Cuando el fútbol fue la señal de vida más fuerte

Comentarios()
Secuestrado por la dictadura y torturado, Héctor encontró parte de su fuerza en un abono para el Mundial y un partido de Boca que escuchó por radio.

Las manos atadas, los ojos vendados. Al principio, no terminaba de entender si se trataba de un sueño, una pesadilla. Después, cuando vivir secuestrado se volvió una rutina, empezó a olvidarse de su costado humano. Todavía vestía el pantalón de pijama que llevaba cuando esa madrugada lo sacaron de la cama, de su cuarto, de la casa de su familia, en Devoto. En los pies, nada. La piel, cubierta de costras, ya no sabía cómo quejarse de los golpes de electricidad que llegaban una y otra vez. Tapado por una manta que le habían dado hace poco, se sentía un perro. Lo único que hacía era comer y mear en una lata gigante de aceite que compartía con el resto de los que estaban tirados alrededor de él. Aunque había varias personas en el mismo ambiente, el silencio era una costumbre. Pero, ese domingo, la guardia tenía la radio prendida. Y él pudo concentrarse en el relato, que llegaba con claridad. Boca perdió 2 a 1 contra Temperley, por la 36° fecha del Metropolitano de 1977. Estaba enojado, indignado.

"¿Cómo puede ser que perdamos este partido? ¡Había que ganarlo sí o sí! ¡Así no vamos a salir campeones! Si River gana su partido, nos saca demasiada ventaja, ¡la puta madre!".

Cuando pasó la furia, llegó la comprensión, el entendimiento. Héctor Novera estaba seguro de dos cosas. La primera, que él iba a salir vivo de El Vesubio, el centro clandestino en el que estaba secuestrado hacía casi un mes. La segunda, que las torturas no habían sido suficientes para quebrarlo.

Si se enojaba por un partido que había perdido Boca. Si calculaba cuántos puntos debía sacar el equipo del Toto Lorenzo para dar la vuelta. Si le daba bronca que su gran amor, que hacía no demasiado había ganado la Copa Libertadores, perdiera ante un equipo menor. Entonces, el panorama se le planteó muy claro: todavía no lo habían roto. Estaba dispuesto a más. Estaba dispuesto a todo.

“¡Qué lindo, qué lindo, qué lindo que va a ser, el Hospital de Niños en el Sheraton Hotel!”

Cuba. Vietnam. El Mayo francés. Los pueblos colonizados que despertaban en Asia y África. Salvador Allende. Los tupamaros. El Che Guevara. En el Nacional 12 de Reconquista, de Villa Urquiza, fue uno de los líderes de una toma. En la época de la Revolución Argentina, un golpe de Estado que terminó de encabezar Alejandro Agustín Lanusse, de 1971 a 1973, las restricciones para un alumno secundario eran varias: los contenidos de las materias estaban censurados, no se podían hacer actos en apoyo a diferentes corrientes políticas, era imposible llevar el pelo largo. 

En su casa se discutía de política. Sus papás habían sido sobrevivientes del Holocausto, en la Segunda Guerra Mundial. La mamá pudo resistir Auschwitz. El papá relució todo su instinto de supervivencia: logró aflojar una tabla de un tren en el que lo transportaban a un campo de concentración. En movimiento, y consumido por el pánico, saltó. Recibió algunos tiros en la espalda. Volvió a su pueblo, Hailufka, en el oriente de Polonia. Lo curaron y le pidieron por favor que se vaya. Un tiempo después, llegaría a la Argentina. El destino lo cruzaría con Liza, quien terminaría siendo su mujer. Los dos quedaron con marcas imposibles de borrar: él, con heridas en la espalda. Ella, con el número 33502 tatuado en el brazo izquierdo.

Sabían de la lucha, de imponerse. Aunque no todo el tiempo se hablaba de esos temas, el efecto resistencia merodeaba en el aire de la casa de los Novera.

Para Héctor, eran tiempos en los que había que ser muy poco sensible para no involucrarse.

Cuando llegó a la facultad y se anotó en la carrera de derecho de la Universidad de Buenos Aires, nada cambió: "Me pareció que podía ser una herramienta de justicia. Después me di cuenta que no era más que una superestructura que establece relaciones de poder. Me fui desilusionando. La terminé, pero nunca ejercí". Se metió en la Federación Juvenil Comunista, en el centro de estudiantes. Como en el canto del Hospital de Niños con el Sheraton, le parecía que el comunismo podía ser la herramienta para modificar la estructura: "Era la mejor opción que veía en esa época. El peronismo era un partido reformista que no iba a poder cambiar nada por ser una mezcla. Y el radicalismo, una fuerza que no solía cuestionar al poder".

