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Lineker All Of FameGetty Images
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Gary Lineker, el delantero que siempre pensó un paso por delante y elevó el gol a la categoría de arte

Jugara donde jugara, marcaba sin parar. Ganó la Bota de Oro en el Mundial de 1986 y construyó una carrera sin una sola tarjeta amarilla: Gary Lineker entra en el Hall of Fame.

A veces, la clase de un jugador mundial reside precisamente en la capacidad de no exhibirla. En hacer que algo difícil parezca sencillo. Gary Lineker era ese tipo de futbolista: sin movimientos innecesarios, sin trucos para impresionar y nunca exagerado. Para marcar la diferencia le bastaban unos pocos metros, a menudo apenas unos segundos y, a veces, un solo toque de balón.

Su mayor virtud estaba en lo que ocurría antes de que el balón le llegara. Lineker miraba, veía lo que iba a pasar y se ponía en movimiento. Mientras otros aún reaccionaban a la situación, él parecía saber ya cómo se iba a desarrollar la jugada. Poseía el secreto de los grandes delanteros del área: una especie de reloj interno que iba unos segundos por delante del resto. Una cualidad difícil de medir y aún más difícil de enseñar.

En la Antigüedad lo habrían llamado ars celare artem: «el arte de ocultar el arte». Era una idea a la que Quintiliano concedía mucho valor. En Lineker se convirtió casi en una filosofía futbolística. No tenía la enorme fuerza del nueve clásico ni tampoco la calidad técnica de los jugadores más habilidosos. No necesitaba regatearse a media defensa y rara vez buscaba un gol imposible. Hacía algo que parecía mucho más simple: estaba en el lugar al que iba a llegar el balón. Antes que el defensa. Antes que el portero. A veces, incluso antes de que un compañero hubiera decidido pasarle la pelota.

Por su deportividad y por la manera en que interpretaba su papel de delantero, se ganó el apodo de «caballero ante el gol». En lugar de entrar en el duelo con los defensas, simplemente intentaba anticiparse a ellos.

Y los goles llegaban por sí solos. Marcó en Inglaterra, en España e incluso en Japón, donde puso fin a su carrera. También fue especialmente certero con Inglaterra, sobre todo cuando el escenario se hacía más grande y los rivales empezaban a acusar el cansancio. En el Mundial de 1986 marcó seis goles, y cuatro años más tarde, en Italia, otros cuatro. Con diez tantos mundialistas, se convirtió en el primer inglés en alcanzar esa cifra.

El hijo del verdulero

Antes de que el mundo conociera ese rostro eternamente amable y esas celebraciones casi siempre contenidas, Gary Winston Lineker era simplemente el hijo de un verdulero de Leicester. Nacido el 30 de noviembre de 1960, creció ayudando a su padre Barry en el mercado de la ciudad. Sus dos grandes pasiones eran dos deportes típicamente ingleses: el fútbol y el críquet.

Durante un tiempo no estuvo nada claro cuál de los dos sería su futuro. «Tuve una infancia feliz y despreocupada», contó muchos años después a The Observer. «Desde los once hasta los dieciséis años pensé que tenía más posibilidades en el críquet que en el fútbol», dijo en una entrevista con The Independent.

Barry se levantaba a las cuatro de la mañana para ir al mercado mayorista. Allí compraba fruta que durante el día vendía en el mercado de Leicester. Por la noche volvía a casa para hacer la administración. Otra imagen de la infancia de Lineker resulta al menos igual de reconocible: él jugando al fútbol en el jardín de casa. «Mi vida siempre ha girado en torno al deporte», explicó a The Observer.

Sin embargo, en la escuela hubo quienes dudaban de que Gary pudiera construirse ese futuro. No tenía el físico que haría pensar en un deportista de élite y, cuando decidió centrarse en el fútbol, algunos profesores le aconsejaron escoger una profesión más segura.

Por suerte, Leicester vio algo que otros no veían. En 1976 ingresó en la cantera del club. Lineker tenía solo quince años: delgado, liviano y todavía a años luz del delantero que más tarde aterrorizaría a defensas de todo el mundo. Pero ya poseía algo que ningún gimnasio habría podido darle jamás: sentido del espacio y del tiempo.

En el informe de su diploma, que obtuvo en 1977, algunos profesores escribieron que «el chico se centra demasiado en el fútbol» y que por ello «nunca podría ganarse la vida». Fue una de esas valoraciones erróneas de las que está llena la historia del deporte: un juicio que quizá en ese momento parecía lógico, pero que con el tiempo se reveló completamente fuera de lugar.

