Entre bostezo y bostezo, una pepita de oro

Antoine Griezmann Barcelona Napoli
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Ruben Uria Blog

Sólo un optimista incurable puede asegurar que este Barça, jugando así, puede ganar la Champions. Messi, que sabe de esto, lo tiene claro: si no hay mejora, a este equipo no le alcanza para ganar esta competición. Al menos, ahora mismo. Hay quien disfruta comparando el Barça de Setién con el de Valverde y más allá de las filias y fobias que uno y otro puedan suscitar entre afición y periodismo, sólo existe un rasgo común entre ambos equipos: los dos se sostienen por la capacidad milagrera de Ter Stegen y Messi. El alemán siempre salva los muebles y el argentino es el único capaz de eliminar rivales en los metros de la verdad. A Valverde se le echó en cara que el juego no estaba a la atura de las expectativas, incluso teniendo buenos resultados. Y Setién llegó prometiendo algo imposible, que su equipo jugaría bien, cuando hasta la fecha, su Barça tiene más resultados que juego.

Más allá del revisionismo, de la propuesta y los resultados, quedan los hechos, que son inopinables. Al grano: debatir sobre el estilo es tan espinoso como libre. Lo que no admite debate es que el fin último del fútbol es rematar a portería. Si no se dispara, es imposible ganar. Si el fútbol no tuviera porterías, el primer tiempo del Barça de Setién en San Paolo sería ser materia obligatoria en el programa de estudios de Harvard. Plano, previsible, estático y sin profundidad, entre bostezo y bostezo, el Barça transmitía entre poco y nada. Como el fútbol tiene porterías, Mertens aprovechó una cadena de favores de Junior, Umtiti y Semedo, se fabricó el espacio, armó la pierna y a cobrar. Previo paso por la ducha y con algunos fantasmas por espantar, y como la suerte suprema de este deporte es el gol, habái que esperar la réplica azulgrana. Se hizo esperar, pero llegó. Más vale tarde que nunca, así que cuando la culerada mendigaba un remate que llevarse a la boca, apareció el camino hacia el gol. Fue en una gran jugada – al fin, toque más profundidad-, producto de exquisitez de Busquets, que filtró un pase milimétrico al espacio que Semedo interpretó para romper en velocidad, para que Griezmann la mandase a guardar. Un disparo y un gol fuera de casa. Entre bostezo y bostezo, una pepita de oro.

Después apareció el milagro diario de Ter Stegen – esta vez a Callejón-, más tarde llegó la chiquillada imperdonable de Arturo Vidal autoexpulsándose y de propina, la lesión de Piqué en el alargue. El primer asalto fue combate nulo. En cuanto al juego, las dudas del Barça siguen. Y en cuanto al resultado, el gol de Antoine vale un tesoro. En mitad de un mar de dudas, en el horizonte del Barça hay dos certezas: la primera, que si no mejora mucho será complicadísimo pensar en ganar esta Champions; y la segunda, que el Barça de Valverde y el de Setién tienen algo en común: dependen de los milagros recurrentes de Ter Stegen y de Messi. 

Rubén Uría

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