Había un debate abierto que no se tomaba descanso. Todo estaba en discusión: la facultad, la familia, la vida. Aunque los años le hicieron sentir que su inocencia romántica era un "gran error de apreciación", creía que lo imposible estaba a la vuelta de la esquina. 

Después de la "primavera camporista", como él llama al breve mandato como presidente de Héctor Cámpora, y la muerte de Perón, llegaron tiempos todavía más turbulentos. El golpe del 24 de marzo de 1976, del que hoy se cumplen 43 años, se dispuso a cortar con muchas libertades, pero también a sacar del juego a gente como él: estudiantes que ponían en discusión qué era lo que estaba bien y mal de la sociedad. Jóvenes que no se quedaban quietos ante la censura. Almas movedizas.

El pibe que se salvó de la tragedia

Héctor recrea su experiencia -su vida- con un nivel de detalle que asusta. Fechas, nombres, olores, imágenes, ruidos. Lo lleva todo adentro. Está sentado en su oficina de la estación de servicio de la que es dueño, en Villa Crespo. En una de las paredes hay un cuadro que parece describirlo a él mismo. Es una ilustración. Un hombre está perdido en una isla. Cuando toma un caracol inmenso de la arena y lo acerca al oído, sólo le sale decir: "¿Cómo salió Boca?". 

El concepto del dibujo es un chiste, pero a Héctor no le resulta para nada anormal.

Le mintió a toda su familia: les dijo que se iba a jugar a la pelota al parque Saavedra. Subieron al colectivo, una de esas líneas (¿21? ¿114? ¿28?) que iba por la avenida General Paz y, en vez de bajarse en la plaza, siguieron de largo hasta la estación Rivadavia.

Las entradas para menores, que valían 20 pesos (algo así como 0,20 centavos de dólar), se habían agotado. Héctor no se rindió. Caminó un poco más por los alrededores de la cancha. Se movió, habló, organizó. Al final, se juntó con otros cuatro chicos que querían entrar. Convencido de su liderazgo y satisfecho por su iniciativa, se acercó a un control de seguridad: "Mire, señor, somos chicos que viajamos mucho para ver el partido, necesitamos entrar. ¿Si compramos una entrada de mayores nos deja pasar?". Unos minutos después, estaban adentro del Monumental. Fue el 23 de junio de 1968, una tarde helada en la que nadie iba a hablar de goles, faltas, gambetas ni de cómo jugaron River y Boca. Héctor, que ya mostraba condiciones de liderazgo y un nivel de madurez alto, tenía sólo doce años.

La masa se movía como una marea interminable, compactada por la presión de los cuerpos pegados uno a otro. A Héctor no le pareció algo anormal. Todos los partidos eran así. Se metieron entre la multitud hasta llegar a la baranda que daba al piso de abajo, donde estaban los locales. 

Vio cómo Ángel Clemente Rojas, Rojitas, le sacaba una gorra escocesa a Amadeo Carrizo, la cábala del gran símbolo de River. Una secuencia del partido, que terminó 0 a 0, le resultó imborrable. El Muñeco Madurga atacaba por la derecha y se iba derecho al gol. Carrizo salió al área grande y comenzó a mover los brazos hacia arriba y los costados, como si la jugada estuviera invalidada. El mediocampista de Boca dudó y llegó a girar la cabeza para ver si el árbitro había cobrado algo. Cuando volvió a ponerle la vista a la pelota, Carrizo la controlaba desde el piso. Fue la revancha del arquero.

Apoyado desde la baranda y apretado por una multitud, llegó a distinguir en la platea de abajo a Nicanor Costa Méndez, canciller del gobierno de Juan Carlos Onganía. Héctor vivía en una casa politizada. Los primos, los tíos y sus padres solían discutir ideas, plantear debates, sentirse activos. A él le gustaba leer el diario. Por eso lo reconoció. Tenía un bastón y estaba vestido de traje, muy formal. Intuyó que podía ser la explicación por la cantidad de policías que había para ese partido.

La gente de Boca tiraba de todo. Las botellas de vidrio de Coca Cola se llenaban de pis y volaban hacia abajo. Se percibía una violencia contenida grande, explicada, quizás, por los efectos de la dictadura, la permanente represión y el constante control. Faltaba menos de un año para el Cordobazo, uno de los estallidos sociales más grandes de la historia argentina. Algunos cantaban la marcha peronista, como símbolo de rebeldía. Había cierta resistencia a la dictadura. "¡Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar!", era otro de los cantos. No eran masivos, pero sí por grupos. Héctor sólo miraba el partido.

