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Lineker All Of FameGetty Images
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Hall of Fame XVII - Gary Lineker, el «Caballero del gol» que hizo del anticipo su arte

A veces, el arte de un número uno consiste en saber esconder su propio arte. En hacer que parezca natural lo que no lo es, sencillo lo que para los demás es tremendamente complicado. Gary Lineker pertenecía a esta categoría de campeones: nada de gestos superfluos, ninguna concesión a una estética vacía, nunca fuera de tono. Para sobresalir le bastaban pocos metros, a menudo pocos segundos, a veces un solo toque.


Su talento vivía sobre todo en lo que ocurría antes de que le llegara el balón. Lineker observaba, intuía, se movía. Mientras los demás reaccionaban a la jugada, él parecía haber leído ya su desarrollo. Tenía el secreto de los grandes delanteros de área: una especie de reloj interior que corría algunos segundos por delante del de los demás. Una cualidad difícil de medir y aún más difícil de enseñar.


En la Antigüedad la habrían definido como “ars celare artem”, es decir, “el arte de esconder el arte”, un concepto muy apreciado por Quintiliano. Lineker hizo de ello casi una filosofía futbolística. No tenía la potencia devastadora de los grandes delanteros centro ni el repertorio acrobático de los virtuosos, no le gustaba regatear a medio equipo y rara vez buscaba el gol imposible. Hacía algo aparentemente más elemental: llegaba donde iba a llegar el balón. Antes que el defensa. Antes que el portero. A veces incluso antes de que un compañero suyo hubiera decidido pasárselo.


Por su corrección y el estilo con el que interpretaba el papel de delantero centro se ganaría el apelativo de “Caballero del gol”. En lugar de pelear con los defensas, siempre trataba de anticiparse a ellos.


Y marcaba mucho: en su país, en España e incluso en el último y exótico capítulo de su carrera en Japón. Lo hizo con la camiseta de Inglaterra, sobre todo cuando el escenario se hacía más grande y las piernas de los demás empezaban a pesar. Seis goles en México 86, cuatro en Italia 90: 10 en total en los Mundiales, una marca que ningún inglés había alcanzado antes que él.


  • EL HIJO DEL FRUTERO

    Antes de que el mundo aprendiera a conocer aquel rostro de eterno buen chico y aquella celebración casi siempre comedida, Gary Winston Lineker era solo el hijo de un frutero de Leicester. Nacido el 30 de noviembre de 1960, había crecido ayudando a su padre Barry en el mercado de la ciudad y repartiendo sus pasiones entre dos deportes profundamente ingleses: el fútbol y el críquet. 


    Tanto es así que durante algún tiempo no estuvo nada claro cuál de las dos disciplinas debía convertirse en su futuro. «Tuve una infancia feliz y tranquila», contaría muchos años después a ‘The Observer’.  «Desde los 11 hasta los 16 años —añadiría en una entrevista a 'The Independent'— pensaba que tendría más posibilidades en el críquet que en el fútbol».


    Su padre se levantaba a las cuatro de la mañana para ir al mercado mayorista. Allí compraba la fruta para revenderla durante el día en el Leicester Market y por la noche volvía a casa para ocuparse de las cuentas. Pero el recuerdo más nítido de la infancia de Lineker es otro: él jugando al fútbol en el jardín de casa. «Mi vida —explicaría también a ‘The Observer’— siempre ha estado dominada por el deporte».


    Y, sin embargo, en la escuela hubo quien dudó de que Gary pudiera tener realmente ese futuro. No tenía el físico del predestinado y, cuando decidió apostar por el fútbol, algún profesor le sugirió que pensara en una profesión más segura. 


    El Leicester, afortunadamente, vio algo que los demás no veían. Lo acogió en su cantera en 1976. Lineker todavía tenía 15 años, era delgado, ligero, muy lejos aún del delantero que aterrorizaría a las defensas de medio mundo. Pero ya poseía aquello que ningún gimnasio habría podido regalarle: el sentido del espacio y del tiempo.


    En el boletín de notas de su graduación, que obtuvo en 1977, algunos profesores anotaron que «el chico se concentra demasiado en el fútbol» y que por eso «nunca se ganará la vida». Es uno de esos espejismos de los que la historia del deporte está llena: juicios aparentemente razonables destinados a resultar magníficamente equivocados.


