mundial de Italia 90, cuando Diego Armando Maradona intentó aprovecharse de las viejas rencillas entre las gentes del norte y el sur de Italia para allanar el camino a la final en la que debía repetir el éxito que la 'albiceleste' logró cuatro años antes, cuando se proclamó campeona del mundo en México 86. En Italia, sin embargo, las cosas acabaron de una forma muy distinta a pesar de que al 'pelusa' la jugada le salió bien inicialmente.

oscar ruggeri diego maradona italia 1990

Maradona sabía mejor que nadie que el punto más débil de una selección italiana que marchaba con paso firme hacia la final era la dispersión social de un país partido en dos. Como futbolista del Napoli había vivido muchos episodios en los que se ponía de manifiesto el odio de los norteños hacia los sureños, encarnados futbolísticamente en el cuadro partenopeo, el único club del sur capaz de ganar el 'scudetto'. A menudo el Napoli y la mayoría de equipos del sur habían sufrido en sus carnes el desprecio de una parte de los aficionados del norte, que recibían a Maradona y sus compañeros con pancartas en las que se podía leer "lavaos" o "bienvenidos a Italia".

Es por eso que Maradona sabía perfectamente lo que hacía cuando, antes de la semifinal mundialista, soltó que "solo quiero que respeten a los napolitanos, tanto mis compañeros como yo sabemos que son italianos, no pretendemos que nos animen a nosotros, pero los demás italianos también deben entender que los napolitanos son tan italianos como ellos". Sabía muy bien qué estaba haciendo: provocar que la fractura social italiana saliera a la superficie y debilitara a la selección. Italia, cuando va a una, suele ser imparable, como demostró en los mundiales de 1982 y de 2006 que ganó contra todo pronóstico tras sendos escándalos futbolísticos, y Maradona no hizo más que torpedear esa unidad.

Funcionó a medias. Porque la semifinal entre ambas selecciones iba a disputarse en el estadio San Paolo de Nápoles, más cercana a la estrella de su club que a su propio país. Y a pesar de que los napolitanos recibieran a su ídolo con una pancarta que aseguraba "Maradona, Napoli te ama pero Italia es nuestra patria", lo cierto es que la semilla de la discordia ya estaba sembrada. Muchísimos napolitanos apoyaron aquel día a la Argentina de Maradona por delante de una Italia que muy a menudo les despreciaba. La selección italiana, que hasta entonces siempre había jugado en Roma, no se encontró cómoda ya desde el momento en el que abandonó el hotel de concentración. Incluso hubo pitos al himno italiano -también al argentino- de parte de su propia afición y Argentina acabaría clasificándose para la final tras una ronda de penaltis en la que Roberto Donadoni y Aldo Serena fallaron sus lanzamientos. Pero en la final de Roma la 'albiceleste' acabaría pagando la osadía del 'pelusa'. 

Porque Maradona ya no jugaba en casa y los aficionados romanos recibieron a la selección argentina y a su himno con una estruendosa pitada que enfureció al 'diez', incapaz de encontrarse en el terreno de juego y de igualar el gol con el que Andreas Brehme resolvió la final a favor de Alemania Federal, que levantó su tercera Copa del Mundo. Poco importó que muchos de los aficionados en el Olímpico de Roma tuvieran vínculos familiares directos con Argentina. Maradona había ido demasiado lejos y tras aguarle la fiesta a la afición 'azzurra', que se veía campeona en su propia casa, no iban a ponerse de parte de un jugador tan amado en el sur como odiado en el norte del país de la pizza. Al final, ese es un Mundial para el olvido tanto para italianos como para argentinos. Capítulos como este desaconsejan servirse del racismo que impregna la sociedad bajo ninguna circunstancia. La factura a pagar suele resultar bastante cara.

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