A veces, el arte de un número uno consiste en saber esconder su propio arte. En hacer que parezca natural lo que no lo es, sencillo lo que para los demás es tremendamente complicado. Gary Lineker pertenecía a esta categoría de campeones: nada de gestos superfluos, ninguna concesión a una estética vacía, nunca fuera de tono. Para sobresalir le bastaban pocos metros, a menudo pocos segundos, a veces un solo toque.
Su talento vivía sobre todo en lo que ocurría antes de que le llegara el balón. Lineker observaba, intuía, se movía. Mientras los demás reaccionaban a la jugada, él parecía haber leído ya su desarrollo. Tenía el secreto de los grandes delanteros de área: una especie de reloj interior que corría algunos segundos por delante del de los demás. Una cualidad difícil de medir y aún más difícil de enseñar.
En la Antigüedad la habrían definido como “ars celare artem”, es decir, “el arte de esconder el arte”, un concepto muy apreciado por Quintiliano. Lineker hizo de ello casi una filosofía futbolística. No tenía la potencia devastadora de los grandes delanteros centro ni el repertorio acrobático de los virtuosos, no le gustaba regatear a medio equipo y rara vez buscaba el gol imposible. Hacía algo aparentemente más elemental: llegaba donde iba a llegar el balón. Antes que el defensa. Antes que el portero. A veces incluso antes de que un compañero suyo hubiera decidido pasárselo.
Por su corrección y el estilo con el que interpretaba el papel de delantero centro se ganaría el apelativo de “Caballero del gol”. En lugar de pelear con los defensas, siempre trataba de anticiparse a ellos.
Y marcaba mucho: en su país, en España e incluso en el último y exótico capítulo de su carrera en Japón. Lo hizo con la camiseta de Inglaterra, sobre todo cuando el escenario se hacía más grande y las piernas de los demás empezaban a pesar. Seis goles en México 86, cuatro en Italia 90: 10 en total en los Mundiales, una marca que ningún inglés había alcanzado antes que él.

