Cuánto mide Messi: historia de su tratamiento y los problemas de crecimiento

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Cómo la crisis argentina complicó la posibilidad de que el rosarino se tratara en su país. Cómo la familia tuvo que partirse por un sueño.

La literatura de cómics con superhéroes tuvo una fórmula que sirvió como antídoto social: todo imbatible tiene un punto débil. El endocrinólogo Diego Schwarztein asesoraba al cuerpo médico de Newell’s y recibió un llamado: había un chico en las inferiores sobre el que había algunas preocupaciones porque todos sus compañeros crecían y él no. Hubo una consulta médica, unos estudios y apareció el primer embudo que tuvo que pasar: definir si existía una solución o no, si había un problema de crecimiento o había un cuerpo simplemente pequeño. Lionel Messi, un crack con la pelota y un púber que no desarrollaba su pubertad, se enfrentaba a su primera kriptonita. Los estudios dieron bien y arrancó el tratamiento de los pinchazos diarios para incorporarle al cuerpo las hormonas que no estaba desarrollando para poder crecer. 

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-Yo creo que si vas y le preguntás si lo peor que le pasó fue tener que ponerse inyecciones todos los días, estoy seguro que te va a decir que no.
-¿Y qué va a decir?
-Probablemente te diga que lo peor debe haber sido dejar su barrio, tener que separar a su familia, estar un tiempo sin jugar por el problema de su pase. No el tratamiento.

Schwarztein fue el hombre clave para el crecimiento de Messi durante dos años y medio. Como es futbolero y como es hincha de Newell’s, en cada consulta, se pasaba unos ratos escuchando los relatos del paciente que contaba fecha a fecha cómo iba el campeonato de inferiores y cuántos goles y cómo los iba haciendo ese 10 del que era imposible pensar que iba a convertirse en el mayor ganador de Balones de Oro de la historia. La afinidad y su experiencia en ver chicos le permitió entender que Messi tenía preocupación por el fútbol y por eso que la vida, años después, catalogó como bullying, en esa fijación de la especie humana de andar molestando a los gordos, a los miopes y a los enanos.

Pero a los dos años y medio, a Messi le apareció su segunda kriptonita. En la historia de un pibe que es único, resulta injusto no plantear que esta vez no era un tema simplemente de los superhéroes y sí de un enorme sector de la sociedad: las políticas ecónomicas neoliberales de los años 90 en Argentina, en 2000, hicieron explotar al Estado y, desde ahí, todo tipo de prestaciones construidas por los gobiernos o por las empresas o por sus apéndices. La figura del Barcelona, sin dudas, fue víctima de una crisis económica que sucedió en Argentina y que para las familias de clase media como los Messi fue tremenda. La receta que el 10 necesitaba, en un principio, las pagaba una obra social que comenzó a fundirse y, para salvarse, decidió eliminar algunas prestaciones a sus afiliados: una de ellas fue el de financiar la medicación para suplir ese tipo de hormonas. El papá de Lionel, además, empezó a tener grandes problemas con su trabajo, como otros tres millones de argentinos. Eso sumado a que la droga costaba 1300 dólares por mes y que, tiempo después, con la devaluación del peso en Argentina, hubiera sido muy difícil de costear. Todos entramados que, obviamente, Lionel no estaba en condiciones de entender, pero sí de sentir, sabiendo que quedaba resolver un 30% del procedimiento médico.

“No es que le hubiera pasado algo en su salud porque abandonarlo a mitad de término no dejaba secuelas, pero hubiera sido mucho más bajo que lo que terminó siendo”, aclaró el médico, ahora, desde su consultorio en Rosario, donde lo llaman de todo el mundo cada vez que el 10 de Barcelona tiene una lesión para preguntarle si eso es culpa suya -lo que siempre es mentira-. La familia Messi empezó a desesperarse. Jorge, el papá de Lionel, comenzó a moverse para encontrar una manera de seguir pagándolo, pero un entramado micropolítico complejo de Newell’s hizo que el club decidiera no financiarlo -además de las realidades económicas que azotaban a Argentina-. No aparecía dinero desde ningún lado. De hecho, lo llevaron hasta Buenos Aires, lo probaron en River, lo aceptaron luego de verlo jugar los últimos cinco minutos de una práctica, pero tampoco decidieron invertir en el pequeño crack. Y ahí, apareció la posibilidad de ir a Barcelona, que tampoco fue nada fácil para la cabeza del pequeño 10, que se vio envuelto en una pelea entre el club, su papá y una serie de intermediarios que lo dejaron casi un año sin poder competir oficialmente.

Muchos años antes, cuando Schwarztein terminó la carrera de medicina, viajó a Catalunya a especializarse en endocrinología. Como no hay historia extraordinaria sin vueltas extraordinarias en cada detalle, cuando se enteró que Messi seguiría su carrera en Barcelona, se ocupó de contactar a quien había sido su formador allá y los unió para que Lionel estuviera cuidado por alguien de su confianza. Arrancó la parte más dura. El 10 viajó con su papá a vivir a Barcelona, su mamá y sus hermanos quedaron en Rosario, sus amigos siguieron en la cuadra Estado de Israel, dejó la escuela a la que iba y la imbatible categoría 87 de Newell’s perdió a su crack. Messi dejó de ver hasta a esa chica de la que ya estaba enamorado porque, en esos años, había conocido a Antonella Rocuzzo, prima de su compañero de equipo Lucas Scaglia, que terminó siendo su pareja y la madre de sus hijos.

La cura, en Barcelona, llegó y se completó ese 30% que faltaba. Lo financió el club catalán y terminó llevando a Messi a la estatura natural a la que su cuerpo podía llegar. Si no hubiera seguido el procedimiento médico de los pinchazos diarios -que sigue siendo igual, aunque ahora las agujas traen incorporada la medicación en un pequeño aparato que parece un marcador indeleble de punta gruesa-, no hubiera desarrollado las hormonas necesarias para seguir creciendo y, quién sabe, qué hubiera pasado con la vida de Guardiola, de Xavi, de Iniesta y de las cuatro Champions League que el Barça ganó desde que apareció Messi. 

Cuando llegó por primera vez al consultorio, medía 127 centímetros y tenía nueve años: terminó midiendo 169, dos centímetros más que Diego Maradona, algo que no es simplemente un dato estadístico sino la consecuencia de una promesa. Cuando Schwarztein descubrió que la kriptonita tenía solución dijo eso: “No sé si vas a ser mejor que Maradona, pero vas a ser más alto”.

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