Uno de los botellazos que venía de arriba quedó corto y le pegó en la espalda a Pepe, un amigo que se había escapado con él. Cuando faltaban unos diez minutos le empezó a insistir a Héctor que se fueran de la cancha porque le dolía mucho. Unos segundos antes del pitazo final estaban bajando la escalera, con muy poca gente alrededor. "Escuchamos gritos, gritos, gritos. Terminamos de cruzar la calle, la policía estaba sobre la vereda del acceso a la tribuna. Cuando uno llegaba abajo, te frenabas por esa imagen. No salías espontáneamente. Con que se resbalen cinco, quedan en el piso mientras la gente baja a oscuras...los que quedaron abajo fueron las víctimas. Escuchamos sirenas. Estábamos desorientados. Encontramos el 107 que nos dejaba en la plaza Devoto", dice Héctor. Llegó a su casa. Se tranquilizó cuando vio que su hermano mayor, el único que tenía permitido ir a la cancha, también había vuelto sin lesiones.

Al otro día fue al colegio, se distrajo, se mantuvo en el nivel de inconsciencia que puede tener un chico de doce años. El lunes al mediodía, la aventura de Héctor dejó de ser un secreto. Cuando volvió a comer, su mamá y papá lo esperaban en la mesa del living.

-¿Dónde estuviste ayer?

-En la plaza, jugando al fútbol.

-¿Por qué mentís?

Un amigo de su papá había ido a verlo a su local, un comercio de artículos para el hogar que estaba justo abajo de la casa de los Noguera. "¿Cómo está tu pibe? ¿Le pasó algo?", preguntó. "No, Jorge está bien. Gracias", respondió. Y luego: "¡Jorge no! ¡Héctor! ¡Yo lo vi a Héctor en la cancha!".

Se vino una reprimenda grande, una tarjeta roja que lo dejó afuera de las canchas demasiados partidos.

Los 71 muertos, el descontrol, la falta de protección, la carencia de culpables y el análisis maduro de lo que había pasado no le llegó hasta mucho tiempo después, cuando ya estaba casado y nacieron sus hijas. Todo cambió cuando empezó a imaginar si a una de ellas, que todavía hoy lo acompañan a la cancha de Boca, les hubiera pasado lo mismo. El tiempo hizo gigante a la tragedia de la Puerta 12, la más famosa y terrible de la historia del fútbol argentino.

"El que tiene la pasión por una camiseta, y más si sos joven, nunca pensás que te puede pasar algo. He vuelto en trenes de la zona Sur tirado en el piso porque la hinchada visitante te cagaba a piedrazos en las barreras. Y la hinchada de Boca, en el subte C, era un descontrol total. Pero, sí, fue algo terrible. Fue el Cromañón del fútbol", dice.

Héctor tiene 59 años, pero todavía exhibe parte de la picardía del nene de doce que se escapó para ver un River-Boca. Pero también es el dibujo que cuelga en una de las paredes de su oficina. Es un hombre guiado por una obsesión, un amor con el que recorrió el camino. Una fuerza imparable con la que entendió algo más de la vida: "Boca es todo. Los negros, blancos, ricos, pobres, judíos...recorre todos los ámbitos, todos los sectores".

"No había forma de tirarse atrás"

Está apurado. El celular le suena constantemente. Decide apagarlo. Tiene una alucinante precisión para los detalles y parece una biblia de la historia de Boca. En 1977, el aire no era muy diferente al de unos años atrás, en la época de Onganía. Con Jorge Rafael Videla al poder,  la historia era todavía más densa, pero con una esencia parecida: censura, falta de libertad, miedo, terror. 

"Eran tiempos en los que se seguía adelante con todos los dolores", dice Héctor a Goal. Y agrega: "No teníamos conciencia de la naturaleza de la represión que se venía. Hasta que no te toca, no tenés idea de lo que es. 'No había forma de tirarse atrás', como dijo Teresa Parodi. Me creía inmortal y sumado a mi convicción...pero estaba peleando con la dictadura".

En la cancha había que cuidarse más que en otros ambientes. En los cacheos, el control era excesivo. Héctor se había sacado la barba y tenía el pelo más o menos corto pero, cuando lo empezó a registrar un policía en las afueras del estadio de Chacarita, el efectivo le tiró: "Qué pinta de zurdo tenés vos...vos debés ser un zurdo...". Y él respondió: "No, nada que ver. Yo soy un negrito de Boca...".

