Esas son las mismas cifras de talla mundial que ha registrado año tras año en el PSG, por lo que nadie podría negar que Mbappé se encuentra entre los jugadores más decisivos de su generación. Es implacable cuando ve la portería y, a menudo, se crea oportunidades por sí mismo, utilizando su velocidad, fuerza y agilidad sobrehumanas para eludir a los defensas a su antojo.
Por desgracia, sin embargo, a medida que ha crecido la reputación de Mbappé, también lo ha hecho su ego. El jugador de 27 años no está del todo contento a menos que sea el protagonista, y como es el activo más valioso de la plantilla del Madrid, le dan todo lo que quiere. Mbappé nunca aceptó ser el segundo de a bordo detrás de jugadores como Neymar y Ousmane Dembélé durante su etapa en el Parque de los Príncipes, y ha llegado a exigir el mismo estatus especial en el Santiago Bernabéu por delante de Vinícius Júnior y Jude Bellingham.
No es casualidad que el PSG no ganara su primera Liga de Campeones hasta después de la marcha de Mbappé. Él los hizo demasiado unidimensionales, que es el mismo problema al que se enfrenta ahora el Real Madrid. Hay que cambiar el statu quo, o de lo contrario corren un riesgo real de convertirse en meros comparsas tanto en el ámbito nacional como en el europeo en un futuro previsible.





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