    Quien sobre todo se dio cuenta de sus cualidades futbolísticas fue Jock Wallace, que algunos años más tarde lo haría debutar con el primer equipo. «Nadie imaginaba lo que había dentro de aquel chico —diría el entrenador escocés a ‘El País’ en 1986—. No destacaba, podías mirarlo cuanto quisieras y no destacaba en absoluto. Pero yo sabía que tenía algo: ahí dentro había un goleador».


    El debut con el primer equipo llegó el día de Año Nuevo de 1979, contra el Oldham Athletic. Los comienzos no tuvieron nada de fulgurantes: Lineker tuvo que esperar, crecer, fortalecerse y ganarse un puesto. Pero cuando lo consiguió, empezó a marcar con la regularidad que se convertiría en su sello. Contribuyó al regreso del Leicester a la máxima categoría y, temporada tras temporada, el chico del mercado de la ciudad se convirtió en el ídolo de Filbert Street.


    En la temporada 1983/84 marcó 22 goles en liga. Al año siguiente subió a 24 y ganó la clasificación de goleadores de la First Division junto a Kerry Dixon. Había nacido una estrella. Leicester empezó a quedársele pequeño. Su talento reclamaba un escenario más grande.


    Cuando en el verano de 1985 dejó a los Foxes, el balance era de 103 goles en 216 partidos oficiales a lo largo de siete temporadas, cuatro disputadas en la Second Division y tres en la First Division. El Everton fue el que se hizo con sus derechos. Los Toffees eran los vigentes campeones de Inglaterra e invirtieron unas 800.000 libras, equivalentes a poco menos de un millón de euros, para confiarle la tarea de recoger la herencia goleadora de Andy Gray. Lineker respondió del único modo que conocía. Marcando.


  • UN AÑO PARA HACERSE GRANDE

    En el Liverpool le basta una temporada para dejar una huella que muchos futbolistas no logran dejar en toda una carrera. Marca 40 goles en 57 partidos oficiales, 30 de ellos en liga, y conquista por segundo año consecutivo el título de máximo goleador de Inglaterra. El Everton acaba segundo en la First Division y pierde la final de la FA Cup contra el Liverpool, pero Lineker ya ha superado definitivamente los límites de la provincia.


    La paradoja es que la temporada más prolífica de su carrera en Inglaterra no le da ningún trofeo. Le entrega, sin embargo, algo quizá aún más importante: un lugar entre los grandes delanteros europeos.

    Mientras tanto, Lineker también ha empezado a hacerse con Inglaterra. Su debut con la selección se remonta al 26 de mayo de 1984, cuando Bobby Robson lo manda al campo contra Escocia en Hampden Park. Tiene 23 años y detrás no está el recorrido internacional del predestinado: también la camiseta de los Tres Leones tiene que ganársela paso a paso.


    Su primer gol llega al año siguiente y, con su explosión entre Leicester y Everton, también crece su peso en el equipo de Robson. Lineker llega así al verano de 1986 ya no como alternativa, sino como el delantero centro sobre el que Inglaterra puede construir sus ambiciones. A los 25 años está en plena madurez futbolística. Solo le falta un escenario lo bastante grande para mostrarle al mundo lo que Inglaterra ya ha empezado a descubrir. Ese escenario es el Mundial de 1986, el torneo que cambiará para siempre su dimensión internacional.


    Sin embargo, en México la aventura de los Tres Leones no empieza bajo los mejores auspicios. Lineker llega a la competición con un antebrazo fracturado y el equipo de Robson arranca mal: derrota contra Portugal, empate sin goles con Marruecos. Después de dos partidos, los ingleses tienen un punto, ningún gol marcado y existe el riesgo real de una eliminación prematura.


    Para clasificarse hay que vencer a Polonia. A Lineker le bastan 34 minutos. Primero recoge un balón de Gary Stevens y se anticipa al portero. Luego convierte en gol un centro raso de Steve Hodge. Por último, aprovecha una salida imperfecta de Józef Mlynarczyk y completa el hat-trick que lleva a Inglaterra a los octavos de final. Los 3 goles, marcados todos en una parte, lo proyectan entre los protagonistas de la competición.