Jock Wallace vio sus cualidades futbolísticas mejor que nadie y unos años más tarde le concedió su debut en el primer equipo. «Nadie podía imaginar lo que llevaba dentro ese chico», contó el técnico escocés en 1986 a El País. «No llamaba la atención. Podías mirarlo todo el tiempo que quisieras, pero no destacaba en absoluto. Aun así, yo sabía que tenía algo: llevaba dentro a un goleador.»

Lineker debutó con el primer equipo el día de Año Nuevo de 1979, contra el Oldham Athletic. Al principio todavía había poco de espectacular en su juego. Tuvo que esperar, crecer, hacerse más fuerte y ganarse su sitio. Cuando por fin lo consiguió, empezó a marcar con la regularidad que más tarde se convertiría en su sello. Ayudó al Leicester a regresar a la máxima categoría y, temporada tras temporada, se convirtió en el gran favorito de la afición en Filbert Street.

En la temporada 1983/84 marcó 22 goles de liga. Un año después llegó a 24 tantos y fue máximo goleador de la First Division junto a Kerry Dixon. En Leicester empezaron a darse cuenta de que Lineker se le quedaba pequeño al club. Su talento necesitaba un escenario mayor.

Cuando se marchó de The Foxes en el verano de 1985, su cuenta ascendía a 103 goles en 216 partidos, repartidos en siete temporadas: cuatro en la Second Division y tres en la First Division. El Everton fue el que se llevó el gato al agua y lo fichó. The Toffees eran por entonces los vigentes campeones de Inglaterra y pagaron unas 800.000 libras, el equivalente a algo menos de un millón de euros. Así incorporaron a Lineker como sustituto de Andy Gray, de quien esperaban heredar la producción goleadora. Lineker respondió de la forma que más le gustaba: marcando.

Premier League Hall of Fame 2025Getty Images

Un año para irrumpir

En el Everton solo necesitó una temporada para dejar una impresión para la que muchos futbolistas necesitan toda una carrera. Marcó 40 goles en 57 partidos en todas las competiciones, 30 de ellos en la liga, y fue máximo goleador de Inglaterra por segundo año consecutivo. El Everton terminó segundo en la First Division y perdió la final de la FA Cup contra el Liverpool, pero Lineker ya había irrumpido definitivamente al más alto nivel.

Lo llamativo es que la temporada más productiva de su carrera en Inglaterra no le reportó ni un solo título. Sí le dio, en cambio, algo quizá aún más importante: un lugar entre los grandes delanteros de Europa.

Mientras tanto, Lineker también empezaba a ser cada vez más importante para Inglaterra. Su debut con la selección data del 26 de mayo de 1984, cuando el seleccionador Bobby Robson le hizo saltar al campo en Hampden Park contra Escocia. Tiene 23 años y, desde luego, aún no carga con la carrera internacional que cabría esperar de una futura estrella mundial. También su lugar en The Three Lions tuvo que ganárselo paso a paso.

Su primer gol con Inglaterra lo marcó al año siguiente. A medida que se consolidaba definitivamente en Leicester y en el Everton, su papel en el equipo de Robson también se hacía cada vez mayor. En el verano de 1986, Lineker ya no era una alternativa, sino el delantero centro sobre el que Inglaterra podía construir sus ambiciones. Con 25 años se encontraba en el punto más alto de su desarrollo. Solo faltaba una cosa: un escenario lo bastante grande para mostrarle al mundo lo que Inglaterra ya había descubierto. Ese escenario sería el Mundial de 1986, el torneo que cambiaría para siempre su estatus como internacional.

Pero la aventura inglesa en México empezó de todo menos bien. Lineker llegó con un antebrazo roto y el equipo de Robson también tuvo un mal arranque: una derrota contra Portugal y un empate sin goles frente a Marruecos. Después de dos partidos, Inglaterra tiene un punto, todavía no ha marcado ni un solo gol y corre un riesgo real de eliminación.

Para seguir adelante, Inglaterra tiene que ganar a Polonia. Lineker solo necesita 34 minutos para lograrlo. Primero culmina un pase de Gary Stevens y supera al portero. Después marca el 2-0 tras un centro raso de Steve Hodge. Por último, aprovecha una desafortunada intervención de Józef Młynarczyk y completa su hat-trick. Tres goles en una sola parte bastan para enviar a Inglaterra a octavos de final. De un plumazo, Lineker se ha catapultado como una de las grandes figuras del torneo.