Los domingos, la rutina. Se tomaba el tren a Retiro. De ahí, el 33, que agarraba por Paseo Colón. Iba a la tribuna media norte de la Bombonera, donde paraba La 12. Se impresionaba cuando lo veía a Quique, el Carnicero, el que decía qué se cantaba y qué no, cuándo se saltaba y cuando se iba a buscar a la hinchada rival. El jefe de la barra de Boca. "Verlo a él, en mi época de adolescente, impresionaba. Eran otros tiempos, de más pasión y menos negocio", dice.

Después del partido, volvían en el mismo colectivo con el que llegaban. Se bajaban en el Luna Park con destino al viejo Canal 7, en la calle Viamonte, para ver desde el estudio Polémica en el fútbol, conducido por Alejandro Apo. Volvían rápido a sus casas y se desesperaban por verse en el programa, entre las decenas de personas que ocupaban la tribunita del canal. El lunes compraba la revista El Gráfico. Tiene todos las ediciones desde 1963.

El sueño de la final

En marzo de 1977, las sucursales del Banco Nación vendían abonos con entradas para todos los partidos del Mundial 78 que se disputaran en Buenos Aires. Había que elegir entre dos paquetes: uno permitía ver el choque de inauguración. El otro, la final. Él compró el de la final. Lo guardó en un pliegue de un escritorio de cinco cajones, en el cuarto de su casa. Tenía miedo de que se lo robaran. Justo al lado, en el mismo lugar, escondió un papel con nombres y teléfonos de algunos de sus compañeros de la militancia. 

A una de las diez o doce personas las reconoció. Era un policía federal al que veía seguido por la facultad. Le decían Sérpico, como el famoso personaje de la película de Al Pacino en la que hacía de agente encubierto en algunos barrios peligrosos.

Le ataron las manos, le taparon los ojos y lo metieron en el asiento de atrás de un auto. En la casa estaban su hermano y la empleada doméstica que trabajaba para la familia. Sus padres, de viaje. Él escuchaba cómo se movían por todo el lugar, mientras estaba tirado y le pisaban la cabeza para que no llegara a ver nada. "En un momento se hace el silencio, me desacomodo la soga, me ponen una itaca en la cabeza y me dicen 'no te hagas el piola porque te vamos a hacer boleta acá mismo'", recuerda.

Con el tiempo descubrió que les habían robado todo.

Fue el 23 de septiembre de 1977, justo una semana después de que volviera de Montevideo, donde Boca salió campeón de la Copa Libertadores por primera vez en su historia. Uruguay, también en dictadura, era un país hostil: los policías estaban con palos y le pegaban a los hinchas cada vez que se paraban. Ante Cruzeiro, el Loco Gatti hizo olvidar la niebla y el frío. Fue el héroe de una noche mágica.

"En un momento los coches se frenaron y se escuchaba una discusión...se habían encontrado con algún retén del ejército o la policía...yo pensé que me podían liberar...pero no", relata. Uno de ellos le puso los pies arriba de la cabeza y la espalda. Una avenida. Un empedrado. Una pintada de la UOM (Unión Obrera Metalúrgica). 

Él no era uno de los líderes del partido, pero sí tenía una participación más o menos relevante. Cada tanto imprimía carteles y volantes de manera clandestina. Alguna vez quiso colgar una bandera gigante desde el techo de la Facultad de derecho. Era activo en su militancia. 

Le pedían nombres, direcciones, teléfonos. Él no entregaba más que información que ya sabía que tenían. Pensaba en su novia, Susana -ahora su mujer-, que la noche en la que lo secuestraron le había dicho que prefería dormir sola en su casa. También en sus viejos y amigos. Soñaba con Boca. Y tenía una gran obsesión: "Me carcomía la cabeza que me iban a afanar el abono y no iba a poder ver el Mundial...Pero, a la vez, si me afanaban eso, también me afanaban el papel con los nombres. Entonces, yo no era el Che Guevara, pero tampoco sólo el que armaba el partido de truco o de fútbol en el centro de estudiantes, se acababa mi verso".

Los mandaban al pasto para tomar algo de sol. Casi siempre se ensañaban con alguno. Le pegaban demasiado o le ponían azúcar en una herida para que se le llenara de hormigas. A la noche, ametralladoras que sonaban. Lo ponían desnudo sobre una mesa, le tiraban agua en las extremidades y le transmitían electricidad. Apuntaban a las zonas más sensibles.

Nunca terminaba de entender si estaba soñando, no distinguía la realidad. Estaba tabicado, con una capucha, sólo una lata de aceite para hacer sus necesidades. Pero ni cagar podía. Se pudo duchar una vez, de espaldas, con un hilo de agua helada de una ducha que compartía con otro secuestrado. 

-¿Dónde estamos? ¿Qué sabés?- preguntó Héctor.