    Años después, Lineker elegiría precisamente aquel hat-trick como el mejor momento de sus dos Mundiales. “No porque fueran grandes goles —aclararía a ‘Fifa.com’—. No creo que ninguno de los míos lo haya sido nunca”.


    La modestia era, por lo demás, una de las grandes virtudes de Lineker. Incluso al recordar su propio arte, él mismo seguía ocultándolo. En aquel torneo marca todavía más: 2 goles a Paraguay en octavos, llevando el total a 5 tantos en 2 partidos. En cuartos, sin embargo, esperando a Inglaterra está Argentina. Y esperando a Lineker está la historia.


  • Gary se inclina ante Maradona

    22 de junio de 1986, Estadio Azteca de Ciudad de México. Hay partidos que pertenecen al calendario y otros que, en un momento dado, dejan de tener fecha. Argentina-Inglaterra es uno de ellos.


    Bastan cuatro minutos para que Maradona deje al fútbol dos imágenes destinadas a la eternidad y casi irreconciliables entre sí. Primero engaña a Peter Shilton con lo que él mismo bautizará como ‘la mano de Dios’. Luego firma su obra maestra, ‘el gol del siglo’: Diego arranca desde su propio campo y transforma once segundos en una obra de arte: más de cincuenta metros, cinco rivales superados, Shilton incluido, y el balón dentro de la portería vacía. 


    Del engaño a lo sublime. Un concentrado del ‘diez’ que enamorará al Mundo y se irá a por aquella Copa del Mundo. ¿Y Lineker? Asiste a todo aquello desde el otro lado del campo sin poder hacer gran cosa. Años después confesará a Fifa.com: “Por primera vez en mi carrera sentí ganas de aplaudir el gol de un rival”.


    Pero aquella tarde no termina con el doblete del número 10 argentino. A cinco minutos del final, John Barnes, con quien Gary había afinado una gran compenetración, se escapa por la izquierda y pone el balón al segundo palo. Lineker hace lo que siempre ha hecho: llegar. Remate de cabeza, 2-1. Poco después Barnes construye una jugada casi idéntica y por un instante parece que la historia puede concederle a Inglaterra una última oportunidad. El goleador del Everton vuelve a lanzarse sobre el centro, pero esta vez no basta.


    Argentina avanza. Maradona se queda con el Mundial. Pero también hay gloria para Lineker: gracias a ese gol a la Albiceleste, Gary se proclama máximo goleador del Mundial, el primero inglés en lograrlo, y conquista la Bota de Oro. Es la respuesta definitiva para quienes, años antes, dudaban del futuro en el fútbol de aquel chico de físico frágil. Como siempre, en silencio, sin hacer demasiado ruido.


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  • Lineker en Barcelona

    Cuando termina el Mundial de México, Barcelona ya lo está esperando. Terry Venables, inglés como él, lo quiere en el Camp Nou y el club catalán invierte cerca de 2,8 millones de libras, más de 3 millones de euros actuales, para llevarlo a España.


    Cambian la lengua, el clima, el fútbol. No cambia la costumbre de Lineker. En su primera temporada en Cataluña marca 21 goles en total y, sobre todo, firma tres en el partido que, en Barcelona, vale más que los demás. El 31 de enero de 1987 se juega en el Camp Nou el ‘Clásico’ contra el Real Madrid. Lineker golpea tres veces y el Barça gana 3-2. Una actuación que le otorga para siempre un lugar en la historia blaugrana.


    Su matrimonio con Barcelona durará tres temporadas. No llegará la victoria en LaLiga, pero Lineker levantará una Copa del Rey en 1988 y la Recopa de Europa en 1989. El balance total será de 52 goles en 138 partidos oficiales.


    Luego cambia el viento. Johan Cruyff toma las riendas del Barça y lo rediseña según su filosofía futbolística. Lineker es utilizado también en la banda, lejos de la portería y de esos espacios en los que su sentido de la anticipación marcaba la diferencia. 


    Sigue marcando, pero comprende que su sitio, a esas alturas, está en otra parte. Así, en el verano de 1989, para Lineker simplemente había llegado el momento de volver a casa.