Años más tarde, el propio Lineker señalaría precisamente aquel hat-trick como el mejor momento de sus dos Mundiales. «No porque fueran grandes goles», matizó en la web de la FIFA. «En realidad, creo que mis goles nunca lo eran.»

La modestia era, al fin y al cabo, una de las grandes virtudes de Lineker. Incluso cuando miraba atrás y hablaba de sus propias cualidades, parecía preferir esconderlas un poco. En México todavía marcó dos veces más, en los octavos de final contra Paraguay, con lo que elevó su cuenta a cinco goles en dos partidos. En cuartos de final esperaba Argentina. Y la historia esperaba a Lineker.

FBL-MEXICO-WORLD CUP 1986-MOROCCO-ENGLANDGetty Images

Lineker se inclina ante Maradona

22 de junio de 1986, estadio Azteca de Ciudad de México. Hay partidos que simplemente figuran en el calendario. Otros acaban convirtiéndose en algo que trasciende ese calendario. Argentina contra Inglaterra es uno de ellos.

Maradona solo necesita cuatro minutos para regalarle a la historia del fútbol dos imágenes que permanecerán para siempre en la retina y que apenas se pueden reconciliar entre sí. Primero engaña a Peter Shilton con lo que él mismo más tarde llamaría la «Mano de Dios». Después llega su obra maestra, el «Gol del Siglo»: Diego arranca desde su propio campo en una acción individual y convierte once segundos en una obra de arte. Más de cincuenta metros, cinco rivales superados, entre ellos Shilton, y finalmente el balón en la portería vacía.

El engaño da paso a la pura clase. Es la demostración definitiva del diez, el número 10 que enamoraría al mundo con su juego y llevaría a Argentina al título mundial. ¿Y Lineker? Lo ve todo desde el otro lado del campo y poco puede hacer contra ello. Años después confesaría en la web de la FIFA: «Por primera vez en mi carrera, sentí ganas de aplaudir un gol de un rival.»

Sin embargo, aquella tarde no termina con los dos goles del número 10 argentino. A falta de cinco minutos, John Barnes, con quien Gary había desarrollado una excelente conexión, desborda por la izquierda. Pone el balón al segundo palo y Lineker hace lo que siempre hacía: está ahí. Un cabezazo, 2-1.

Poco después, Barnes arma prácticamente la misma jugada una vez más y, por un instante, parece que la historia le concede a Inglaterra una oportunidad más. El delantero del Everton vuelve a lanzarse sobre el centro, pero esta vez no basta.

Argentina sigue adelante. Maradona se proclama campeón del mundo. Pero Lineker también se lleva algo: gracias a su gol contra La Albiceleste termina como máximo goleador del Mundial, como primer inglés de la historia, y gana la Bota de Oro. Fue la respuesta definitiva para todos los que años antes habían dudado de si aquel chico enclenque tenía futuro en el fútbol. Como siempre: en silencio, sin demasiado ruido.

Lineker, rumbo al Barcelona

Cuando el Mundial de México termina, el Barcelona ya le está esperando. Terry Venables, al igual que Lineker inglés, quiere llevarlo al Camp Nou. El club catalán paga por él unas 2,8 millones de libras, equivalentes a más de 3 millones de euros al valor actual.

Otro idioma, otro clima, otra forma de jugar al fútbol. Pero nada cambia en la costumbre de Lineker. En su primera temporada en Cataluña marca 21 goles en todas las competiciones. Y, sobre todo, anota tres veces en el partido que para muchos aficionados del Barcelona es más importante que cualquier otro.

El 31 de enero de 1987, el Camp Nou acoge el Clásico contra el Real Madrid. Lineker marca tres veces y el Barcelona gana por 3-2. Con ese partido, inscribe definitivamente su nombre en la historia del Barça.

Su etapa en el Barcelona dura tres temporadas. La Liga se le resiste, pero en 1988 Lineker sí gana la Copa del Rey y un año más tarde la Recopa de Europa. En total, marca 52 goles en 138 partidos oficiales.

En 1988 cambia algo. Johan Cruyff se convierte en entrenador del Barça y construye el equipo en torno a su propia visión del fútbol. Lineker también empieza a jugar más a menudo como extremo, lejos de la portería y de los espacios en los que su sentido del tiempo y la anticipación mejor se expresaban.

Sigue marcando, pero entiende que su futuro ya está en otro lugar. Por eso, en el verano de 1989 llega el momento de volver a casa.

Gary Lineker Signs for Tottenham Hotspur 1989Getty Images

Italia 1990 y la FA Cup en Wembley

Terry Venables le espera, ahora como entrenador del Tottenham. Lineker continúa donde lo había dejado: 24 goles en su primera temporada de liga y, de nuevo, el título de máximo goleador.