-No...hace dos o tres meses que estoy acá...preparáte para mucho tiempo.

-Dame tu teléfono, tu nombre...

-Me llamo Claudio.

Nunca más lo vio.

Tuvo que soportar algunos interrogatorios tenebrosos. Él no quería mirar a la cara al oficial que tenía enfrente. Creía que, si lo terminaba de reconocer, no lo iban a dejar vivo. Lo encerraban en una habitación cubierta de telgopor y cruces esvásticas.

Pero nunca dijo nada. Resistió.

"¿Cómo iba a traicionar a un compañero y a la organización? Que sea lo que sea. Si tenés el compromiso absoluto...era inimaginable pensar que yo no iba a salir, no lo podía aceptar...con qué cara podía seguir después. Era el buchón, el traicionero, el delator. Lloraba para adentro y sentía el dolor. Si mis viejos sobrevivieron a algo tan terrible, ¿cómo no lo iba a poder hacer yo?".

El otro cumpleaños

M40. Nunca supo qué significaba, pero era su número interno. El viernes 14 de octubre, los guardias empezaron a nombrar entre sí demasiadas veces a él. M40. Le dijeron que se iba. "Achaelo", un pibe de Mendoza que estaba cerca de su lugar, le dio las zapatillas. Otro muchacho, que era del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), le regaló un bléiser azul. Lo subieron a un auto. Estaba tirado en el piso, con una venda sobre los ojos. Lo dejaron atrás de unos monoblocks, cerca de General Paz, antes de llegar a Puente La Noria.

"No te hagas el héroe, no digas nada y mejor andáte a Israel. Hasta que no escuches que nos fuimos, no te levantes".

Caminó hasta la General Paz. Le preguntó a dos oficinistas que iban con el maletín en la mano cuál era el sentido al Riachuelo. Se tomó el 28, que en esa época era marrón y verde. Los militares le habían tirado algunas monedas. Nadie le preguntó si necesitaba algo. Nadie le preguntó si estaba bien.

Se bajó una parada antes de la de San Martín y General Paz. Llegó a su casa. Tocó el timbre:

-¿Quién es?

-Héctor.

-¿Qué Héctor?

Su tío, quizás por los nervios o la ansiedad, no le reconoció la voz. A los segundos, lo entendió todo. Bajó corriendo y lo abrazó muy fuerte. Sus papás no estaban. Su viejo había ido a una comisaría, con su mujer detenida por participar de una marcha en contra del régimen. Héctor devolvió el saludo y le dio un beso a su abuelo. Y no esperó más tiempo. Corrió hacia su cuarto. Abrió el pliegue del escritorio. Y ahí estaba. El abono, intacto, la lista con los nombres de sus compañeros, también. Suspiró. Se tranquilizó. Volvió a soñar. 

Lo llevaron a la casa de un médico amigo de la familia. Estaba muy flaco, con golpes en las costillas y repleto de costras. "El 14 de octubre festejo de nuevo la vida. La vida me dio una revancha", dice Héctor. Tardó algunos meses para volver a la facultad, pero no para regresar a la cancha de Boca.

En marzo de 1978, fue al Banco Nación de San Martín, en la calle Mitre, donde cambió el voucher por las entradas. Vio todos los partidos del Mundial que se jugaron en Buenos Aires. Se enamoró de la Selección del Flaco Menotti. "El concepto de ese equipo me deslumbró", comenta. El Loco Houseman lo ayudó a gambetear la realidad. La ferocidad de Kempes lo impulsó a ir al frente. La capacidad de Ardiles fue clave para entender que se podía seguir.

El artículo sigue a continuación

"Disfrutaba sólo del fútbol. Se seguía estudiando, se iba al cine, a un restaurante, hacías el amor, te enojabas. Lamentablemente, y por suerte, se dio el Mundial en ese contexto. Yo no me iba con la banderita de plástico a festejar a la calle. Veía los partidos y volvía a mi duelo interno, a mi militancia, a mi vida", desliza Héctor.

Los años pasaron y el trauma se convirtió en experiencia y legado. A Héctor parece darle orgullo contar su historia. No tiene reparos en relatar su drama.

El fútbol está ahí. Es uno de los protagonistas. En algún momento hizo de motivador para que Héctor se sintiera más vivo y fuerte. En otro, un anhelo, un deseo. Una proyección. Por último, un remedio contra el dolor, una droga para olvidar aunque sea un poco. También un vínculo a la felicidad, a lo divertido.  Nada podía ser más poderoso que esa pasión. Sin quererlo, como algo natural, la pelota se convirtió en la señal de vida más fuerte.

Cerrar