  • ITALIA '90 Y LA FA CUP EN EL TEMPLO DE WEMBLEY

    Quien le espera sigue siendo Terry Venables, esta vez al frente del Tottenham. Y Lineker retoma la historia donde la había dejado: 24 goles en la primera temporada de liga y otro título de máximo goleador.


    Pero en medio de su segunda vida inglesa está su segundo Mundial. Italia 90 es distinto a México. Lineker ya no es la sorpresa que irrumpe en escena: es el delantero centro experimentado de una Inglaterra que empieza a creer de verdad que puede llegar hasta el final. 


    Marca contra Irlanda en la fase de grupos, en el Sant'Elia de Cagliari. Precisamente ese partido le deja también el episodio más embarazoso de su carrera. Víctima de un problema intestinal, en la segunda parte se ve obligado a defecar en el campo. Lo contaría años después con la autoironía de siempre: “Intenté entrarle a un rival, me esforcé demasiado, me relajé y... ¡mhhhhhh! Después de lo ocurrido tuve una libertad de movimientos como nunca me había pasado durante un partido. ¡Nunca había visto a los defensas marcarme desde tan lejos!”.


    Superado también aquel imprevisto, el goleador del Mundial del 86 marca dos penaltis contra Camerún en cuartos. En semifinales, en Turín, el rival es Alemania Occidental. Los alemanes abren el marcador con Andreas Brehme. Lineker empata a diez minutos del final. Se va a la prórroga y después a los penaltis. 


    Stuart Pearce y Chris Waddle fallan. Inglaterra se queda a once metros de la final, su goleador en 4 tantos. Se esfuma el sueño de volver a ser el rey de los artilleros del torneo, pero esos 10 goles le convierten en el primer inglés en alcanzar las dobles cifras en los Mundiales.


    De aquella derrota nacerá una de las frases más célebres jamás pronunciadas sobre el fútbol: “El fútbol es un juego simple: veintidós hombres persiguen un balón durante 90 minutos y al final ganan los alemanes”.


    Una frase convertida en proverbial. Los mejores aforismos, al fin y al cabo, a menudo necesitan una herida para hacerse universales.


    Un año más tarde llega por fin un título en su país. El Tottenham alcanza la final de la FA Cup contra el Nottingham Forest y en el templo de Wembley gana 2-1 después de la prórroga. Para Lineker, que no marca en la final y además ve cómo le detienen un penalti, es el final de un maleficio. Por una vez no tuvo que escribir él la última línea. A veces, para ganar, basta simplemente con estar.


    Al año siguiente también se cierra su historia con Inglaterra. Lineker llega a la Eurocopa 92 a un gol del récord de Bobby Charlton. En el último partido del grupo contra Suecia, con los Tres Leones todavía en la pelea por la clasificación, Graham Taylor le sustituye en la segunda parte. 


    Gary deja el campo sin saber que nunca volverá a vestir esa camiseta. La persecución de Charlton termina ahí: 48 goles en 80 partidos. Un balance que todavía hoy le sitúa en el cuarto puesto entre los máximos goleadores históricos de Inglaterra.


  • EL ÚLTIMO VIAJE

    En 1992, con 31 años, Lineker elige un destino que para un gran futbolista europeo en aquella época tenía sabor a lo desconocido: Japón. El delantero de Leicester firma por el Nagoya Grampus Eight y se convierte en uno de los rostros internacionales llamados a acompañar el nacimiento de la J-League.


    Sin embargo, el físico empieza a pasarle factura. Las lesiones limitan su último capítulo y en 1994, con 33 años, tras 23 partidos y 9 goles, llega el momento de parar. Lineker deja el fútbol en activo después de casi 650 partidos entre clubes e Inglaterra y más de 300 goles.


    Más allá de los goles, de los títulos de máximo goleador y de los éxitos más brillantes, hoy suele ser recordado por un número que quizá lo define mejor que todos los demás.


    Ese número es el cero: cero tarjetas rojas, cero tarjetas amarillas. En toda una carrera profesional. Un récord casi irreal para un delantero que había pasado quince años entre los defensores rivales, pero que cuenta bien el fútbol de Gary Lineker. 


    El goleador de Leicester construyó toda su carrera sobre una pequeña ventaja: pocos metros, pocos segundos. Lo justo para anticiparse a los rivales, alguna vez incluso a sus propios compañeros, y marcar. Su arte.