Llega entonces su segundo Mundial, en plena segunda etapa en Inglaterra. Italia 1990 es distinto a México. Lineker ya no es el nombre sorpresa que aparece de repente en el gran escenario. Es el delantero centro experimentado de una selección inglesa que cada vez empieza a creer más que puede llegar lejos.

Marca en el partido de la fase de grupos contra Irlanda, en el estadio Sant’Elia de Cagliari. Ese mismo partido también deja el momento más embarazoso de su carrera. Por problemas intestinales, en la segunda parte se ve obligado a hacer sus necesidades en el campo. Años después lo contaría con su habitual ironía: «Intenté presionar a un rival, hice demasiada fuerza, me relajé y… ¡mhhhhhh! Después de que pasara, tuve más libertad de movimiento que nunca en un partido. ¡Nunca había visto a unos defensas mantenerse tan lejos de mí!»

Tras dejar atrás aquel incómodo incidente, la estrella del Mundial de 1986 marca dos penaltis contra Camerún en cuartos de final. En semifinales, en Turín, espera Alemania Occidental. Andreas Brehme adelanta a los alemanes, pero a falta de diez minutos Lineker empata. Llega la prórroga y después los penaltis.

Stuart Pearce y Chris Waddle fallan. Inglaterra se queda a once metros de la final, mientras que Lineker se queda en cuatro goles. Se le escapa la posibilidad de volver a ser máximo goleador del torneo. Pero con sus diez tantos mundialistas sí se convierte en el primer inglés en alcanzar la barrera de los diez.

De aquella derrota nació una de las citas futbolísticas más famosas de todos los tiempos: «El fútbol es un juego sencillo: 22 hombres corren detrás de un balón durante 90 minutos y, al final, siempre ganan los alemanes.»

La frase se convirtió en una verdad futbolística repetida hasta la saciedad. A veces hace falta una derrota dolorosa para que una sentencia se vuelva inolvidable.

Un año después llegó por fin un título. El Tottenham derrotó al Nottingham Forest por 2-1 tras la prórroga en la final de la FA Cup en Wembley. Lineker no marcó y además vio cómo le detenían un penalti, pero aun así el partido significó el final de un periodo especial. Por una vez, no necesitó ser él quien asumiera el papel principal. A veces basta con estar ahí en el momento adecuado.

Un año después también llegó el final de su carrera internacional. Lineker acudió con Inglaterra a la Eurocopa de 1992, a un solo gol del récord de Bobby Charlton. En el último partido de la fase de grupos contra Suecia, con Inglaterra aún peleando de lleno por una plaza en la siguiente ronda, el seleccionador Graham Taylor lo retiró en la segunda parte.

Lineker salió del campo sin saber que nunca volvería a vestir la camiseta de Inglaterra. La persecución del récord de Charlton terminó ahí: 48 goles en 80 partidos internacionales. Con ello, sigue ocupando el cuarto lugar en la lista histórica de máximos goleadores de Inglaterra.

El último capítulo

En 1992, a los 31 años, Lineker eligió un destino que en aquella época era bastante poco habitual para un gran futbolista europeo de su nivel: Japón. El delantero de Leicester firmó por el Nagoya Grampus Eight y se convirtió en una de las estrellas internacionales que debían poner a la nueva J.League en el mapa.

Sin embargo, su cuerpo empezó a fallarle cada vez más. Las lesiones le dejaban fuera con más frecuencia y, en 1994, a los 33 años, llegó el momento de parar. Después de 23 partidos y nueve goles en Japón, Lineker puso punto final a su carrera profesional. Había disputado casi 650 partidos con club y selección y marcado más de 300 goles.

Hoy en día no solo se le recuerda por sus goles, sus títulos de máximo goleador y sus grandes éxitos. También hay otra cifra que quizá diga más sobre él que cualquier otra.

Es el cero: cero tarjetas rojas, cero tarjetas amarillas. En toda su carrera profesional. Un récord casi inimaginable para un delantero que durante quince años libró la batalla con los defensas, pero que al mismo tiempo lo dice todo sobre la manera en que Gary Lineker jugaba al fútbol.

Lo que hizo especial al delantero de Leicester durante toda su carrera fue una pequeña ventaja: unos pocos metros, unos pocos segundos. Lo suficiente para llegar antes que sus rivales, y a veces incluso que sus propios compañeros, y mandar el balón a la red. Ese era su arte.


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